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sábado, febrero 27, 2021

AMOR, METANOIA Y LA TORTILLA CON CEBOLLA.

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“Malos tiempos para la lírica” nos gritaba, en voz grave y baja, el gran Coppini, cuando aún la lírica tenía cierto acomodo entre nosotros. Y yo entendía esa “lírica”  como una suerte de paráfrasis de todo lo que supone elevación del espíritu: de las miras, anhelos y esperanzas; de los sentidos y sentimientos. Pero, sobre todo, empezaba a tener la íntima convicción de que existe un más allá,  un algo que está fuera de mi propio ombligo aunque, dada mi juventud, terminaba todo en una oda frívola e infantil hacia mis propios deseos. Pero sospechaba ya de la existencia del amor: del grande, radical, universal y poderoso.

Veréis: yo ya lo “intuía” y también sospechaba que, a veces, se comunicaba mejor a través del arte. Aunque no olvidemos que, a través del arte se pueden comunicar muchas estupideces. Y también maldades. Ni unas ni otras deseables… 

Dicen de los artistas que son seres amantes, sí, pero en el fondo incapaces de reflejar su debilidad ante la caricia, el beso, la palabra de consuelo, el abrazo y la entrega sin fisuras: por eso explotan, revientan su intimidad en el acto creativo, llenándolo todo de su visceralidad, su pasión, su entrega.  Pero yo discrepo. Y lo hago porque conozco artistas que consiguen un maridaje perfecto entre el arte, la devoción, la amistad, el cante, la cocina y mil cosas más que caben en su alma inabarcable. Un arte hecho vida. ¡Y sin necesidad de ninguna deflagración!

Y a mi me gustan los artistas. Por eso hoy os voy a contar algo de Antonia Amores. Y no, no es el panegírico vital que se le debe a esas almas grandes y coloridas que alegran nuestro gris devenir y a las que, alegremente, llamamos artistas. No. Ese también se lo debo. Además de otras cosas. Pero esto va de otro asunto.

Porque Antonia es mi amiga, sí, pero siempre me ha parecido que mantiene ese misterio, cálido y envolvente, de un alma que siempre va un poco “más allá”, que vislumbra realidades alternativas …

Desde hace muchos años ha sido, más allá de su arte, colaboradora imprescindible en las mil batallas y ocurrencias que se nos han ido presentando. Desde preparar listas electorales, hacer locos viajes a Madrid o Barcelona para “cambiar el mundo”, preparar unas grabacionesPero, sin embargo, a pesar de que esos proyectos, esos viajes, nos proporcionaron momentos divertidos y únicos, nuevos amigos, nuevos conocimientos, os voy a contar la actividad que más disfruto en su compañía; las jornadas en las que más disfruto y exprimo su experiencia, su inteligencia viva y su inabarcable conocimiento de la “intrahistoria”: la de los personajes, artistas, vividores y puñeteros genios y diablos que en su larga trayectoria ha conocido. Esos momentos es “arreglando algo”. 

Si, veréis: algunas veces me plantaba en su casa para echar una mano en cualquier cosilla de las que “le suceden”. Una casa antigua, luminosa, engalanada y coqueta, como todo lo que ella toca. Pero los años y el uso no excusaban de la mano de un fontanero, electricista y constructor. Y era entonces, entre una avería eléctrica, unos muebles de cocina que no encajan o un calentador estropeado, mientras tomaba un café o un “pincho” de media mañana, cuando recibía de ella unas lecciones magistrales de esa cosa que llamamos la vida.

Allí: entre las tostadas y el primer café recién hecho, entre las noticias del día y nuestras largas reflexiones sobre la política y la actualidad, salen a relucir las rarísimas grabaciones, las fotos y recuerdos de artistas, de las colecciones de discos más exclusivas,  de lecciones magistrales sobre palos del flamenco, sobre el baile, sus localismos, sus intérpretes señeros y todo apuntalado con sus grabaciones “en vivo”, fuera de estudios de grabación y de escenarios veraniegos… ¡Puro privilegio! Y sus anécdotas…¡Ay las anécdotas!  ¡Cuántas cosas sé a través de ella y que, un día de estos, con su permiso, os contaré…!

