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martes, marzo 2, 2021

María Moliner : por amor al idioma

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En 2019, Mel Gibson dirigió y protagonizó –The Professor and the Madman, en español, ‘Entre la razón y la locura’- sobre la creación del clásico diccionario Oxford, y sus autores, el intelectual James Murray y el convicto William Chester Minor. La película demuestra que contra todo pronóstico, la narración cinematográfica del proceso de construcción de un diccionario puede ser emocionante en extremo. Va siendo hora de que alguien en España, haga lo propio con el diccionario de uso del español María Moliner

Supongo que sabe de sobra quién fue María Moliner. No obstante, permítame contárselo en palabras de Gabriel García Márquez : 

María Moliner -para decirlo del modo más corto- hizo una proeza con muy pocos precedentes: escribió sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana.
Se llama Diccionario de uso del español, tiene dos tomos de casi 3.000 páginas en total, que pesan tres kilos, y viene a ser, en consecuencia, más de dos veces más largo que el de la Real Academia de la Lengua, y -a mi juicio- más de dos veces mejor. 

El texto pertenece al sentido obituario que el enorme Gabo le dedicó en 1981 en el diario el País. Se cumplen ahora 40 años de la muerte de esa gran lexicógrafa y mujer que fue doña María Moliner (Paniza, Zaragoza 30 de marzo de 1900 – Madrid 21 de enero de 1981) y que nos legó un tesoro de bien decir y bien escribir 

Su viaje hacia la nada, sin embargo, comenzó siete años antes de la fecha de su defunción: la tarde de 1974 en la que se desvaneció y recobró el sentido al día siguiente. Sufría arterioesclerosis cerebral y lo que siguió a ese momento aciago fue la disolución, como un azucarillo en el té, de sus facultades cognitivas. El punto de progresión de aquel deterioro irreversible fue el fallecimiento -ese mismo año- de su esposo, el catedrático de Física Fernando Ramón Ferrando, uno de los introductores de la Teoría de la Relatividad en España. “En 1974 muere su marido, mi padre, y a partir de ahí echa el cierre, no hay manera de hablar de nada con ella”, declaró Pedro, uno de los cuatro hijos del matrimonio, que subrayó además, la fatalidad de que Moliner perdiera sus capacidades mentales justo cuando volvía a ser una figura pública (ya lo había sido durante la República y la Guerra Civil), con su candidatura en 1972 a la Real Academia de la Lengua Española, el reino secular de los varones del idioma.

Pedro Laín Entralgo y Rafael Lapesa la propusieron, sin éxito, para el sillón B. Aunque los contrincantes de Moliner eran especialistas muy meritorios,  la realidad es que a ella -víctima de su tiempo y de la condición humana- se la excluyó por su intrusismo tanto de sexo (la Academia había rechazado antes a Gertrudis Gómez de Avellaneda, a Emilia Pardo Bazán y a Concha Espina) como de profesión: Moliner no era filóloga y sin embargo había escrito – al margen de los cánones oficiales- un diccionario que cuestionaba y superaba al de la RAE (“El diccionario de la Academia es el de la autoridad. En el mío no se ha tenido demasiado en cuenta la autoridad”). ¿Iban los académicos -ancianos en su mayoría- a permitir que una simple bibliotecaria se les subiera a las barbas? Ahórrese la respuesta.

