Sublimes protecciones

La novelista, filósofa y psicoanalista Lou Andreas Salomé (San Petesburgo 1861- Gotinga, 1937) se distinguió por llevar, sin tapujos, una vida al margen de las convenciones sociales. Lou estaba determinada a ser libre y a realizarse intelectualmente. A su favor tenía su enorme inteligencia  y sus medios económicos, pues provenía de la nobleza rusa.

Era, además, muy hermosa, y en materia de romance no fallaba: donde ponía el ojo, clavaba el dardo letal de cupido. Sus ojos, según numerosos testimonios, hechizaban al prójimo y las cabezas laureadas de su tiempo enloquecían (en ocasiones literalmente) de amor por ella. Es sabido que los filósofos Nietzsche y Paul Rée; el sociólogo Ferdinand Tönnies, el psicólogo Ebbinghaus; el orientalista Carl Friedrich Andreas (su marido, que intentó suicidarse); el poeta Rilke; el doctor Pineles (el único que la plantó) y el psicoanalista Tausk (que se suicidó) la amaron con desespero.

El introductor  de Lou en el mundo de psicoanálisis fue uno de sus amantes, el psiquiatra Poul Bjerre. De ella llegó a afirmar:

Poseía el don de hacerse cargo inmediatamente del modo de pensar de otra persona, en especial cuando la amaba (…) Me sentí horrorizado cuando me habló del suicidio de Rée ¿Y no sientes remordimientos?, le pregunté. Ella se echó a reír y me dijo que los remordimientos eran síntomas de debilidad (…). Parecía indiferente por completo a las consecuencias que pudieran tener sus actos (…). Tenía una extraordinaria fuerza de voluntad y le producía una gran alegría triunfar sobre los hombres. Podía inflamarse, sí, pero sólo por un momento y con una pasión de singular frialdad (…). Destruyó matrimonios y vidas humanas, pero, en lo espiritual, su proximidad resultaba fructífera, estimulante y hasta excitante (…) 

Es cierto, Lou era una criatura fascinante. Poseía porte y modales aristocráticos, verbo prodigioso y comprensión honda del talento y psiquismo de sus enamorados que, inicialmente, la percibían como un alma gemela, la mujer a la medida de sus sueños, la beldad que los haría felices…pero la realidad era que  construía relaciones tóxicas… Egocéntrica en grado extremo, carecía de eso que hoy llamamos empatía y hería sin pesar ni contrición. Con su elaborada retórica lograba de sus enamorados la aceptación de condiciones abusivas que emocionalmente los lesionaban (quienes han atravesado una relación destructiva entienden qué es la progresiva anulación de la voluntad). Además de triangulaciones sexoafectivas, impuso a algunos “amantes” la no consumación física de la relación (al marido, 44 años de “casto matrimonio abierto”. La boda la ofició un pastor enamorado de ella. Lou nunca soltaba del todo a sus presas). Era “cautivadora”.

Pero Lou Andreas Salomé, fue bastante más que una coleccionista de genios (lo suyo eran los hombres inteligentes e instruidos, no los guaperas sin conversación), ella misma, fue genial. Que fuese una despachurradora de corazones -y una narcisista de libro- no quita que fuera una intelectual notable, y que igual que tantos genios masculinos de “trato difícil”, merezca ser recordada por su trabajo. Al César lo que es del César…y Lou tiene derecho al podium de la cultura como escritora y pionera del psicoanálisis.

Desde niña, su curiosidad fue renacentísticamente insaciable, y su capacidad de aprendizaje, excepcional. Era la menor de cinco hermanos y también la favorita del padre (quedó huérfana de él en la adolescencia), hecho significativo que, andando las décadas, replicaría en la figura de Freud. De su Rusia natal se trasladó a los 19 años hasta Zürich para estudiar Filosofía, Historia del Arte y religiones comparadas. A partir de ahí, inició una peregrinación  que la llevó a mezclarse en los círculos literarios y de teatro de Berlín y París, en el círculo de los poetas austriacos, en el de artistas del Jugendstil de Munich y, finalmente, en la Sociedad Psicoanalítica de Viena. Para entonces, tenía cincuenta años y era célebre por sus trasgresiones, sus novelas (Ruth, Desviaciones, Fenitschka…) y ensayos (En lucha por Dios, Personajes femeninos en Ibsen, Nietzsche en sus obras, Rilke…). Estos favorecieron su acercamiento al círculo de Freud, a pesar de que carecía de formación científica. 

En ese contexto, destacó pronto por su comprensión del psicoanálisis y por sus estudios sobre el narcisismo (El narcisismo como doble dirección) y la mujer (El ser humano como mujer), temas que en su obra están muy relacionados, y en los que, desde la ortodoxia freudiana, se permitió plantear (sutiles) disidencias, un pecado que en aquella comunidad se castigaba con enemistad y destierro.

Al padre del psicoanálisis le disgustaba que sus hijos le contrariasen, sin embargo aceptaba encantado las disensiones de Lou y hasta admiraba su determinación en sostenerlas. Elogiaba, por encima de todo ( y me temo que de todos), su capacidad de síntesis. Dijo fascinado: Yo toco una melodía muy simple en la mayoría de los casos, y usted proporciona las octavas superiores; yo separo una cosa de otra, y usted hace que reine lo separado en una unidad superior; yo presupongo silenciosamente las condiciones de nuestra limitación subjetiva, y usted atrae deliberadamente la atención sobre ellas. En conjunto, nos hemos entendido bien y somos de la misma opinión. Sólo que yo tiendo a excluir todas las opiniones menos una, y usted, en cambio, a fundirlas, todas en una sola. 

Lou, era sin duda, su hija espiritual, su hija psicoanalítica, y de ella recibió un homenaje en forma de libro, Carta abierta a Freud. Él respondería satisfecho: Se trata de una verdadera síntesis, pero no de la síntesis absurda, terapéutica, de nuestros adversarios, sino de la auténtica y científica, de la que puede confiarse que vuelva a transformar en organismo viviente la colección de nervios, músculos tendones y vasos en que el cuchillo analítico ha transformado el cuerpo.

En 1915, Lou abrió consulta en Gotinga. El horror de la I Guerra Mundial,  había  estimulado la demanda de servicios psicológicos y muchos psiquiatras, antes escépticos, hallaron, entonces,  respuestas en el psicoanálisis. El prestigio de Lou como analista se vio incrementado y también sus publicaciones. Escribe cuentos y numerosos artículos psicoanalíticos en la revista Imago (Anal y sexual, Psicosexualidad, Sobre el tipo de mujer….) que en los años treinta la pondrán en el punto de mira del nazismo.

En 1935 se la llevó de este mundo un falló renal. Freud, desolado, redactó un obituario que, al menos en apariencia, contradecía la opinión de bastantes de sus contemporáneos: Era de una modestia y una discreción poco comunes (…) Quien se le acercaba recibía la más intensa impresión de la autenticidad y la armonía de su ser, y también podía comprobar, para su asombro, que todas las debilidades femeninas y quizás la mayoría de las debilidades humanas le eran ajenas, o las había vencido en el curso de la vida… Puede que sea cierto que «cada quien cuenta la feria según le va». También que hasta los grandes genios son esclavos de sus debilidades. Si fuera freudiana, diría que el señor Freud sublimó su erotismo y sus sentimientos en ciencia. En el amor, como en la guerra, cada cual se protege como puede.

 

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