Sesenta y cinco años sin Concha Espina

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El día que falleció Concha Espina, ABC publicó junto a la esquela el último artículo de su  fértil pluma. Lo había escrito solo dos días antes y su nieta se encargó, como siempre, de acercarlo a la redacción. Espina, hoy olvidada, fue una escritora celebérrima y sobre todo, una incombustible trabajadora de las letras. Prácticamente, murió sentada a la mesa de despacho, inclinada sobre la falsilla de cartón que usaba para no torcer los renglones (llevaba quince años ciega). Separada en 1909 de un marido que obstruía su carrera literaria, sacó adelante a cuatro hijos que en aquel momento contaban con quince, trece, seis y dos años. Déjeme decirle que escribir fue su vida y también su modus vivendi.

Si en la España de entonces las probabilidades de hacerse hueco en la literatura eran pocas para cualquier aspirante a autor notable, conjeture las ridículas posibilidades de una madre de familia. Tenga presente que el panorama literario español no solo se encontraba dominado por hombres -todos los panoramas lo estaban- sino además poblado de escritores de primera fila. Espina (15 de abril de 1869-19 de mayo de 1955) fue coetánea, de los modernistas y de las glorias nacionales de la generación del 98: Azorín, Baroja, Machado, Valle inclán… Se me ocurre, maliciosa como soy, que Blasco Ibáñez -el menos canónico de la (mal avenida) generación- tuvo en común con ella los celos profesionales que el éxito comercial de sus obras despertaba en los colegas. Pero la espina con Concha Espina iba más allá del boom en ventas. Lo suyo fue explosionar las fronteras de lo hasta entonces logrado por una escritora en nuestro país. No era simplemente que sus artículos y novelas se cotizaran a un lado y otro del Atlántico, ni que estas fueran traducidas a varios idiomas europeos, ni siquiera que recibiese galardones nacionales del máximo calibre… era que en medio de tanto colega brillante que la relegaba (Azorín, por ejemplo, le despreció un ejemplar dedicado), fuese propuesta al Nobel de literatura hasta en nueve ediciones y en tres de ellas (1926, 1928 y 1929) quedara finalista. No sé usted, pero yo ahora mismo acabo de quitarme la pamela.

Quédele claro que aunque Concha Espina no figuraba en su libro de literatura del Bachillerato, no por eso dejó de ser una gran escritora de proyección universal, más avalada en el extranjero que en la madrastra España. En 1923 fue propuesta al premio Nobel desde los Estados Unidos y en 1928 postulada de nuevo por un académico sueco. En nuestro país no contó con el respaldo de la Real Academia, aunque sí con las adhesiones de Jacinto Benavente, Gerardo Diego, Ramón y Cajal, Pemán, Marañón y Menéndez Pelayo (el primero que vislumbrara su potencial literario). En 1927 viajó a Estados Unidos invitada por el Middelbury College y otras universidades americanas. Durante su estancia, la Sociedad Hispánica de Nueva York (que en 1943 la nombraría vicepresidenta) le concedió la Medalla de Arte y Literatura. Nada de esto le facilitó sillón en la Real Academia de la Lengua, que la rechazó en dos ocasiones, no fuera a ser que la exquisita prosa de la finalista al Nobel restara esplendor a los varones del castellano. Mientras tanto, Espina, cada vez más famosa y querida por el público español, recibía continuos homenajes y se le dedicaba en Santander -su tierra- un monumento por suscripción popular. 

Aunque la primera vocación de Espina fue la poesía, casi toda su obra (que es extensísima) fluyó en prosa. Sus novelas -de gran lirismo y léxico admirable- no pueden adscribirse a una corriente concreta. Ella es…“peculiar” (lo mismo apoya la dictadura de Primo que exige la excarcelación de un poeta anarquista. Es católica pero divorciada) y sus obras de ficción -algunas llevadas al cine- exceden las márgenes de los movimientos literarios, de suerte que aúnan eclécticamente realismo, romanticismo, costumbrismo, modernismo y elementos de lo que, años después, llamaríamos novela social. La mirada y la experiencia femeninas atraviesan toda su narrativa y parte de sus ensayos. En uno de ellos nos rescató a Las mujeres del Quijote. La mayor y mejor parte de su enorme producción literaria es anterior a 1936 y está salpicada de galardones. Destacadísimas son las novela La niña de Luzmela y La Esfinge Maragata, sobre las penalidades de unas aldeanas cuyos maridos emigrados retornan anualmente para embarazarlas. “Es menester que las mujeres tengan un hijo cada una, maquinales, impávidas, envejecidas por un trabajo embrutecedor, para que no se agote la raza triste de las esclavas y los emigrantes”, nos dice adelantándose a Margaret Atwood y sus distopías de género, con la diferencia de que lo que  narra no es ficción sino una distopía que le es contemporánea, tanto como el sufrimiento de la familias mineras que magistralmente reproduce en El metal de los muertos, una novela acerca de la huelga en Riotinto, escrita a partir de notas tomadas in situ, y que recibió el aplauso de la crítica internacional. Pero las preferidas de la autora fueron, por motivos extra literarios e inconfesos, La rosa de los vientos y El Cáliz rojo.

Concha Espina mantuvo buenas relaciones con la dictadura de Franco y se afilió a la Sección Femenina de Falange. Me apena que en los estudios de género esta adhesión le haya restado importancia frente a autoras de menor valía. Diré en favor de Espina -anciana y ciega desde el final de la guerra- que no eran tiempos de andarse a malas con el poder; que sus relaciones con la Monarquía y luego con la República también fueron buenas, aunque en el treinta y seis se pusiera del lado de los sublevados. Y, sobre todo, que si atendemos exclusivamente a la calidad de su producción literaria, la suya es innegable.  Ayer, 19 de mayo, se cumplieron sesenta y cinco años que dejó huérfana la falsilla de cartón que le guiaba los renglones.