El viaje de Melina (I), por Eugenia Carrión

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El verano del 75 todo conspiró para que Melina dejara de ser niña. Había ido varios veranos a la feria de Coín pero esta vez sería distinto, como su madre no tenía ganas de feria porque estaba de luto por la abuela, su padre la dejaría en el autobús y haría sola el trayecto. Los treinta kilómetros sola le parecieron toda una aventura. En la parada de los García, divisó la melena pelirroja de su prima Santi, y, al lado, a la madre vestida de negro, y se relajó, todo salía según el plan previsto. Bajó tan a prisa del autobús que olvidó despedirse de la mujer que iba sentada a su lado. Tita Fuensanta y la prima se acercaron a besarla.

-¿Y tus padres como están?

-Muy bien, tita, como siempre.

-Qué pena que no vengan pero bueno, me alegro de que estés aquí, ¿te has mareado en el viaje con tantas curvas?

-No, tita, y es raro porque siempre me mareo. ¿Esta noche empieza la feria?

-Sí, prima, ¿sabes que han puesto la noria junto a la casa de tita Antoñita? ¡Me muero de ganas de subirme en todos los cacharros! –le dijo Santi.

Tita Fuensanta se empeñó en llevar la maleta que le dio el chófer, pero no lo consiguió.

-Si no pesa nada, tita, además me hace ilusión llevarla – dijo la niña quitándosela de las manos.

Luego, bajando la calle empedrada, se arrepintió de haberla convencido, y aunque la tía insistía en ayudarla, respondía: “Si yo puedo sola”, mientras unas gotas de sudor le caían por la frente. Nunca llegó a contar las habitaciones que tenían en la casa, pero había siete, tres salas de estar, el baño, la cocina y el precioso patio. Allí sentía la esencia del verano, junto al jazmín del fondo, las damas de noche y las paredes blancas abarrotadas de geráneos rojos.

-¿Quieres agua? – dijo Santi descolgando de puntillas el botijo de la pared, y añadió bajando la voz– Tenemos que seguir nuestra misión de espías, ¿sabes que la prima Rocío se ha echado novio? Ella ha venido para la feria a casa de su abuela, mi madre dice que no van a tardar en casarse porque él es ingeniero…

Melina trató de beber del botijo, lo alzó en el aire y el chorro de agua le mojó la cara. Santi empezó a reirse.

-A ver si este verano aprendes de una vez a beber del botijo, Melina – y la prima atrapándolo del asa bebió unos tragos sin mojarse ni una gota.

Por la tarde, las dos niñas se hicieron una biznaga cosiendo unos capullos de los jazmines del patio, tras acicalarse se las pusieron a una lado de la cabeza sujetando la melena. Los jazmines se abrieron en el camino a la feria. Mientras Melina compraba los tickets para subir a la noria, Santi sacó de un bolsillo el cuaderno de espías y anotó algo en él.

-¿Qué estás apuntando, prima?

-Mira al balcón de tita Antoñita –le respondió.

-¿La tita ha venido?

-No, solo la prima Rocío pero está parando en casa de su abuela.

-Entonces, ¿por qué está encendida la luz?

-Pues eso me pregunto yo… Será cosa de fantasmas – comentó Santi.

Las niñas subieron a la noria y cada vez que giraban a la altura del balcón, trataban de mirar tras los cristales pero no podían ver nada, ya no había luz, hasta que se detuvo la noria dejándolas en lo más alto durante unos minutos. Entonces vieron las sombras de un hombre y una mujer que se besaban abrazados.

-Esa es la prima Rocío – gritó Santi.

-Y él será su novio, claro.

-Supongo, pero si él es de Canarias, ¿qué hace aquí?

-Pues habrá venido a verla, ¿no?

-Tendremos que investigarlo – dijo Santi y anotó en el cuaderno: “una pareja se besa en casa de tita Antoñita”.

Mientras escuchaban Jamás se subieron a los coches choques, en la ola sonó “No sé qué tienen tus ojitos que me vuelven loco” y en el látigo, “Te estoy amando locamente”, que era la canción preferida de Melina. Mientras bailaban en la caseta el Bimbó, dos chicos se pusieron a su lado a observarlas, el rubio y delgado les dijo:

-Oye, ¿nos enseñáis a bailar el Bimbó?

Melina negó con la cabeza mirando hacia otro lado. Y Santi se detuvo en seco.

-Es muy fácil, mira… – le respondió y saltó mientras chocaba la cadera contra la de su prima.

Los chicos intentaron imitarlas pero desistieron. El rubio propuso a Santi que la bailase con él para enseñarle. Ella asintió.

-Prima baila tú con el otro –y Melina accedió. El chico moreno sonrió y se apartó el flequillo rizado de la frente, a su lado ella parecía una mujer pues él era más bajo. Tras acabar el baile, el rubio dijo que se llamaba Luis y que a su primo José María le gustaba más que le llamasen Chema, fueron a la barra y las invitaron a un refresco. Cuando llegó la hora de marcharse, las acompañaron a casa y quedaron en verse al día siguiente en el parque. Melina sintió lástima cuando Chema contó que tenía que volver a Asturias con su hermano mayor antes de que acabase la feria.

Bimbó, Georgie Dann
Blog Viajes Imaginados de Eugenia Carrión

Continuará…