La zapatilla cósmica, por Eugenia Carrión

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Meona Triquislabi Sociedad Anónima a Extralactianos. Todo en orden, dentro de lo que cabe, cambio… Perdonen el retraso en la emisión del parte. En las últimas horas he tenido problemas. Perdí los planos de la nave. Cambio… Está bien, dejaré el informe en el buzón de voz:
Este hotel es peor que el California por más marinas que le cuelguen. Hoy me han despertado con el Barcarola de Offenbach en versión chill-out, pero mis párpados se resistían a abrirse hasta que llegó la camarera de la bata verde con un cocktail sanguinolento. Tras el desayuno, decidí informar de la operación “Góndola estelar” al director del hotel para recabar fondos. Comencé por una sucinta exposición de los antecedentes, pero no me dejó continuar. Mantenía que esto era una clínica de salud mental. Al presentarle la zapatilla para su inspección, rechazó todo contacto con vosotros y la apartó argumentando que en ella no había ningún micrófono cósmico. En un intento de convencerle, fui a la cocina, pedí un huevo y, como si fuera Colombo, traté de demostrarle que el universo es esférico y poroso. El ignorante negó que hubiese vida en el espacio. Como es arriba es abajo. Y el huevo acabó estampado en su nariz. Él, con los bigotes amarillos, comenzó a propinar golpes a la mesa con la zapatilla. Eso rompió los planos de la nave que mandasteis telepáticamente. En cuanto a mí, me llevaron a la habitación y me ataron a la cama.
Para comprar mi libertad, prometí no volver a colgarme la zapatilla de la oreja. Mentí en defensa propia.
Aquí tengo poco tiempo para pensar, y si lo hago ponen mala cara, así que simulo leer a Kierkegaard o que escucho las noticias. Ya no me pesa el transcurrir de los días. Lo que me duele es la mirada ausente de Luisín, el tic en la mejilla de Flor o que el cocinero diga: “Hoy tenemos un exquisito cocido de ternera”, y que después sea de gallina. Mi olfato es infalible. A mí, que nunca me ha gustado, ahora me lo ponen hasta en el baño. Sin embargo, sé que debo permanecer aquí el tiempo necesario para poner en marcha nuestro plan. Me consuela la idea de que, a pesar de los años luz que nos separan, estoy tan dentro de vosotros como vosotros de mí, y eso mantiene intacto el hilo de plata de la zapatilla. Por cierto, solicito sus instrucciones de lavado.
Ahora tengo que esconderla. Dentro os dejo el kilo de arroz que me pedisteis; enviaré la receta de la paella en el próximo contacto. Transmitidme de nuevo los planos de la nave y un manual de técnicas de convicción. Os mantendré informados de los últimos acontecimientos en este planeta de recién nacidos. Una última pregunta: ¿en vuestro cielo hay tantas estrellas como en la Vía Láctea?
Con mis respetos a Once Mil Amores y al resto de la tripulación. Cambio y corto.
Barcarola-Offenbach

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Nací en Málaga el 27 de enero de 1965, tengo tres hijos y trabajo como profesora de Religión en el colegio Novaschool Añoreta en rincón de la Victoria, Málaga. Licenciada en Derecho y diplomada en Ciencias Religiosas. Participo en el periódico Paréntesis y ahora en el periódico digital Malagaldía. Algunos de mis relatos y microrrelatos se han publicado en libros como Las vueltas del aire, Déjame que te cuente, Un grieta en la jaula, La costa quedó atrás, Memoria de la pasada tormenta, Fuego interior, Estampados, cuentos de la crisis y Relatos Voltea, entre otros. Soy autora del libro de microrrelatos La Margarita Dijo Sí y La Vida Es Rosa. Actualmente estoy publicando por capítulos la novela Diario de una mujer cansada en distintos medios vía internet, y participo en el próximo libro de microrrelatos “Desahuciados” que publicará editorial Traspiés. Creo en Dios y en la bondad del ser humano.