Matar a un ruiseñor

Para poder vivir con otras personas tengo que poder vivir conmigo mismo. La única cosa que no se rige por la regla de la mayoría es la conciencia de uno.

Son palabras que la escritora Nelle Harper Lee puso en los labios del abogado Aticcus Finch, uno de los personajes de su célebre novela Matar a un ruiseñor. La conciencia -nuestra conciencia individual- es el tema que atraviesa esta obra deliciosa en fondo y forma. En ella, la conciencia representa  la lucidez que nos permite enfrentarnos a un entorno obstinadamente ciego. Y obstinadamente ciega era la sociedad racista de los Estados Unidos que Harper Lee (Monroeville, Alabama 28 de abril de 1926 – Monroeville, Alabama 19 de Febrero de 2016) nos mostró a través de la mirada límpida de Scout Finch (la protagonista), una niñita de apenas seis años, hija menor del impecable Atticus.

Scout ve a su padre enfrentarse al rechazo y la incomprensión de las gentes de su pueblo (una pequeña ciudad sureña) por  haber asumido la defensa de un hombre negro acusado falsamente de violar a una mujer blanca. Impulsado por por su (kantiano) sentido del deber,  Atticus elige defenderlo aun a sabiendas de que no podrá ganar. Es, además, una suerte de Sócrates que mantiene con sus hijos Scout y Jem, diálogos éticamente tan provechosos que durante décadas hicieron de Matar a un ruiseñor material de lectura en las escuelas secundarias, hasta que la miopía de la corrección política, llevada a sus más altas cumbres de la estulticia tiquismiquis, decidió que era inadecuado el modo en que algunos personajes hablaban de los negros (lenguaje, por cierto, revelador de la disfuncionalidad de la sociedad racista de entonces), y que la novela era un ejercicio de condescendencia porque presentaba al blanco como salvador del negro. ¡Ja! ¿No le parece a usted que habría sido un ejercicio de inverosimilitud presentar a un abogado “afrodescendiente” o “de color” (permítame la ironía) en una pequeña  localidad  del sur de los Estados Unidos en los años  treinta? La pregunta se la formulo a usted y no a Netflix, ni a los creadores de la serie Los Bridgerton, ni a los amantes de las anacronías modelizadoras. Lo que Harper Lee pretendió y logró con su preciosa novela (pero lacerante en algunas escenas) fue despertar nuestra conciencia, abrirle los ojos, ponerla en alerta. Y fue por esa importante contribución a la convivencia interracial por lo que en 2005 le fue otorgada la medalla presidencial de las libertades. ¿Puede una novela cambiar el mundo? Si puede, puede incluso mejorarlo.

Tengo, no obstate, un reproche que hacerle a Harper Lee: que abandonase la literatura en 1961, cuando Matar a un ruiseñor ganó el premio Pulitzer.

Los ruiseñores sólo se dedican a cantar para alegrarnos. No estropean los frutos de los huertos, no anidan en los arcones del maíz, no hacen más que derramar su corazón, cantando para nuestro deleite. Por eso es pecado matar a un ruiseñor, explica un personaje . Desagraciadamente,  Harper Lee mató el suyo tras el éxito  de su novela y el de la oscarizada adaptación cinematográfica de Robert Mulligan, con un formidable Gregory Peck en el papel de Atticus.

¿Qué acalla la voz de un autor?, ¿qué la hunde en el silencio? En ocasiones, lo que la sepulta es el fracaso, pero otras, paradójicamente, es el éxito. Un triunfo temprano y arrollador puede ahogarle en la afasia absoluta, sobre todo si es debutante. Existen novelas luminosas que irrumpen en la literatura y acobardan incluso a sus propios autores, piezas tan geniales que los amordazan para el resto de sus días y no les permiten continuar escribiendo, como mucho una obra o  dos  y luego… luego, nada. Nada fue, justamente, el título de la novela de una gran autora –Carmen Laforet– que con 23 años conquistó el premio Nadal y poco después el Fastenraht, en 1949. La canibalizó su propio éxito, se autodiagnosticó “grafofobia” y jamás volvió escribir.

A Harper Lee le sucedió otro tanto, con dos dolorosas añadiduras. Una, haber querido desde la adolescencia llegar a ser la Jane Austen del sur de Alabama. Otra, haber publicado su primera y única novela siendo“talludita”, con 34 abriles a la espalda y alguna cana en su corto cabello.  Podría, seguramente, haber llegado a ser esa escritora descomunal que llevaba dentro. Intuyo que temió no ser capaz de igualar lo ya logrado, que la aterrorizó la posibilidad de escribir por debajo de su potencial, que la espantó la probabilidad remota de caer en el saco manido de lo mediocre. No crean que se conformó y no intentó reconciliarse con la pluma.Trató sin resultado durante varios años de sacar adelante una novela de no ficción, ese género que había cultivado su amigo Truman Capote (al que asistió durante toda la investigación de A sangre fría), No pudo ser… el miedo y las dudas se impusieron. Pasó el resto de la vida escondida del gran público.

Es el quinto aniversario de su muerte. El mensaje de su novela nos sigue estremeciendo. Hay lecturas que se te quedan en el corazón, como el canto de los ruiseñores.

 

 

 

 

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