En el principio era el huevo…el origen del huevo de Pascua

 

Pan, leche, azúcar, canela, aceite y… huevo son los ingredientes de toda torrija. Hoy es Viernes Santo y no hay procesiones en la calle. Volvió a hacerse realidad la frase manida de ‘la procesión va por dentro’.  Segundo año consecutivo que la pandemia impide a las cofradías ocupar y recorrer, cirio en mano, las calzadas de nuestras ciudades y pueblos. No sufra. Céntrese en esta idea: lo bueno y lo malo deben servirnos para mejorar (“salimos más fuertes”, reza otra frase igualmente manida). Y si de mejorar se trata, no pase por alto que tanto trono, tanta banda de música y tanto encapirotado circulante, hicieron olvidar a algunos que el verdadero sentido de la Semana Santa es su final, o sea, el Domingo de Resurrección (paradójicamente, la procesión del Resucitado suele ser la menos concurrida). ¡Manda huevos!, replicará usted. Y yo le diré sí, por supuesto que sí. Mandan y mucho, tanto que en bastantes países de mayoría cristiana los huevos son el símbolo por excelencia y antonomasia de la Pascua de Resurrección. 

El experto en simbología, Alfredo Cattabiani asegura que en épocas pretéritas el Domingo de Resurrección también se llamó Pascua del Huevo porque se festejaba comiendo huevos duros y obsequiando huevos coloreados, previamente bendecidos por un sacerdote. Hoy, aunque desacralizada, todavía persiste la costumbre de consumir chocolatinas ovoidales y monas de pascua. También continúa el hábito de decorar huevos y regalarlos. A mí me chiflan, pero los de chocolate son mi debilidad.

Pongámonos serios. Lea, por favor, con atención el siguiente aserto: al huevo le sucede como al agua… algo tiene cuando lo bendicen. ¿Sabe el motivo? Evoca a Cristo resucitado: el huevo es en el imaginario cristiano un sepulcro -un sepulcro vacío- en el que se ha obrado el misterio de la resurrección y el paso a la vida eterna (por cierto, a Jesús se le ha representado abundantemente como un pelícano, ave que alimenta a sus polluelos con la sangre de su pecho). Sepa, además, que la palabra pascua proviene del latín páscae y del griego clásico πάσχα (pasja), adaptaciones del hebreo פסח (pésaj): paso. La fecha de celebración de la Semana Santa se ajusta anualmente en función de la pascua judía (que se rige por un calendario mixto solar-lunar), y en ella se celebra el paso de la esclavitud a la libertad, o lo que es lo mismo, la salida de Egipto hacia la Tierra Prometida. De ahí, que un huevo cocido -como símbolo de renovación- forme parte del ritual gastronómico de la cena de pésaj.

Ahora voy a decirle -sin anestesia- una perogrullada monumental, una frase pontifical de cuñado (o de cuñada), de esas que nos dejan ojipláticos; es la siguiente: “la Semana Santa dura siete días” (claro, siendo semana no puede durar más, ni tampoco menos, ¿verdad?). Los Padres de la Iglesia opinaron que la resurrección de Cristo alumbra un “día nuevo”, al que llamaron octavo día y que completa la creación del mundo, pues la resurrección de Jesús trae consigo la resurrección de los justos. El ocho, mencionado sea de paso, es un número arquitectónicamente interesante porque el octógono acerca el cuadrado (símbolo de lo terreno ) al círculo (símbolo de lo celestial). Cuando concluya la pandemia y pueda hacer turismo, busque octógonos en el techo de los templos que visite, cualquiera que sea la religión en ellos practicada.

Retornando al huevo y sus enjundiosos misterios (re)generativos, permítame señalarle que se trata de un símbolo universal, que, además, se explica a sí mismo. ¿Qué es un huevo? Un origen, un germen de vida, un nexo (o paso) entre lo increado y la creación (no solo la criatura). El huevo simboliza la sede, el lugar y el sujeto de todas las transmutaciones. El humilde huevo es bastante más que un proyecto de pollito, de tortuguita o de pez. El huevo es omnicomprensivo (todo lo contiene) y por eso integra numerosas cosmogonías o mitos del origen del mundo. Al huevo lo comparten celtas, egipcios, griegos, fenicios, cananeos, hindúes, vietnamitas, chinos, dogones, bámbaras, poblaciones siberianas, indonesias…

Conforme a una antiquísima obra china, Pan-Kou –el antepasado de los 10.000 seres del universo- nació de un huevo. En la Bahvricha Upanishad (un texto sánscrito), fue Durgâ, la que puso el huevo del mundo y de ella nacieron todos los seres -animales y plantas- que estaban en él, incluido el propio dios Brahma: Al principio del universo la diosa estaba sola/ella puso el huevo del mundo. Otra leyenda original asegura que Brahma nació de un huevo, pero su ponedora fue en esta ocasión la oca Hamsa. Y en la Grecia primitiva, el mundo nació de un huevo alumbrado por la diosa Eurinomé, metamorfoseada en paloma. El huevo está presente en tantas cosmogonías como salsas, así que para no causarle empacho, iré poniendo fin a este artículo ovular. Demasiada salsa arruina el sabor de las comidas y yo deseo que usted se chupe los dedos.

Los huevos son igual que Jesucristo: alfa y omega. No se enfade, no es blasfemia; los huevos representan el todo y se lo demuestro con gusto en pocos renglones: los babilonios celebraban el año nuevo con huevos y los egipcios, que creían en el renacimiento -prometido por Osiris- hacían pronunciar al muerto declaraciones del tipo yo soy el huevo que estaba en el vientre de la oca vocinglera, según consta “jeroglificado”en algunos sarcófagos. Que el huevo sea parte de los rituales de año nuevo y de los funerarios significa que en lo profundo de nuestra psique colectiva representa tanto el principio de la vida naciente como el de la post mortem o venidera.

El huevo, cualquiera que sea su tamaño (en algunas catedrales se guardan de avestruz) tiene, como ya habrá intuido, mucha tela, o sea, cáscara que quebrar. Su materia es, en palabras de Jean Guitton, la arcilla del misterio, y en las de Mircea Eliade, el uno primordial.
Por eso, cuando emborrice sus torrijas en huevo, acuérdese de mí y repita al freírlas: en el principio era el huevo…El resultado será el mismo, pero habrá añadido al rito gastronómico un toque “original”.

2 COMENTARIOS

  1. Que curioso María, me he acordado de las hornazas que se regalaban por esta época hechas de pan y un huevo duro en el centro.
    Muchas gracias por revivir mis recuerdos de monas y Huevos pintados.

  2. Quiero agradecer a la autora de este artículo, María Viedma, que nos haya ilustrado con tan curiosa información sobre el huevo de pascua. Debo reconocer que yo no sabía de su existencia hasta que estuve como estudiante Erasmus en el extranjero, mucho menos de su simbología.
    También aprovecharé, siguiendo su consejo, cuando concluya la pandemia, para buscar octógonos en el techo de los templos que visite. Información que me ha resultado igualmente interesante.

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