Arte para profanos: “El descendimiento de la cruz” Roger Van Der Weyden, 1435

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Nuestra Semana Santa se celebra cada año con el primer plenilunio después del equinoccio de primavera, haciendo coincidir la Pasión de Jesús con la luna llena. De ahí que varíe cada año.

Los distintos episodios que conocemos por nuestra cultura no vienen de un solo texto, sino de los distintos Evangelios.

Tras la cruxifición de Jesús, que procesionamos el Jueves Santo, y tras las famosas palabras “Eli, Eli, lama sabachtani?” (Padre, Padre, por qué me has abandonado), el Viernes Santo representa la muerte y el descendimiento de la cruz de Jesús, tal como se cuenta en los distintos Evangelios. Y es este episodio el que plasmó el pintor flamenco Roger Van der Weyden en esta obra que, en principio, era un Tríptico, del que se desconoce el paradero de los laterales. Fue pintada por encargo de la Cofradía de Ballesteros de Lovaina, a la que hace alusión con la inclusión de adornos de las esquinas superiores. En la iglesia de Lovaina permaneció por más de 100 años, hasta que María de Hungría la consiguió para ella tras un canje. Tras la muerte de María de Hungría, la heredó su sobrino, nuestro rey Felipe II, y así fue como la obra acabó en España, instalándose durante casi 4 siglos en El Escorial. Durante la Guerra Civil, esta y tantas otras obras fueron llevadas por protección a Ginebra. Al acabar la guerra, regresó a España, instalándose definitivamente en el Museo del Prado.

Aparte de las consideraciones que muchos puedan tener sobre la religión, no podemos negar que es parte de nuestra historia y cultura y que la mayoría del arte, del que tanto presumimos, es de contenido religioso. No es este el espacio para cuestionar si las distintas religiones fueron las primeras fake news de la Historia. Ya se sabe aquello de que repetir mil y un millón de veces lo mismo, verdad o no, termina por ser aceptado por todos y considerado como cierto. Desde los reyes antiguos, fabricando su propia leyenda para legitimizar su situación, hasta los políticos actuales, con sus famosos compromisos electorales repetidos hasta la saciedad con la mayor solemnidad del mundo, pero sin interés alguno de llevarlos a cabo caso de que les toque gobernar, son expertos en estas noticias creadas, en fantasías que ilusionan al electorado o descalifican al adversario político. Ya lo decía el sabio refranero español:”Calumnia…, que algo queda”. Y así lo corroboran las expectativas para el futuro, que nos cuentan que más del 50% de las noticias consumidas para el años 2022 serán falsas, tal como se acaba de publicar recientemente. Yo me pregunto si no lo son ya…

Pero, mucho más allá del hecho, verdadero o no, la pasión y muerte de Jesús (al que se le añadió “cristo”, significando que era el esperado por el pueblo judío), es una reflexión para muchísimas personas que se ven identificadas. Todas aquellas personas que sienten solas en su día a día, que no ven el cariño y el amor de sus prójimos sino en los días de fiesta y que se consumen en una depresión con la que combaten en su intimidad, se siente consoladas por el dolor ejemplar de Jesús, que sufrió injustamente un castigo y una muerte cruel por querer, sencillamente, una sociedad más solidaria, con más amor entre todos.

El caldo de cultivo de cualquier religión es la falta de esperanza y de ilusión en un mundo extremadamente avanzado en lo tecnológico y extremadamente frío, por no calificarlo de otra forma, en las relaciones personales. Sólo se promueve la generosidad en caso de desgracias externas, alejadas de nosotros o cuando ya no tienen remedio. Es como si nos pidieran ser solidarios por un momento y limpiar así nuestra conciencia. Algo que se parece mucho a las indulgencias que se vendían en tiempos de Lutero y que éste denunció.

¿De verdad sirven para mejor tantos cambios, tantos avances? La ambición del mundo es como una carrera estresante y desesperada hacia un adelante sin fin, avanzando y avanzando, sin preocuparnos por lo que ocurre a nuestros lados y sin reparar en aquellas personas que caen y sufren en esta frenética carrera hacia un abismo sin meta. Y en esta competición nos tienen inmersos, ciegos o con los ojos tapados, con un montón de obligaciones como dorsal y con la única regla de seguir adelante sin frenar. “Que paren el mundo, que yo me bajo… “ (y si no lo paran, tendré que saltar al vacío).

La crucifixión de Cristo ocurrió la tarde de un viernes en el monte Calvario (o también llamado Monte Gólgota), a las afueras de Jerusalén, lugar que era el preferido para las ejecuciones capitales. Justo después de la crucifixión y muerte del reo, tenía lugar el descendimiento  del cuerpo de la cruz. Al ser el día siguiente sábado, y sabido que en ese día los judíos son de poco moverse -tabú que ya les venía de lejos- se pidió a las autoridades romanas (que eran los que mandaban entonces) que retiraran los cuerpos del monte. Así es que se aceleró la muerte de los dos ladrones, y aunque Jesús ya había muerto, un soldado, Longinos, le atravesó el costado con su lanza.

José de Arimatea, un hombre rico y respetado, se hace cargo del cuerpo de Jesús para darle sepultura, y en esta escena del Descendimiento, se le representa junto a distintos personajes que expresan el dolor, lo cual plasma el pintor de manera virtuosa. Destacan, a ambos lados, las figuras de San Juan y de María Magdalena, que encierran, a modo de paréntesis, el conjunto de la composición. El centro de atención es el cuerpo de Cristo y la Virgen María que, rota de dolor, se desvanece ante el cuerpo de su hijo: escena que ejemplifica el dolor y sufrimientos infinitos de cualquier madre o padre que pierde a un hijo, situación contra natura a la que nadie está preparado.

El Domingo de Resurrección representa todo lo contrario al dolor del Viernes de Pasión. Quedémosnos con la alegría y esperanza de este domingo. Pero, tratemos de evitar que la ilusión de días como éste sea convertida en manipulación para hacernos creer en un virtual mundo feliz.