Recordando a Carmen Balcells, la Mamá Grande

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Hace cinco años que abandonó el mundo La agente literaria Carmen Balcells (Santa Fe, Lérida, 9 de Agosto de 1930 – Barcelona, 20 de Septiembre de 2015), la empresaria que en su sentido más literal, materializó la parábola de los talentos: “Me encontré de la noche a la mañana descubriendo que estaba rodeada de genios. Los genios son ellos, pero yo he sacado un partido de ellos fantástico, en todo”, dijo refiriéndose a sus representados, en una de las pocas entrevistas que concedió. Balcells  arrancó  del anonimato a muchos escritores y a bastantes de ellos los convirtió en estrellas de la literatura.

Intuitiva y resolutiva (Vázquez Montalbán la apodó “superagente”) hizo de su buen olfato un negocio áureo que multiplicó panes y peces y que fraguó eso que vino en llamarse el boom de la literatura hispanoamericana. Vargas Llosa -uno de los triunfantes boomers– la adoraba y aunque asegura que el boom no habría existido sin críticos como Ángel Rama, Rodríguez Monegal y Miguel Oviedo, siempre sostuvo que fue la inteligencia operativa de Carmen Balcells la que lo hizo nacer. Los críticos fueron los bautistas del fenómeno, pero Balcells -con su apuesta empresarial y por tanto económica (ella sí se jugaba los denarios)- fue la comadrona y la madrina generosa de esas semillas que sembró en buena tierra y dieron -como dice el Evangelio- “fruto, cuál a ciento, cuál a sesenta, y cuál a treinta por uno”.

Aquellos años del boom nos fueron contados detalladamente en el libro homónimo de Xavi Ayén, un ensayo precioso que condensa diez años de investigación y que es una biografía colectiva, cuajada de curiosidades que la discretísima agente siempre calló. Su silenció protegía a los autores y aumentaba la mitología en torno a ellos, pero también en torno a sí misma. Laura Palomares Güells -su nieta- asegura en Los milagros de la Mamá Grande, que su abuela siempre fue consciente de su propia leyenda y sugiere que si no escribió sus memorias fue por darle aura y holgura fabulosas al “personaje Balcells”. Ese personaje era, en sí mismo, toda una personalidad novelable: empática, llorona, intensa, enérgica, de genio endemoniado cuando se enfadaba, mandona y generosa en extremo (circulan historias canónicas y apócrifas sobre los cuidados que procuraba, los regalos que hacía y los almuerzos y fiestas que daba).

Onetti pudo, según su propio testimonio, ir a diario a la compra gracias a la probidad de Balcells, que se preocupaba de los derechos de autor, del bienestar material y hasta emocional de sus representados (acompañó, incluso, el duelo de Isabel Allende por su hija). Aseguran que les conseguía casa, colegio para sus críos y las mejores condiciones en sus contratos con los editores, quienes -con o sin razón- la temían. Balcells era el demiurgo que “ordenaba” la carrera de sus clientes sus niños mimados -en palabras de Eduardo Mendoza– una prole transatlántica criada a sus pechos matriarcales: Marsé, Vázquez Montalbán, los Goytisolo, Ana María Matute, Gil de Biedma, Isabel Allende, Cabrera Infante, Nélida Piñón (su amiga del alma), Torrente Ballester, Bryce Echenique, Delibes, Cortázar, José Luis Sampedro, Rosa Montero…La lista es tan larga como el hilo de una cometa, así que fingiré terminarla con el nombre de seis premios Nobel: Miguel Angel Asturias, Neruda, Aleixandre, García Márquez, Cela y Vargas Llosa.  La dama de los Nobel, llamaban a la agente en la Academia Sueca. Más que a epíteto, suena a título nobiliario, a merecido colofón curricular de una trayectoria ascendente.

Balcells llegó al mundo del libro en los años cincuenta, y además de saber bordear la censura franquista, logró transformar una industria que esclavizaba y sangraba a los escritores. Se  enfrentó a las editoriales  y les exigió suprimir cláusulas abusivas.“Cambié las reglas del juego. Creé por primera vez dos elementos nuevos en los contratos: límites geográficos y de tiempo. Antes, las novelas se vendían a un editor para toda la vida y en todo el mundo”

La fama de eficaz y de protectora de Carmen Balcells creció en poco tiempo a pasos agigantados, y muchos escritores en los años sesenta y setenta del siglo XX quisieron  estar  físicamente cerca de ella, es decir, en Barcelona. Esta circunstancia y otras coyunturas (ser una ciudad relativamente barata para vivir si se compara con Londres o Nueva York, presencia de las editoriales españolas más relevantes y ambiente bohemio y literario en medio la censura franquista) hicieron de esa ciudad una nueva capital de las bellas letras. Por eso, resulta difícil hacerse a la idea de que Carmen Balcells, a los cinco años de su muerte no tenga, siquiera, una calle con su nombre. Menos entendible, si cabe,  es que a pesar de la buena disposición de Miquel Palomares -su hijo y actual director de la agencia-  la ciudad todavía no cuente con un espacio físico que acoja parte del inmenso y formidable archivo de Carmen Balcells. Una porción muy importante de este archivo fue comprada por el Ministerio de Cultura de España e incorporada al Archivo General de la Administración. Otra porción notable constituye los fondos del Centro Documental de Literatura Iberoamericana Carmen Balcells (CDCB) de la Universidad de Guadalajara (México), inaugurado en 2016 en el contexto de su Feria del Libro. Cinco años hace ya que celebramos los funerales de la Mamá Grande  pero la “soberana de Macondo” sigue sin santuario en la ciudad que la UNESCO declarase ‘literaria’ por su capitalidad editorial y la huella de tantos escritores contemporáneos.