“Me habría gustado ser académica”, confesó Moliner a su hija Carmen, y también que la desilusión le duró poco, pues enseguida la metamorfoseó en alivio. De un lado el marido estaba ciego. De otro, ella, enferma; “no habría podido cumplir mis obligaciones”, (se) dijo. Tenía tan alto sentido del deber que no aceptó el ofrecimiento de Laín y Lapesa de presentar nuevamente su candidatura. Fue así -producto de la fatalidad y del sexismo de los tiempos- que la autora del DUE, se quedó sin sillón y sin “limpiar” ni “fijar” el idioma. Lo que no pudieron impedirle fue que le diera esplendor… y … vida y… sentido, porque El DUE no resultó ser un sepulcro de palabras ni -como el DRAE- un bucle de definiciones tautológicas, sino una herramienta para ejercientes del idioma: bienhablantes, escritores y estudiantes de español, arribados al nivel de competencia en el que les conviene sustituir el diccionario bilingüe por uno nativo, uno precisamente como el Moliner, útil no solo para descifrar enunciados (carácter semasiológico), también para cifrarlos y construirlos (carácter onomasiológico). ¿Por qué? Porque nos pone en la mano todos los recursos del español para nombrar y expresar; porque nos ofrece soluciones a dudas sobre la legitimidad o ilegitimidad de algunas construcciones verbales; porque establece correlaciones etimológicas e ideológicas y definiciones válidas -operativas y no autorreferenciales- de palabras.

Solo con ojear sus volúmenes se adivina que es un trabajo hercúleo. En su hechura, Moliner empleó hectómetros de fichas y quince años de tenacidad prodigiosa. La impulsaba, según su hija, “el deseo de ordenar el mundo a través de las palabras”. También el hastío de saberse intelectualmente desaprovechada. Antes del triunfo de los sublevados, Moliner -funcionaria por oposición al Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos- había sido la primera mujer en ser profesora en la universidad de Murcia; directora de la Biblioteca de la Universidad de Valencia; cofundadora de la escuela Cossío; figura clave en la impulsión de las Bibliotecas Populares y de las Misiones Pedagógicas; había diseñado el Plan de Bibliotecas del Estado y coordinado la Junta de Adquisición de Libros e Intercambio Internacional, responsable, pues, de dar a conocer en el extranjero a Machado y a Hernández, entre otros. Pero el franquismo, a pesar de que jamás perteneció a ningún partido ni sindicato, la hizo descender  dieciocho peldaños en el escalafón, para trabajar opaca y desaladamente en la biblioteca de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Madrid. Allí se la trataba con desdén: “la roja esa”, decían. Era 1952 y -oportunamente- su hijo Pedro le regaló el Learner’s Dictionary of Current English. Lo vio claro: su  inteligencia aún podía resultar socialmente útil.

Se preguntará de dónde pudo nacerle semejante optimismo. Se necesita mucha tenacidad para, durante tres lustros, dedicar a un diccionario diez horas diarias de trabajo, más allá de una jornada de cinco en la biblioteca. La fuerza le manaba del mismo lugar del que, siendo adolescente, le brotó empuje para sobreponerse a un destino previsible de pobreza: cuando tenía trece años, su padre -médico en la Marina- “se marchó a por tabaco” a América. No le quedó otra que ayudar a una madre enferma del corazón -y descorazonada– a criar a sus hermanos. María Moliner -que siempre decía a sus hijos que “lo mejor que puede hacerse con los recuerdos es quemarlos”- se olvidó en aquellos años de que era apenas una niña, y usó el fuego de su inteligencia y su edad para traer dinero a casa. Infatigable, impartió clases particulares de latín a niños y mayores. Como si de una adulta se tratara, suplió con esfuerzo y disciplina la ausencia del padre fugado. Luego estudió Historia en la universidad de Zaragoza (premio extraordinario de licenciatura) y aun le quedó tiempo para colaborar entre 1917 y 1921 con el Estudio de Filología de Aragón en la confección del Diccionario Aragonés.  

Como sé que no alberga dudas sobre la inteligencia de María Moliner, ni sobre su tenacidad,  le dejo -imagino que muy a gusto- con las palabras que ella escogió para el prólogo a la primera edición de su diccionario. Revelan cuánto esfuerzo se esconde detrás de cada una de las entradas que lo componen, cuánto cuidado y amor al idioma puso en aquellos quince años de laboriosidad formidable:

La autora siente la necesidad de declarar que ha trabajado honradamente, que conscientemente no ha descuidado nada, y que esta obra, a la que por su ambición  (…)  le está negada como a la que más la perfección, se aproxima a ella tanto como las fuerzas de su autora lo han permitido.

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