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Marina Abramovic, la artista de los límites, gana el Premio Princesa Asturias de las Artes

El Princesa de Asturias de las Artes le fue concedido a la artista por un trabajo que explora "los límites del cuerpo y la mente a través de performances arriesgadas y complejas en una constante búsqueda de libertad individual", según el fallo del jurado.

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La artista serbia Marina Abramovic, galardonada hoy con el Premio Princesa de Asturias de las Artes, es un ícono de la vanguardia contemporánea que se denomina a sí misma como la “abuela de la performance” y a lo largo de cinco décadas ha experimentado en torno a los límites del cuerpo -su propio cuerpo- con el propósito de desdibujar las fronteras de la obra artística y democratizar la experiencia performática a partir de un contacto estrecho y pasional con los espectadores de sus puestas.

Nacida en 1946 en Belgrado, en lo que entonces era Yugoslavia, la artista viva más destacada de la performance, que ha llevado su cuerpo a soportar lí­mites extremos, es a los 75 años poseedora de una mirada profunda de ojos color miel y pelo larguísimo, y suele aparecer en público casi siempre con vestimenta negra, aunque en una de sus más famosas performances, que bajo el título de “La artista está presente” tuvo lugar en 2010 en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA, se la vio con un larguísimo vestido de estridente color rojo.

Así, con ese atuendo, permaneció sentada en una silla un total de 716 horas durante tres meses -a razón de jornadas de ocho horas- mientras miraba a los ojos a los visitantes que se sentaban frente a ella, en el marco de una puesta que incluía también 50 piezas y que involucraba a 36 artistas jóvenes.

En aquella oportunidad, la obra de esta indómita artista traspasó los tradicionales circuitos del universo artístico para llegar a boca de todos y volverse viral: en uno de esos días de performance su ex pareja -el artista Ulay- ingresó al museo como uno más del público y se sentó frente a ella, en un reencuentro que conmovió en redes.

Fue en Ámsterdam en 1976 que Abramovic había conocido al creador de performance germano-occidental Uwe Laysiepen quien usaba el nombre de Ulay, con quien compartió parte de su carrera. Luego de doce años de colaboración con el artista, que falleció el año pasado, el último trabajo que llevaron juntos a cabo se dio en 1988 y consistió en caminar por la Gran Muralla China desde los extremos opuestos para unirse en el centro y desde allí separar sus caminos con una sola palabra: adiós.

“Cuando le comenté al curador lo que yo quería hacer (que las personas se sienten frente a ella, a mirarla) él me dijo: ‘pero esto es Nueva York, nadie tiene tiempo de sentarse a hacer nada’. Y estuve sentada tres meses y he visto pasar 850 mil personas. Más público del que jamás haya atraído cualquier otro artista vivo”.

Si un capítulo de la serie “Sex and the City” mostraba a la protagonista Carrie Bradshow yendo en mitad de la noche a una galería de arte a ver a una artista que vive allí como parte de una performance, el homenaje a Abramovic esta vez llega con un prestigioso galardón dotado con una escultura de Joan Miró y 50.000 euros.

El Princesa de Asturias de las Artes le fue concedido hoy en España por un trabajo que explora “los límites del cuerpo y la mente a través de performances arriesgadas y complejas en una constante búsqueda de libertad individual”, según el fallo del jurado.

Abramovic inició su carrera en los 70 con la serie “Ritmo”, en la que ya mostraba las claves de su trabajo y la utilización de su propio cuerpo como parte de la obra. Y siempre se caracterizó por sus obras polémicas: desde treparse desnuda por las paredes del museo que dirigí­a su mama en Belgrado hasta cortarse los los dedos con un cuchillo cada vez que erraba el ritmo de una melodía que intentaba seguir.

Aún hoy conserva en su cuerpo las cicatrices de una de sus performances más controversiales e inolvidables: dejó 70 objetos sobre una mesa y su cuerpo, a disposición del público, para que hiciera lo que quisiera. Sobre la mesa había una pluma, un arma, una bala, espinas de rosas, un cepillo de pelo, entre los objetos de lo más variados. Aquella vez, alguien llegó a ponerle el arma sobre su sien, y otra persona del público lo detuvo.

