Misteriosa y gloriosa contradicción

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“ …estando las puertas de la casa, donde se hallaban los discípulos, cerradas por miedo a los judíos…”

En dos ocasiones insiste el discípulo amado, Juan, en el hecho de estar cerradas las puertas cuando viene Jesús y se pone “en medio “ de ellos. Y este” en medio”, “meso”, en griego, también, repetido, es otro dato de querer llamar la atención sobre ese hecho de colocarse, o más bien, de  aparecer, en medio de ellos.

Con estos detalles, junto con los de la escena de los discípulos de Emaús, en los que, después de bendecir y partir el pan, “desaparece”, se hace invisible, según el original griego “afantos”, nos hace imaginar, como en una película con efectos especiales, la aparición de Jesús atravesando, como un fantasma, un espíritu, las puertas y ponerse “en medio” de ellos. No que se abren las puertas y camina hacia ellos; sino que las atraviesa y aparece en medio. Y por dos veces. La segunda, en una misteriosa aparente contradicción, como en Lucas en su aparición a los discípulos, pide a Tomás que meta su dedo en la señal de los clavos y su mano en la llaga de su costado. Y en Lucas, creyendo los discípulos que era un espíritu, les enseña las señales de los clavos y les dice :  “Ved mis manos y mis pies que Yo mismo soy; palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo”. Y hasta les pidió algo de comer, una de las pruebas más contundentes, y comió delante de ellos un trozo de pez asado.

Atraviesa las puertas cerradas y aparece en medio de ellos. Como un espíritu. Es lo que en teología se denomina sutileza, la cualidad de traspasar cuerpos sólidos, propio del cuerpo resucitado, glorioso. Y, sin embargo, les dice que : “palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo”. El cuerpo glorioso no está sometido a las leyes de tiempo y espacio. Pero, de algún modo, está relacionado con el tiempo y el espacio, porque entra en contacto con los y con lo que están en el tiempo y espacio. Hablar, comer, tocar y ser tocado, manifestarse visiblemente  no parece ser impedimento para hacer o dejarlo de hacer, como dependiendo de una libertad y un poder omnímodos que en vida mortal no se tenía. El resucitado no tiene necesidad de comer ni de nada material; sin embargo Jesús come y bebe con ellos, según afirma San Pedro en una ocasión. Es, tanto estas circunstancias como todo el hecho de la resurrección de Jesús,  un misterio que, no por serlo, deja de ser real e histórico según los evangelios y la Tradición. Quizás esto es así para demostrar que, aunque transformados, seguiremos siendo los mismos como afirma Jesús de sí mismo: “Ved mis manos y mis pies, que soy Yo mismo”. “ Somos ciudadanos del cielo de donde esperamos un Salvador; El transformará nuetro cuerpo humilde según el modelo de su cuerpo glorioso.( San Pablo)

La resurrección implica un estado de vida eterna. No una duración sin fin que supone tiempo. Como dice el Papa emérito, es una cualidad del ser.Y añade. “… es trascender los límites del ser humano, algo para lo cual está ya predispuesto desde la creación, como esperanza y posibilidad, por su semejanza con Dios”. Por esto, los santos y el cristiano auténtico, no teme la muerte, más bien la desea, aunque pase las angustias físicas del tránsito final. Su fe, su esperaza y amor a Dios, lo supera todo.

“ Oh, vida breve y dura/¿ cuándo seré de ti despojado?/¡ Oh, estrecha sepultura!/¿cuándo seré sacado/ de ti por mi esposo deseado?/¡Oh,Dios, quién se viese/ en vuestro santo amor todo abrasado!/ ¡Ay de mi! quién  pudiese dejar esto criado/ y en gloria ser con Vos ya transformado!”  (San Juan de la Cruz) “ ¡ Ay, qué larga es esta vida!/ ¡Qué duros estos destierros!/ esta cárcel y estos hierros/ en que el alma está metida!/ Sólo esperar la salida/ me causa dolor tan fiero/ que muero porque no muero”. ( Sta. Teresa de Jesús) “ Esta es la única vida verdadera, la única vida feliz: contemplar eternamente la belleza de Dios en la incorruptibilidad e inmortalidad del cuerpo y del espíritu. Allí está la fuente de la vida cuya sed debemos avivar en la oración mientras vivimos todavía de esperanza”.( San Agustín) .

Pascua de Resurrección. Domingo de Resurrección. El domingo se ha llamado así, domingo, “ dominicus”, del latín “dominus”: Señor,  el Día del Señor, y Pascua, del hebreo: “paso”; paso de la muerte a la vida, y reminiscencia del “ paso del Mar Rojo”, que salvó al pueblo de Israel de la esclavitud del Faraón, y a nosotros de la esclavitud del pecado, del Diablo. Todo un símbolo pero real. Como la Eucaristía, símbo real y actualización de la muerte y resurrección de Jesús. Por eso se dice en la misa: “ Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. Ven, Señor Jesús”.

De ahí lo que la Iglesia considera muy importante, algo grave de no cumplir, no participar el “Día del Señor”, el domingo, de la Misa o Eucaristía. Porque el mandato del Señor es necesario cumplirlo: “ Tomad y comed, porque este es mi cuerpo que se entraga por vosotros”. Tomad y bebed todos de él, porque este es el cáliz con mi sangre que será derramada, por vosotros y por todos, para el perdón de los pecados.” Y, luego, dice: Haced esto en memoria mía”. Por eso, no hacerlo es una desobediencia a un mandato del Señor, que por ser un mandato de amor, no es una simple obligación que se pueda hacer o no hacer,” si no tengo ganas”. No es cuestión de ganas, sino de amor y obediencia al Señor. “ El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna”. Quiere decir que el que lo hace no tiene o no tendrá vida eterna.

Es un alimento espiritual tan necesario a nuestra alma como el alimento material a nuestro cuerpo. Se equivocan y no saben lo que dicen ni viven la fe, de verdad, los que no participan de la Eucaristía, al menos los domingos. A no ser por enfermedad, atender a un enfermo, o acto de caridad necesarios. Además, la Pasua, la Eucaristía o Santa Misa, es una prenda o garantía del cielo. “ Oh, sagrado convite, dice la liturgia, en el que se recibe a Cristo, se recuerda la memoria de su Pasión, el alma se llena de gracia, y se nos da una prenda de la gloria futura”. Es el mayor acto de fe, de esperanza y de amor en esta vida. Y la alegría, don del Espíritu Santo, que nos acompañará y dará confianza en nuestro “ paso”, nuestra pascua, de esta vida a la eterna.