La eterna obsesión por extraer la madera quemada

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Después de haberse controlado el incendio de Sierra Bermeja y de declararse su extinción, y tras haber contenido el ímpetu por reforestar las zonas quemadas que no habrían hecho ningún bien al entorno, con la llegada de las lluvias se demostró que no hay mejor acción de reforestación que la de dejar a la naturaleza actuar. Efectivamente, las piñas protegieron sus semillas del fuego y se abrieron tras él para liberar los piñones. Además, el propio suelo está cargado de semillas y de plantas con capacidad de rebrotar. Cualquiera que se acerque al lugar puede comprobar cómo la regeneración es notoria y patente. Todo el monte está ya reforestado para disgusto de quienes querrían anular a la naturaleza en su proceso de regeneración. Esto es así incluso para las especies más difíciles, como los pinos que, por ser árboles, tardan más tiempo en desarrollarse. La regeneración de pinos tras el incendio a partir de semillas es una realidad en todas las zonas donde antes había pinar.

Germinación masiva de pinos en las zonas incendiadas de Sierra Bermeja.

Otro problema que surge después de la catástrofe del incendio viene de la mano de muchos ingenieros que participan en la administración sobre la necesidad de retirar la madera quemada. Si bien es cierto que después de un incendio hay que tomar medidas para contener la erosión, el resto de las actuaciones no parecen tener mucha lógica. Muchos estudios así lo demuestran. Actualmente se trata de un tema en estudio en el que participan muchos grupos de investigación y que se plasman en multitud de artículos científicos. Existen muchas evidencias que demuestran los múltiples beneficios que supone dejar la madera quemada en el monte.

Muchas plantas rebrotan perfectamente tras el fuego, como el brezo (Erica sp.).

Para empezar, es importante para frenar la erosión. Lo que ya permitía el árbol vivo lo puede desempeñar también el árbol muerto porque muchos permanecen en pie levantando sus ramas y anclando sus raíces. Es la estructura del árbol la que frena la erosión por lo que el árbol muerto puede desempeñar esta función en gran medida. Además, es fuente de nutrientes para el suelo, mediante su lenta descomposición, lo que favorece la regeneración del ecosistema al ir depositando nutrientes lentamente y evitando pérdidas mayores por erosión. La retirada de la madera quemada conlleva, por ello, un empobrecimiento del suelo. Los árboles muertos sirven también de refugio no sólo para la fauna sino también para la flora ya que muchas plantas necesitan el cobijo de otras en sus estadíos iniciales, para la protección frente a herbívoros, protección ambiental (sol, temperatura, impactos por lluvia,…), humedad, etc. Esta protección que ofrecen los árboles muertos para la fauna es interesante para estimular la regeneración de las zonas quemadas ya que favorece el efecto “percha”, el efecto mediado por las aves por el que se depositan las semillas, a través de los excrementos, bajo la percha (árbol) sobre la que se posan. Esto es especialmente notorio con especies vegetales de frutos carnosos, como el aladierno. Claro está, todos estos beneficios que supone respetar la madera quemada en el monte no exime de realizar intervenciones, especialmente en aquellas zonas en las que suponga un riesgo, como las márgenes de las carreteras por la caída de árboles muertos.

En Sierra Bermeja, las actuaciones que se están llevando a cabo no retiran del todo la madera quemada pero sí que implican la tala de todos los árboles muertos. Con los troncos muertos se están construyendo fajinas para frenar la erosión, de modo que también contribuye a remineralizar el suelo por la descomposición de los propios troncos, pero no se están garantizando los beneficios que supondría dejar en pie alguno de los muchos árboles muertos. Esta madera tampoco supone un peligro para los árboles vivos, como alguna vez se ha sugerido, porque es bien sabido que los insectos que atacan a la madera muerta no lo hacen contra la madera viva (que tienen sustancias tóxicas para protegerse) y que son, además, uno de los principales actores en el reciclaje de la materia y de la remineralización del suelo. Sin embargo, estos aspectos no son tenidos en cuenta nada más comprobar que el grupo de trabajo creado para la recuperación de Sierra Bermeja, que dice ser técnico-científico, es más lo primero que lo segundo ya que, de las 12 personas que lo integran, únicamente tres provienen del ámbito científico, y de los campos de la geografía, la edafología y la botánica. Así que otros aspectos importantes como los relativos a la fauna (zoología) o, lo que es peor, a la dinámica de los ecosistemas (ecología), especialmente en su recuperación después de un incendio, no son tenidos en cuenta, pese a haber grandes profesionales en nuestra comunidad autónoma. Por lo menos, es de agradecer que no se cumplan aquellas palabras de Valentín Ortiz que, siendo entonces Jefe de Servicio de Espacios Naturales Protegidos, expuso públicamente en una reunión con voluntarios medioambientales mantenida el 2 de octubre de 2012 referente a la recuperación de la Sierra Alpujata, después del incendio de aquel año, por las que pretendía retirar toda la madera quemada a base de desmontes y maquinaria pesada, lo cual sería un desastre mucho mayor que el propio incendio, al agredir brutalmente al suelo en el momento más vulnerable.

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