Antes de tener que lidiar con la mirada del otro, la artista tuvo que “aprender a lidiar con el dolor físico. Sentía espasmos musculares muy fuertes, tan insoportables que pensé que me iba a desmayar y me dije ‘ok, desmayate’ y ahí el dolor desapareció. Se transformó en una experiencia extra-corpórea. A partir de ahí me pude conectar con el otro, porque en la performance tenés que ser receptor y emisor de energía”.

“Y cuando estaba en el Moma -prosigue- recibiendo esta energía, tal vez suene religioso, pero sentí amor incondicional por estas personas. No podía creer cuánto dolor llevaban. Cuando llegan y se sientan no tienen a dónde escapar excepto hacia su interior. A los tres meses que me levanté de esa silla ya no era la misma”.

Sobre sus performances extremas, cuenta Abramovic: uno puede lidiar con los tres miedos principales del ser humano: el dolor, el sufrimiento y la muerte. Yo quería liberarme de estos tres miedos. Siempre me gusta hacer las cosas que me atemorizan porque así me puedo liberar de ellas”.

En 1997 Abramovic presentó la pieza “Balkan Baroque” en la Bienal de Venecia, por la que recibió el León de Oro a la mejor artista: en aquella obra se sentó sobre 2,5 toneladas de huesos de vaca, limpiando la sangre y el cartílago de ellos, una pieza que fue leída como su respuesta a la guerra en la región de los Balcanes.

“Durante años no tuve dinero, viví dentro de un auto, pero nunca me di por vencida. A los 50 años gané el León de Oro en Venecia y me dije ‘acá arranco’ y la muestra del Moma en 2010 fue la que realmente lo cambió todo”, relató la artista serbia.

Ocho años después se ofreció en el Solomon R. Guggenheim Museum (Nueva York) “Seven Easy Pieces”, donde en siete noches consecutivas recreó los trabajos de artistas pioneros de la performance en los años sesenta y setenta, como Bruce Nauman, Joseph Beuys, Vito Acconci, Gina Pane, Valie Export y dos obras propias.

La performer suele definirse como una “soldado del arte”, acaso por ese afán de convertir a su cuerpo en el objeto de un trabajo que va más allá de la anatomía y tiene como propósito explorar desde ella misma las posibilidades del límite.

“La gente piensa con nostalgia que antes las performances eran más radicales. Te cortabas, te desnudabas, pero ahora son un proceso más mental. Entonces, tu público podían ser 10 personas, así que en verdad casi nadie las vio. Los museos aceptan hoy las performances como el vídeo o la fotografía, pero ha llevado mucho más tiempo ganarse el respeto. Ha habido un cambio radical: cuando empecé me querían encerrar en un manicomio porque creían que estaba loca, y hoy me alaban”, sostuvo la artista en una entrevista concedida al diario El País en 2015.

Ese mismo año, Abramovic participó de la Bienal de Perfomance que tuvo lugar en Buenos Aires con una puesta que se desarrolló en el Centro de Experimentación de la Universidad Nacional de San Martín (Unsam) y de la que participaron más de 2.500 personas, quienes se sometieron a una experiencia energética para liberarse de las constantes distracciones del mundo moderno, sin aparatos tecnológicos y en total silencio.

La idea del denominado Método Abramovic, que la artista viene difundiendo en varias partes del mundo y que han practicado celebrities como la cantante Lady Gaga, es lograr una profunda introspección a través de una serie de ejercicios que apuntan a “limpiar la casa” -es decir, mente y cuerpo-, en palabras de la propia artista.

Aquella vez, la autodenominada “abuela de la performance” propuso al público una “experiencia energética, para liberarse de las constantes distracciones del mundo moderno, sin aparatos tecnológicos y en total silencio”, es decir, el intento de disociarse del vértigo cotidiano. Difícil saber si el público lo logró la paz buscada, a través de ejercicios como contar granos de arroz y de lentejas, o caminar ida y vuelta, de manera ralentadisima, por unos de los sectores del espacio, pero lo cierto es que aquella iniciativa causó furor y agotó en minutos las entradas gratuitas para acceder a la experiencia.

El Princesa Asturias de las Artes, que el pasado año recayó de forma conjunta en el italiano Ennio Morricone -fallecido poco después a los 91 años- y el estadounidense John Williams por sus emblemáticas composiciones que han servido como bandas sonoras a cientos de películas, es el primero de los ocho galardones convocados anualmente por la Fundación que lleva el nombre del título de la heredera de la Corona en fallarse, y que este año alcanzan su cuadragésima primera edición.

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