Con ella redescubría por ejemplo que, “la vida”, a modo de concepto general, no existe. Solo existe el vivir.  Ni tampoco existen cosas como el Amor, los sentimientos o los sueños: tan solo existe el Amar, el sentir o el soñar.  Porque las cosas importantes siempre son un Verbo, una acción.. Nunca son un concepto, una idea, una entelequia, una espera, ni mucho menos, una opinión… 

También, por tanto, aprendí a desconfiar de los nombres,  preposiciones, conjunciones, adverbios o adjetivos! Están muy sobrevalorados. Y sobre todo desconfío de los adjetivos que son la mejor herramienta para mentir, ocultar y manipular. La verdad, insisto,  es siempre un verbo. San Juan tuvo mucho cuidado con esto y, antes de nada, en su Evangelio nos advertía: “al principio era el Verbo…” Estoy seguro de que si “al principio hubiese sido, en vez del Verbo, una conjunción copulativa cualquiera, no nos hubiese podido avisar: ni él ni nosotros existiríamos como tales. 

Incluso el acto de pensar -porque las realidades intangibles son una parte importantísima de la Verdad- sólo existe si realmente estoy pensando… Y se puede poseer. Por eso decimos que tengo un pensamiento. Y ese pensamiento, cómo no, tiene un propietario legítimo responsable de sus beneficios y de sus consecuencias. Por eso también inventamos la legislación sobre propiedad intelectual. Porque, no lo dudemos, el acto mismo de pensar, como toda acción, genera una reacción. Para bien o para mal.

Pero existe otra forma, menos “intelectual”, menos sesuda de interpretar las realidades no tangibles. Un “no pensar”. Una suerte de comunicación que trasciende el lenguaje formal con el que pretendemos expresar sentimientos, emociones y revelaciones, no demasiado explicables mediante el lenguaje hablado o escrito por mucho que lo intenten los poetas.

No. No es un acto creativo, aunque si es un arte. Es una acción, un verbo pero, en este caso, nosotros somos pasivos. Nos abandonamos y somos “poseídos” por algo: el duende, las musas, los espíritus o el mismo Dios… Una suerte de metanoia. Voluntaria, si, pero en el fondo pasiva. ¡Pero sigue habiendo una acción! En este caso externa a nosotros. Por ello, Pablo de Tarso, en un clímax de su descubrimiento, expresa: “…ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí…”. Una vez más, un “otro”…

Yo creo que eso es lo que me provoca mi amiga Antonia: un tránsito por territorios desconocidos. Un “dejarme arrastrar” hacia lugares que, siendo comunes, expresamos de formas tan diferentes que parecen, a los no iniciados, universos distintos. Pero…

-¡Joseeee…!

-¡Queeee…!

-¡Baja de ahí, que estoy terminando unas gambitas al pil-pil que te quitan el sentío…!

-¡Voy pa´llaaaa…!   

…y en un salto dejo las herramientas sobre el tejado y descubro sabores ancestrales, músicas que resuenan en el alma y conversaciones que alguien, un día,  ya tuvo… Y mi mente se va al origen de todo. Del tiempo, de los sabores, del compás y los acordes que acabo de entender, del origen de todo ello. Y me da por elucubrar, por pensar tonterías: pienso, por ejemplo, si el primer español que llegó a tierras americanas y vió por por primera vez una patata, un tomate o un pimiento, pudo sospechar siquiera la inimaginable relación de amor que tendrían con los trigales de Castilla, las huertas de Murcia, los conventos de Granada o las vacas de Galicia. Relación que dió su fruto en forma de tortilla española o a lo Sacromonte, gambas al pil-pil, macarrones con queso o gazpacho fresquito. No. Seguro que aún era incapaz de imaginar una tortilla.

Solo para iniciados.

Si. Eso descubro. El acto aquí y ahora como como sillar básico que otros usarán para construir futuros insospechados. Conversaciones intrascendentes, descubrimientos casuales y circunstancias azarosas de las que desconozco su trayectoria final. Todo encaminado hacia un fin último que solo soy capaz de sospechar pero del que, por algún motivo fisiológico y natural, aunque desconocido para mí, quiero participar.

¡No sé, no sé..! ¡Es todo tan difícil…! Amor, tortillas, metanoia… ¡Ah! ¡Y la tortilla! La tortilla siempre con cebolla…

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