Buscando a Moonriver, por Eugenia Carrión

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Un día de luna llena esperé horas observando en mi telescopio una nube sospechosa pero era de papel y sólo encontré estrellas rojas. Seguí el rastro de rumores que corrían sobre la olas australianas y me sumergí en la fosa de la Frisa. Allí tampoco estaba. Dieciocho años realizando la tesis para concluir que el gigante diminuto no existía. Lo escribí en mi ordenador y le di carpetazo.

Tras diecinueve intentos para encender el calentador tuve que ducharme con agua fría, sellé con adhesivo la cerradura de la puerta de mi cuarto para poder encajarla, encendí la lámpara de la mesita de noche pues la del techo no funcionaba y me puse el auricular del móvil que ya sólo me servía para escuchar la radio aunque con interferencias. Escuché la voz del que pensé que era el locutor de mi cadena favorita.

-Dieciocho años, tres meses y un día –dijo. Calculé mentalmente el tiempo que había empleado en buscar al gigante diminuto y me pareció una gran casualidad– Marta déjate de cuentas, te estoy hablando yo, Moonriver, entre el armario y el piano-. Miré donde me indicó.

–Si te acercas a más de dos metros saldrás de dudas, ¡yuju!
Me pareció ver saltar un muñeco del tamaño de la perla azul. Saqué la lupa de la mesita de noche. El auricular se deslizó y me lo volví a poner temblando por la emoción. Le enfoqué y vi un hombrecillo fornido, calvo, con cejas anchas y tez blanca, vestido con un mono de color plata y una “M” en el pecho. Se movía al ritmo de “Love is in the air” moviendo los brazos y contoneándose como un esquiador.

-Puse un altavoz en tu móvil. Tu insistencia nos ha animado a ofrecerte unas coordenadas que te he grabado en tu ordenador – cruzó una pierna sobre la otra y giró perdiendo el equilibrio.
-¿Información sobre qué? – acerté a decir.
-Latitudes, signofontes y periferios de donde podrás encontrarnos – el nerviosismo y la impericia me hicieron dar un paso al frente para acercarme y él saltó a la ventana– No des un paso más, tienes la información, ya puedes empezar a buscarnos.

-¿Pero hay más gigantes diminutos como tú?
-No todos tienen la suerte de ser tan esbeltos, –se puso de puntillas– pero los hay de todos los colores, incluso transparentes, aunque a estos te costará encontrarlos – y se descolgó por la enredadera. Le grité que se quedase un poco más mientras se perdía entre las amapolas.

La puerta se cerró, salió agua caliente de la ducha y la lámpara se encendió a la primera. Aturrullada encendí el ordenador. Una relación interminable de datos cartográficos de este y de otros cientos de planetas aparecieron en la pantalla. Y recorrí de nuevo los lugares visitados hallando mundos maravillosos de gigantes diminutos, que continuaré buscando más allá de las nubes de papel, de Marte y las estrellas rojas, pero sin apartarme jamás del auricular de la radio.

Love is in the air
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