Arte para profanos ‘La torre de Babel’. Pieter Brueghel el viejo, 1563

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Según el Libro del Génesis, la Torre de Babel empezó a ser levantada por los hombres con el propósito de alcanzar el Reino de los Cielos. Como castigo a esta arrogancia, Dios los castigó haciéndoles hablar en distintas lenguas. Consecuencia de ello es que ya nadie se entendía y no pudieron culminar su construcción. En el siglo XXI, como castigo a los listos que creen entender en cualquier parte del mundo, el traductor de Google sigue contribuyendo aún más a la confusión entre las personas.

En realidad, además de explicación en la Antigüedad de por qué se utilizan diferentes lenguas en el mundo, el cuento de la Torre de Babel se trata de una metáfora de la arrogancia humana: querer llegar a vivir como dioses, y el castigo por esto mismo.

Siempre que el Hombre, entendido como Humanidad, ha estado a punto de conseguir una igualdad social que permita a todos vivir bien y felices, siempre ha habido (y habrá) una causa nueva que haga que esto no sea posible.

Si a cualquier persona del año 1000 le contaran cómo vivimos las personas medias del 2019, alucinaría y pensaría que vivimos como reyes. Si a una persona del 1900 le cuentas lo mismo, también pensaría que el desarrollo tecnológico ha hecho posible esa anhelada igualdad social universal.

Pero, si la realidad actual no nos da la idea de una igualdad social, ni los avances tecnológicos son determinantes en la felicidad de las personas. ¿qué ocurre entonces?

Sería muy pretencioso por mi parte dar con la respuesta correcta, pero, escrita en 1948, en su novela “1984”, George Orwell, un visionario para su época, nos explica, por medio del libro prohibido del líder de la oposición al Partido Único, lo que él cree que ha sido la historia de la infelicidad universal a lo largo de todos los tiempos y el porqué nunca llegará a realizarse la felicidad universal. Lo del año del título no lo eligió por nada especial. Simplemente, le dio la vuelta al año en que escribió su novela.

Más o menos, de lo que se trataba, era de mantener a la población en un estado continuo de guerra, como en la primera mitad del siglo XX, y posteriormente, en un continuo estado de miedo a lo que pueda ocurrir. Así, y esto no está escrito en la novela, pero se adivina la idea, en la segunda mitad del siglo XX se han sucedido distintas crisis, distintos estado de miedo, como la Guerra Fría, la crisis del petróleo, la de Irak…, situaciones que sirven para mantener a la población en un estado de escepticismo continuo, con miedo al futuro, y que, a la vez, la convierte en dócil ante los dictados de las autoridades o dictadores.

El siglo XXI comienza con violentos ataques terroristas, nuevas guerras y, como culminación, una gran crisis económica, totalmente artificial, de la que todos creen saberlo todo, pero de la que nadie, en verdad, sabe en qué mente, ni cómo ni por qué surgió. Crisis que a todos nos ha dejado tocados, con nuevos miedos y más sumisos aún ante las nuevas directivas del que se podría llamar Nuevo Orden Mundial. E igual que vino, ahora nos dicen que ya se marchó. Quizá sea esto “Lo que el viento se llevó”. O quizá haya sido la mayor tomadura de pelo de la Historia, que, a pesar de parecer una broma, no se debe tomar como tal, pues a mucha gente se la ha llevado por delante.

Todo ello en conjunción con un progreso tecnológico que sería la envidia de cualquier ciudadano de principios del siglo XX, que imaginaría que nuestro progreso actual sería la base y el fundamento de una sociedad rica (que lo es), justa e igualitaria (que no lo es), hecho que nunca en la Historia se ha producido y, desgraciadamente, quizá nunca se produzca.

Si la riqueza universal fuera equitativamente distribuida en tanto a conocimiento, lujos, mejores condiciones de vida, la gran masa, que históricamente se ha mantenido inculta o, en los tiempos modernos, imbecilizada, podría aprender por sí misma muchas cosas y empezar a reflexionar, lo cual podría dar lugar a que se diera cuenta de que siempre ha habido y sigue habiendo una minoría privilegiada, que es la que mantiene la sociedad jerarquizada.

Y esto ha sido tanto en la Antigüedad, como en la Era Contemporánea, con regímenes capitalistas, como con regímenes socialistas (entiéndase como socialista el sentido histórico de esta ideología).

Indiscutiblemente, el progreso tecnológico ha mejorado las condiciones de vida de los países. Pero, si la reflexión fuera de hábito común entre las personas de clase media, muchos podrían llegar a la conclusión de que actualmente se tiende a una economía que incluye entre sus principios la propia destrucción de los bienes que crea, bien haciéndolos obsoletos, bien cesando en la creación de nuevas industrias que aportarían más bienes a repartir entre la propia sociedad.

Y que nadie se lleve a engaño: tanto los actuales liberales, conservadores, progresistas, o como quieran llamarse, le venderán la moto de una forma u otra, pero, en el corazón de su argumentación y existencia, tanto para unos como para otros, la gran masa siempre habrá de permanecer inculta, con internet y smartphones de última generación en la mano, pero imbécil, al fin y al cabo, y siempre en la creencia de que el nivel de comodidades crece sin cesar y que sus condiciones de vida son mejores que las de sus antepasados.

Y que me perdone Pieter Brueghel por no haberme referido a él: un grandísimo artista del siglo XVI que, como tantos otros, ha sido “vaporizado” del ideario colectivo que borra el pasado como algo negativo, del que no se puede aprender nada. A la vista está que algo sí se podría.

Cualquiera podría recabar información sobre Brueghel el Viejo y sobre la Escuela Flamenca de su época, pero me temo que todos van a estar demasiado ocupados consumiendo las consignas del Multi-Partido único universal, con sus noticias, falsas o verdaderas, con sus manipulaciones y con su autoelogio de lo bien que se vive hoy en día….(algunos).

Paraqué