Señoras impecables: las damas del SESM

Terminaba la década de los cincuenta del siglo pasado cuando, de puntillas y sin apenas hacer ruido, sucedió en nuestro país algo insólito: un puñado de impecables señoras católicas se propuso  adelantar el reloj de España (la cursiva es mía en homenaje a María Teresa León y a sus compañeras del Lyceum Club Madrid, que antes de la guerra civil española también quisieron combatir siglos de misoginia). Su descabellada intención en plena dictadura era adelantar la hora de quienes en nuestro país arrastraban mayor retraso en materia de derechos, o sea, las mujeres.  

Las nuevas conjuradas contra el machismo secular fueron Elena Catena de Vindel (escritora, doctora en Filosofía y Letras y profesora de Literatura y Lengua Española en la Universidad Complutense); Concepión Borreguero Sierra (licenciada en Ciencia Políticas y empleada del Ministerio de Educación; María Jiménez de Obispo del Valle (licenciada en Derecho y en Ciencias Sociales y profesora de Sociología); Consuelo de Gándara (profesora de Lengua y Literatura Italiana en la Universidad Complutense); Pura Salas Larrazábal (licenciada en Filología Clásica y profesora de Latín y Griego; María Salas Larrazábal (Licenciada en Filología Semítica, periodista, subdirectora de la revista Hogar 2000 y autora del ensayo “Nosotras las solteras”) y Lilí Álvarez –condesa de Valdène- escritora, periodista y polideportista de éxito internacional (tres veces finalista en el torneo de Wimbledon).

El grupo impecable -que, ojo, se autodefinía apolítico y aconfesional- adoptó el nombre de Seminario de Estudios Sociológicos de la Mujer (SESM) y lo lideraba una sexagenaria –María Laffite, Condesa de Campo Alange, mujer de armas tomar, solo que su única arma era la pluma. Intelectual brillante y autora prolífica, había escrito en 1948 un libro asombroso –La secreta guerra de los sexos- donde mediante el dialogo con otras disciplinas sostenía que la supeditación histórica de la mujer no era un hecho natural, sino cultural, resultado de la construcción social de la feminidad. Lo curioso es que lo había publicado un año antes que la celebérrima Simone de Beauvoir publicase El Segundo Sexo con conclusiones similares y mayor repercusión en el orbe.

Como feminista (termino inefable en la retardataria España), Laffite, que era una mujer excepcional, se empeñó en no ser una excepción. Deseaba que las españolas también pudieran tener un horizonte que sobrepasara el hogar, los hijos y el matrimonio; razón por la que propuso a la también excepcional Lilí Álvarez -su amiga- organizar un grupo de mujeres con las que estudiar codo a codo la situación de sus compatriotas y aportar -en la medida en que las circunstancias políticas lo permitieran- propuestas que modificasen su estatus de ciudadanas de segunda.

En aquel nacionalcatólico tiempo, todo lo concernido a “la mujer” era incumbencia monopólica de la Sección Femenina de Falange, el brazo de la dictadura para adoctrinar a las mujeres en la sumisión. Por si usted es joven y/o lo ignora, le diré que ponerse “respondona” con Pilar Primo de Rivera equivalía a contradecir al régimen, lo cual solía atraer algo más que inconveniencias. Laffite y sus conjuradas solicitaron a la Delegación Nacional de Asociaciones el entonces imprescindible permiso de reunión, pero nunca les fue concedido. Aun así (en la ilegalidad), jugaron la partida de ajedrez, pues estaban decididas a poner negro sobre blanco en la situación de las españolas y a impulsar su evolución (el evolucionismo era una de las pasiones de Campo Alange) conforme a un siglo XX que ya había empezado a deslizarse hacia su último tercio. Ya sé que Laffite y Álvarez eran condesas y que el título nobiliario las protegía de los rigores políticos, pero eso no significa que estuvieran exentas de padecer represalias. Significa que en lugar de dedicarse a tomar té usaron sus privilegios para darle cuerda al reloj.

La casa de Laffite fue el cuartel general de esas impecables confabuladas contra el inmovilismo. Allí trabajaron colaborativamente cada martes durante 26 años, desde 1959 hasta 1986. Allí diseñaron y efectuaron encuestas; recopilaron y analizaron datos; debatieron, estudiaron y consultaron a expertos en distintas materias (Rof Carballo, José Luis Pinillo, Jesús Moneo, Carmen Llorca, Emiliano Aguirre, Maria Aurelia Campany, María Telo, o Cristina Alberdi, entre otras personalidades). Allí abordaron sus investigaciones con objetividad, a partir de una metodología parecida (y cercana en el tiempo) a la de la norteamericana Betty Friedan, autora de La mística de Feminidad. En este sentido, el SESM fue más pluralista que Friedan, ya que  sus sondeos no se limitaron a las clases acomodadas, sino a todo el espectro social. Como curiosidad histórica diré que en 1975, Friedan pronunció una conferencia en Madrid y Lilí Álvarez -que había  sido su prologuista en la edición española- fue también su traductora simultánea.

El SESM produjo tres importantísimos trabajos (el cuarto sobre el avance del feminismo en España, quedó, por desgracia, inacabado) cuyas conclusiones contravinieron el ideal de mujer construido por Sección Femenina.  Así, el primero de esos trabajos, “Habla la mujer. Resultado de un sondeo en la juventud actual” (1967) vino a poner de relieve la pasividad de las jóvenes, su escasa evolución y la necesidad de apoyo e impulso por parte de la familia y del estado para abrirles nuevas perspectivas y vías de progreso. A su vez, “Mujer y aceleración histórica” (1972) constituía una crítica al Libro Blanco de la Educación, que en opinión del SEMS, continuaba promoviendo entre las niñas el matrimonio como objetivo primordial. Ahí no quedaba la cosa… complementaban la crítica con el despliegue de proposiciones para incorporar a las mujeres a la sociedad. La educación era el caballo de batalla del SESM para adelantar la hora de la igualdad y siempre que se terciaba la ocasión lo usaban en el juego dialéctico. Dos años antes, Laffite y María Salas, habían participado en el I Congreso Internacional sobre la Mujer organizado por Sección Femenina con la ponencia Mujer y Educación. En la medida de lo posible, hicieron “apología” de la coeducación, concepto detestado por el franquismo. Según relato de Concepción Borreguero y Elena Catena, costó Dios y ayuda tratar temas como la coeducación, palabra prácticamente vedada en aquellas sesiones, pero introducida por subterfugios tan ingenuos como clases con niños y niñas y cosas por el estilo.

El tercer trabajo del SESM -“Diagnosis sobre el amor y el sexo”- (1977) abordó la evolución de la relaciones de parejas hacia una deshinbitoria apertura de intercambios sexoafectivos menos exclusivistas, lo cual facilita la liberación de obsesiones sexuales y disminuye el sentido posesivo de la pareja. Dije antes que eran católicas, también que abordaban sus investigaciones con objetividad, apoyadas en datos estadísticos y en la opinión de personas cualificadas. No permitían que sus creencias íntimas contaminasen el resultado de sus investigaciones. Eran impecables.

El SESM no ganó en España la secreta guerra de los sexos sobre la que escribiera Laffite, pero sí alguna que otra batalla harto importante: trocaron lo invisible en visible y lo jamás dicho en pronunciado. Pusieron sobre el tablero de juego la necesidad de conocer la realidad de las mujeres a través los ojos de las propias mujeres y fueron, además, el antecedente directo de los estudios de género en nuestro país. Hay que reconocerlo…en una España inmovilista, aquellas señoras “movieron  pieza”. Gambito de damas, lo llamaría yo.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí