De marmotas y sardinas

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Hoy, viernes 2 de febrero, dicen, es el Día de la Marmota. Vuelve a serlo, mejor dicho.

Vale que en E.E.U.U. y Canadá eso sea una tradición muy extendida que muchos granjeros utilizan para predecir el fin del invierno, pero en la fauna malagueña… ¿alguien tiene constancia de la hibernación de alguna marmota?, ¿acaso habrá que explicarles a los meteorólogos norteamericanos que por estas latitudes mediterráneas hace mucho que disfrutamos/sufrimos, en plena temporada invernal, de una anticipada primavera?

Sin embargo, muchos hemos visto la película de Bill Murray, y entendemos que la expresión hace referencia a algo que se repite constantemente, y ahí sí que podríamos encontrar paralelismos con el prontuario malaguita más friki que cabría improvisar en cualquier momento: conversaciones de ascensor, calcadas, para preguntarnos qué demonios habremos hecho para merecer esta sequía como un castigo bíblico; impresiones poco halagüeñas para un Carnaval que empezará mañana en la calle, pero que pasará, como cada año, con más pena que gloria hasta el Entierro del Boquerón; o la recomendación cíclica de no comer sardinas en febrero (ni en los demás meses sin “erre”).

Hablando de sardinas, y volviendo al choque cultural entre lo estadounidense y lo malagueño, al igual que los roedores no cuentan aquí con mucho cariño ni atención mediática, allí los capirotes de la Semana Santa podrían confundir al personal remitiéndolo al Ku Klux Klan, lo mismo que esa afición de empalar sardinas antes de echarlas al fuego inmisericorde podría arrojar sombras inquisitoriales sobre uno de nuestros ritos veraniegos más consolidados entre autóctonos y turistas. Yo mismo he cultivado a lo largo de varios años la costumbre de celebrar mi particular “Día de la Sardina” yendo con amigos a algún merendero para comer espetos y brindar para inaugurar oficiosamente el comienzo de cada verano.

En el ámbito nacional, nuestros oídos se adormecerán con las músicas más habituales en los telediarios: reivindicaciones salariales de algún colectivo en apuros; récord de beneficios de algún banco megamillonario; renovados rifirrafes en las declaraciones de los políticos, siempre con alguna convocatoria electoral en el horizonte; polémicas arbitrales de la última jornada futbolística…; en fin, las múltiples versiones del cuento de nunca acabar (y siempre empezar).

No hay nada nuevo bajo el sol, ese sol que vuelve a salir cada mañana constituyéndose en el ejemplo más claro y luminoso de tantos ciclos que se reproducen de la misma manera, en la naturaleza y en la sociedad, una vez y otra. La brevedad de febrerillo el loco nos hará recuperar la cordura más pronto que tarde, y la condición de bisiesto de este 2024 nos hará equivocar algunos datos de nuestra agenda a fin de mes, pero todo volverá a su cauce, y todo se repetirá como cada año, con marmota o sin ella: los mayeos de marzo, los chaparrones de abril, los marceos de mayo, los aprobados y suspensos de junio, y los excesos del verano. Después de eso, todo seguirá su curso libremente a lo largo de un último trimestre que llevará al primer mes del año próximo, y así sucesivamente.

Muy pronto, pues, en un visto y no visto, llegará otro 2 de febrero que será también el Día de la Marmota. Que volverá a serlo, mejor dicho.

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