Atribuyen a “asesinatos” de la Guerra Civil 23 balas descubiertas en el dolmen de Menga en 1991

Derivarían de "ejecuciones sumarias" cometidas por el bando republicano antes de "la violencia represiva del bando sublevado"

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dolmenes de antequera
dolmenes de antequera

Una investigación promovida por miembros de las Universidades de Sevilla y Granada y de la Sociedad de Ciencias Aranzadi en torno a 23 proyectiles contemporáneos descubiertos en 1991 en el atrio del dolmen de Menga, en el marco de unas excavaciones arqueológicas acometidas en el conjunto megalítico de Antequera, conecta tales balas con “asesinatos” perpetrados durante los primeros momentos de la Guerra Civil en dicha localidad.

El estudio en cuestión, titulado ‘Proyectiles de 9 mm hallados en el atrio del dolmen de Menga ¿Testimonio de la Guerra Civil Española?’, está firmado por los investigadores del Departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad Hispalense Leonardo García Sanjuán, Mark Hunt y Coronada Mora; el miembro del departamento homólogo de la Universidad de Granada Gonzalo Aranda y Ángel Rodríguez Larrarte por parte de la Sociedad de Ciencias Aranzadi.

El trabajo de los citados investigadores, sintetizado en un informe recogido por Europa Press, gira en torno a “23 proyectiles de arma de fuego contemporánea” localizados allá por 1991 en el atrio del imponente dolmen de Menga, buque insignia del Conjunto Arqueológico de los Dólmenes de Antequera, durante unas excavaciones emprendidas en el recinto megalítico por el área de Prehistoria de la Universidad de Málaga.

Y es que como exponen los autores de este estudio, el hallazgo de “munición de armas de fuego del siglo XX” en el enclave del dolmen de Menga planteaba la necesidad de resolver la incógnita correspondiente a la “razón de la presencia” de estos materiales “en un contexto arquitectónico y espacial en principio completamente extraño” para los mismos.

A tal efecto, los investigadores reconocen “dos limitaciones importantes” a la hora de profundizar en este descubrimiento, en concreto la ausencia de “documentación sobre la distribución de los proyectiles” para “valorar su patrón de dispersión” y el hecho de que las excavaciones arqueológicas de 1991 se saldasen con el hallazgo de las balas, pero no de sus casquillos.

No obstante, gracias a la caracterización morfológica y tecnológica de los proyectiles, su valoración balística y forense y su contextualización histórica, García Sanjuán, Mark Hunt, Coronada Mora, Gonzalo Aranda y Rodríguez Larrarte han logrado “base racional” para construir una teoría acerca de la presencia de estas balas en el dolmen de Menga.

“EVIDENCIAS DE IMPACTO A SIMPLE VISTA”

En ese sentido, estos investigadores detallan que los 23 proyectiles corresponden a un calibre de 9 mm Largo o 9 mm Parabellum, presentando en muchos casos “evidencias de impacto visibles a simple vista”. Es más, el análisis científico de las balas pone de relieve que las mismas “fueron disparadas con un arma adecuada profesionalmente para tal fin, puesto que presentan marcas longitudinales que indican que han sido propulsadas a través de un cañón estriado”, aspecto que “permite descartar que los proyectiles fueran disparados con un arma de fabricación artesanal o un arma de fuego de otro tipo manipulada”.

Ya en el plano histórico, estos investigadores consideran “poco probable” que la presencia de estas balas en el atrio del dolmen de Menga derive del uso de tal enclave como lugar para prácticas de tiro, pues en 1941 el entorno de la necrópolis megalítica de Antequera fue “cerrado” y dotado de vigilancia, en el marco de su restauración y ordenación a manos del Ministerio de Educación de aquella época.

A partir de ahí, los autores de este estudio dan cuenta de que en la Guerra Civil Española, el uso de la munición tipo 9 mm Largo fue “muy común, siendo utilizada en armas cortas como las pistolas Astra-M400, Astra Cóndor, Campo Giro-M1910 y Campo Giro-M1912, así como con armas largas como la carabina Destroyer o el subfusil Labora”. Tal extrem , según razonan, conduce a la “hipótesis de que las balas se expliquen por la actividad represiva relacionada” con dicho conflicto bélico.

LA VIOLENCIA DE LA GUERRA CIVIL EN ANTEQUERA

Para defender esta hipótesis, los investigadores esgrimen una tesis doctoral realizada por el miembro del Departamento de Historia Moderna de la Universidad de Málaga Miguel Ángel Melero Vargas, sobre el impacto de la Guerra Civil en dicha provincia y las “violencias físicas” cometidas en Antequera tras el levantamiento militar del 18 de julio de 1936.

Dicha tesis, según precisan los autores de este estudio, contempla tanto “la violencia ejercida desde el bando republicano” en Antequera tras el golpe de estado como “la violencia represiva ejercida por el bando sublevado a partir de la ocupación” del municipio por las tropas del mismo el 12 de agosto de 1936, “con dos periodos especialmente intensos entre agosto y septiembre de 1936 y en marzo de 1937”.

En ese contexto, los testimonios orales recabados por Melero Vargas reflejan, según se hace eco este trabajo, que “la represión ejercida por los sublevados en Antequera a partir del 12 de agosto de 1936 habría tenido lugar en el interior o el exterior de la plaza de toros, donde fueron asesinadas decenas de personas”, mientras “diversos testimonios documentados coinciden en señalar que las ejecuciones sumarias llevadas a cabo por miembros del bando republicano entre el 19 de julio y el 8 de agosto tuvieron lugar en el entorno del cementerio, donde precisamente se encuentran los dólmenes de Menga y Viera”.

EL TESTIMONIO DEL ALCALDE ANTES DE SER FUSILADO

La hipótesis planteada se ve reforzada, como indica a continuación este trabajo, con el testimonio del alcalde socialista de Antequera en el momento de la sublevación militar, Antonio García Prieto, quien antes de ser fusilado en 1940 declaró ante un tribunal franquista que “un destacado miembro del Comité (local) de Guerra, Antonio Rubio García, le había entregado personalmente una de las muchas armas cortas con las que los milicianos se habían hecho, concretamente una pistola de 9 mm Largo sistema tipo Mauser”.

“Los datos disponibles en relación con el desarrollo de la Guerra Civil entre julio y septiembre de 1936 sugieren que milicianos y miembros de los partidos que apoyaban a la República contaron con armas del mismo calibre que las balas encontradas en Menga y que las ejecuciones sumarias llevadas a cabo por los mismos tuvieron lugar en las proximidades del dolmen”, resumen los autores de esta investigación, agregando que “esta hipótesis podría explicar la ausencia de los casquillos (de las balas descubiertas), ya que en este periodo no era extraño que se los recogiera después de las ejecuciones, probablemente para reutilizarlos”.

Así, García Sanjuán, Mark Hunt, Coronada Mora, Gonzalo Aranda y Rodríguez Larrarte concluyen que la presencia de estos proyectiles contemporáneos en el atrio del emblemático dolmen de Menga, declarado Patrimonio Mundial en 2016 junto con sus dólmenes vecinos de Viera y El Romeral, “podría ser el resultado de los asesinatos llevados a cabo en los días posteriores a la sublevación militar por milicianos de los partidos y sindicatos que apoyaban a la República”.