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sábado, enero 23, 2021

Carmen Baroja: madre no hay más que una

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Carmen Baroja y Nessi (Pamplona 1883- Madrid 1950) fue una mujer brillante y con un alma que bullía inquietudes artísticas e intelectuales que apenas alcanzó a expresar. Desgranó sus frustraciones en recuerdos de una mujer de la generación del 98, las memorias (así tituladas por ella) que la doctora en Filología Amparo Hurtado consiguiera ordenar y publicar, luego de rebuscar en la casa familiar de los Baroja. Carmen deseó un lugar en el mundo, no solo “una habitación propia”, pero las circunstancias históricas y el rol social y familiar asignado a las mujeres, obstruyeron sus aspiraciones.

Yo hubiera querido trabajar para ser un poco independiente, pero no supe o no pude hacerlo (…) mi vida de señorita burguesa, o acaso mi timidez y falta de arrestos, me impedía desenvolverme, haber ido a una escuela de Bellas Artes (…) Mi espíritu cada vez se iba dividiendo entre la vida cotidiana, que sin duda era estúpida y aburrida, y lo que yo pensaba; entre mis amigas y mis conocimientos de gentes de la clase media (…) y mis lecturas y lo que hubiera querido hacer (…) Yo era francamente feminista, veía la poca diferencia que había entre los dos sexos (…) Rafael, si no estaba para la hora de cenar, que solía ser muy temprano, se ponía hecho una furia.

En 1946, ya huérfana de una madre opresora, hermana de varones que tilda de egoístas y viuda de un hombre que la limitaba, escribió una autobiografía que nunca pretendió que fuese leída, y en la que a pesar de inscribirse como miembro de la generación de la edad de plata, no menciona ni sus artículos en Mercurio, La mère Michel, Mujer y el diario La Nación de Buenos Aires, ni su libro de poemas Tres Barojas, ni el cuento Martinito el de la casa grande. Como si no importaran, qué pena.

Verá, Carmen -además de escritora y artista orfebre -premiada en exposiciones nacionales- y etnógrafa (como lo oye), fue la madre del antropólogo Julio y el escritor y director de cine Pío Caro Baroja; la hermana de los escritores Pío y Ricardo Baroja (también pintor) y la esposa del editor Rafael Caro Raggio. Intuyo que esta ordenación de su identidad es la que habría preferido. Sus hijos la hicieron feliz y sobre ellos -especialmente sobre Julio- ejerció un asombroso influjo vocacional. Los únicos que no me estor­ban nunca son los chicos, siempre siento alegría al verlos llegar y la vista de Julito es una fiesta para mí. 

Carmen adoraba el cine (armó dos guiones a partir de novelas de Pío Baroja) y también el teatro, hasta el punto no solo de escribir una comedia titulada La frivolidad, sino también de crear El Mirlo Blanco (1926-1927) un teatro de cámara muy celebrado por la crítica. Otra de sus realizaciones públicas fue la cofundación de un club cultural de señoras, el Lyceum, (1926-1939), presidido por María de Maeztu, al que acudían Isabel Oyarzábal, Zenobia Camprubí, Victoria Kent o María Lejárraga, entre otras mujeres de renombre y/o esposas de intelectuales (los detractores las llamaban, por este motivo, el club de las maridas) que ofrecieron conferencias, lo cual hizo del Lyceum en Madrid un foco de irradiación cultural. Carmen Baroja era la encargada de la sección de Arte y organizaba frecuentes exposiciones. Caro Baroja siempre se mostró orgulloso de las preocupaciones feministas de su madre, de su inquietud por el futuro de las mujeres, por el estatuto de la mujer frente a la cultura y frente al hombre.

Mucho se ha escrito de la influencia de Pío Baroja sobre Julio Caro. Este se declaraba abiertamente “hijo mental” de su tío. Es cierto: él y su biblioteca marcaron nítidamente su formación. Don Pío lo introdujo, por ejemplo, en las ideas de Kant, cardinales en su obra.  Bastante menos conocida es la influencia intelectual de Carmen Baroja, una influencia tan inspiradora y temprana que bien podría situársela en los orígenes vocacionales de Julio Caro, en la fragua misma de sus intereses temáticos. Es casi seguro que fue ella quien prendió en él la pasión por la Antropología Cultural.

Desde los años 20 a Carmen Baroja le interesaba la etnografía. En 1927 (cuando su hijo Julio tenía ocho años) entabló contacto con el antropólogo Luis de Hoyos Sainz -que había dirigido el Seminario de Etnografía, Folclore y Artes Populares- y que la invitó a incorporarse al Patronato del Museo del Traje Regional Histórico, donde fue nombrada inspectora del museo del encaje. Redactó para esta institución dos trabajos: El encaje en España y El arte del encaje, en los que no se ciñó exclusivamente a aspectos técnicos. También describió el perfil y las circunstancias de las trabajadoras. En 1934, es creado el Museo del Pueblo Español (casi 20 años después, Julio Caro sería el director) y ella se incorpora a su patronato. Efectúa entonces para el museo dos trabajos: catálogo de colección de pendientes y catálogo de colección de amuletos, pues ha empezado a recopilar materiales con la intención de redactar un tratado sobre “joyas populares y amuletos”…trabajo que por diversas circunstancias (incluida un año después su muerte) quedaría inédito, pero que Eduardo Cirlot (nada menos) quiso que se publicara en la editorial Argos de Barcelona.

Carmen -que conoce bien las leyendas, los mitos y tradiciones vasco-navarros porque su dominio del vascuence es completo- es quien introduce a Julio no solo en el universo mágico de la hechicería vasca, también le da a conocer la obra de James George Frazer. Había leído una traducción al francés de “La rama dorada” (en una necrológica de Frazer para la revista Escorial, Caro Baroja declararía haberla leído en la adolescencia). Asimismo, durante sus colaboraciones con La Nación, Carmen escribió artículos etnográficos sobre la obra del citado antropólogo…

Muchas serían las posteriores influencias intelectuales que Julio Caro recibiría: Lévi Strauss, Foster, Radcliffe-Brown, Pitt-Rivers, Evans-Pritchard, entre otras, pero conviene dejar constancia de la huella original (en su sentido más germinativo y literal) de Carmen Baroja, quien además de ser su madre, fue también matriz de su vocación.

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