El hombre que temía a los huevos

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Hay quien siente horror a las alturas, pánico a los uniformes policiales o terror a los huevos. El director de cine Alfred Hitchcock (1899-1980) sumaba las tres fobias. De la tercera decía “tengo miedo a los huevos, es algo peor que miedo, me repugnan. Esa cosa redonda y blanca sin agujeros… ¿Alguna vez has visto algo más repugnante que una yema de huevo rompiéndose y derramando su líquido amarillo? La sangre es alegre, roja, pero la yema de huevo es amarilla, repugnante. Nunca lo he probado”. 

El próximo miércoles 29 de abril cumpliremos 40 años sin Hitchcock. Era yo una chiquilla cuando supe por primera vez de su genio porque RTVE, con motivo de su muerte, le dedicó entre junio y octubre de 1980, un estupendo ciclo compuesto por diecisiete largometrajes: El Ring, El agente secreto; Sabotaje; Rebeca; Matrimonio original; Sospecha; Náufragos; Recuerda; Encadenados; El Proceso Paradine; Atormentada; Pánico en la escena; Extraños en un tren; Yo confieso; Crimen perfecto, Falso culpable y Topaz.

Fue conocerlo y enamorarme “vertiginosamente” de él. Entiéndame, me prendí del cineasta, no del hombre tirano, misógino y ególatra que fue, según relata Donald Spoto en su libro Alfred Hitchcock. La cara oculta del genio. Y digo que me enamoré porque aquel ciclo fue mi primer escarceo con el cine en mayúscula, y el de Hitchcock …deja huella, huella profunda hasta el punto de haber marcado a varias escuelas y directores.

Debe ser cierto que el primer amor nunca se olvida, porque nadie en la gran pantalla ha vuelto hacerme sentir con la intensidad de Hitchcock, la angustia del inocente falsamente acusado, la indefensión de la víctima frente al mundo, la desesperación ante una situación límite, el tormento del héroe chantajeado o la culpa mortificante de quien ha tomado una decisión errada, temas recurrentes en su filmografía salpicada de guiños al psicoanálisis y a la metafísica, decorados notabilísimos (en los de Recuerda y Encadenados intervino el propio Dalí), iconografía cristiana y gélidas actrices rubias que hoy posiblemente se habrían sumado al movimiento Me Too.

Hitchcock nunca ganó un oscar de Hollywood (filmó más de cincuenta películas, algunas en la etapa muda del cine), pero fue el genio “redondo”de la narrativa audiovisual. Como escritora intuyo que su manera de involucrar al espectador en la trama, tiene que ver con sus lecturas de juventud. Adicto a Allan Poe y a Flaubert, del primero debió aprender las claves de crimen, la obsesión psicológica y el suspense. Del segundo, el arte de narrar “mostrativamente”: igual que Flaubert, Hitchcock nos informa de lo de lo que sucede fuera y dentro de los personajes, pero nos proporciona una omnisciencia dosificada; a veces nos permite saber y a veces no y a menudo nos sitúa dentro de los ojos de los protagonistas. De hecho, lo que caracteriza al “maestro del suspense” (sí, ya he soltado el tópico) es su virtuosismo en el manejo de la cámara, en particular de los planos subjetivos que incorporan características específicas de la visión de los personajes, como la altura de los ojos, la visión en movimiento o visión borrosa debido a la ingesta de un alucinógeno, u otras circunstancias disímiles. Las claves de su trabajo, carrera y relación con la industria, nos las contó el cineasta François Truffaut en su libro El cine según Hitchcock (fruto de cincuenta horas de entrevista). Sepa que aunque Vértigo está considerada una de las mejores películas de la Historia, en su momento constituyó un fracaso de taquilla; que La sombra de una duda fue la película predilecta de Hitchcock y que Psicosis levantó un gran escándalo no por el desnudo (incompleto, solo insinuado) de la protagonista, ni por lo sangriento de su asesinato en la ducha, sino porque era la primera vez que en la gran pantalla se mostraba un inodoro en funcionamiento.

Y hablando de narrar visualmente el suspense, déjeme añadir que los crímenes con los que Hitchcock nos hizo temblar, encontraron en Alma Reville -su esposa- una colaboradora necesaria. Se conocieron muy jóvenes en la compañía cinematográfica Players-Lasky, donde ambos trabajaban. Alma Reville resultó imprescindible en la carrera de Hitchcock (dicen que era su alter ego) y casi todos los elementos de la producción estaban bajo su mando. Tan minuciosa o más que su marido, repensaba y repasaba cada detalle, rehacía diálogos, le asesoraba en materia de escritores y daba el aprobado final a los actores y ¡a las actrices!… (ignoro si también ideaba las bromas macabras que tenían lugar en los rodajes).

Y nada más. Contenta de que usted haya llegado al final de este artículo, me despido con el lacónico discurso de Hitchcock al recibir el Irving G. Thalberg Memorial Award (un premio de consolación) a su carrera: Thank you very much indeed.