Abad

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Sus manos dibujaban un círculo en torno suyo. Dentro del anillo quedaba su cuerpecito. Su audaz mirada encapsulaba todo.

El sudario, vestimenta de ambos, uno blanco y otro negro, la diferencia, tan solo la edad.

Bajo sus pies, en cuclillas, cuidadosamente colocados los pies, la arenisca seca, desquebrajadas las piedras, quedando expuestos los cantos, sin rozarlos.

Los levantaba sin cuidado alguno, un saltamontes entre sus manitas, sus patas apresadas ya en sus labios. El abad de San Esteban, la observaba, a su lado, también en cuclillas.

Tras las piedras en la antigua iglesia, los otros, espíritus silentes cuyo sudario color marrón del mismo tono que el de las piedras del que estaba hecha la construcción, les protegía de curiosas miradas; parecían sus contornos acomodarse a ellas como los camaleones, no apreciándose su presencia.

El monje la observaba con cuidado de no perder la continuidad de todos y cada uno de sus pasos, mirando con detenimiento el vacío que entre las paredes quedaba sin rastro alguno de inmuebles o seres humanos. Tras un giro quedo inmóvil…

…Las paredes resquebrajadas, el rojo y el azul se reflejaban en el agua orillada tras la iglesia, restos de un hermoso lienzo de una virgen aún queda a la vista, tras el paso de la barbarie.

El puente de madera que cuelga sobre el río permite el acercamiento. El agua clara que se engarza a las piedras que en su cauce se encuentran, sellando a su paso las grietas donde su blanca tez se iluminaba…

En la amplia capilla de San Esteban los restos de la batalla aun se visualizaban, difusamente, mientras se la llevaban vestida de blanco con la flor de Edelweiss entre sus dedos como antaño la encontró su abuelo, el Abad.

@María José Luque Fernández letras y fotografia (Valle de Ordesa, Torla).

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