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domingo, enero 17, 2021

Caro Baroja, un sabio en Churriana

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      A finales de los 50, el erudito Julio Caro Baroja (Madrid, 1914- Vera de Bidasoa, Navarra 1995), sobrino del escritor Pío Baroja, heredó de este un capitalito con en el que adquirió en Churriana la finca “El Carambuco”. Su amigo, el también escritor Gerald Brenan, fue quien le puso en la pista de esta propiedad. Sabía que en cuanto viera las fotos se enamoraría de ella, y como  los buenos amigos siempre se desean lo mejor, le animó a comprarla.

En la Churriana y Málaga de aquellos días, casi todos ignoraban que acaba de instalárseles como vecino uno de los intelectuales españoles más importantes de la segunda mitad del siglo XX, que al término de su vida, con 81 años, habría producido setecientos trabajos entre biografías, libros y artículos sobre lingüística, literatura popular, antropología, historia social, historia antigua, minorías étnicas y marginadas, brujología, tecnología, folclore, religiosidad, vascos, judíos, moriscos, saharauis… 

Lo penoso del caso no era que la gente de Churriana desconociese a Caro Baroja, sino que a esas alturas, este fuese prácticamente un desconocido para la mayor parte de los estudiantes de Antropología en la España de los sesenta. El catedrático de Lengua y Literatura Antonio Carreira lamentaba en un artículo que entonces, cuando él era estudiante y Caro Baroja ya había publicado más de veinte libros y un centenar de trabajos, su obra y figura continuaban ninguneadas por la universidad española. Una explicación (además de lo incómodo del apellido materno) era que los temas que abordaba no se consideraban  “centrales” (bastante después lo serían), sino “periféricos”. Según Carreira, “uno de los problemas de Caro Baroja en la sociedad que le tocó vivir, aunque parezca hipérbole, era que sabía demasiado”.

Otra explicación es que la independencia y el rigorismo carobarojianos conllevan un enfoque que derriba seguridades: alérgico a los lugares comunes (de hecho, una de sus ideas más fecundas es la de “viejo lugar común”), prescindía en su búsqueda de la verdad de teorías globalizantes, paradigmas establecidos, asideros postulares e imágenes monolíticas. Los hallazgos carobarojianos no son, en ningún campo, aptos para mentalidades doctrinarias -de antaño ni de hoy- que aspiren a obtener rédito político de ellas. Si cuando era joven era un mal español y ahora que soy viejo soy un mal vasco o un mal catalán y esto me ocurre porque no quiero comulgar con ruedas de molino, ¿a qué consulado tengo que ir para renovar mi pasaporte? Entre las obras más destacadas que combaten esos lugares comunes figuran “Los vascos”(1949), “Razas, pueblos y linajes (1957), “El carnaval” (1965), “la ciudad y el campo” (1966), “las brujas y su mundo” (1961), “los judíos en la España moderna y contemporánea (1961), “Vidas mágicas e inquisición” (1967), “El señor inquisidor y otras vidas por oficio” (1968); “La hora navarra del siglo XVII (1969) y el “Ensayo sobre la literatura de cordel” (1969),

Cuanto puede aprenderse en la obra de Caro Baroja no es etiquetable. En su contenido no hay lugar para la simpleza ni la economía cognitiva. Da prolija cuenta de la naturaleza poliédrica de la realidad, donde nada es del todo blanco ni negro, y allana esa dificultad (a veces notoria porque la vastedad de sus conocimientos e informaciones es apabullante) con lenguaje sencillo y sin pedantería, pues la humildad fue en él un rasgo tan distintivo como su sempiterna pajarita al cuello.

En esa complejidad inherente al mundo y su devenir, interesó a Don Julio el relieve y la lente de aumento que supone destacar la “historia chica” frente a la “historia grande”. Consideraba un ejercicio de miopía elitista posar la mirada solo en las decisiones políticas o de Estado y renunciar a investigar la historia chica (la vida de las masas urbanas y en el ámbito rural), su intrahistoria e influencia -aunque solo sea por el número de sujetos- sobre la historia grande. Pensar que hay una historia grande o una historia chica es una actitud orgullosa de gentes que se consideran ellas mismas grandes. Los estudios de Caro Baroja no son sobre reyes, ni aristócratas, sino sobre gente común y corriente con sus problemas corrientes de siempre. Él aúna etnología e historia en un mismo sistema de investigación y analiza los problemas de la historia como problemas humanos en sus dimensiones humanas, es decir, como los problemas que la vida en un periodo concreto les plantea a seres de carne y hueso en unas circunstancias concretas.

Retornando a Churriana, diré que uno de esos problemas fue para Caro Baroja su finca . Con el transcurrir del tiempo, “El Carambuco” empezó a pesarle en términos económicos. A Don Julio no le faltaba el dinero, pero tampoco ataba perros con longanizas. De haber tenido un carácter menos independiente, podría haber disfrutado de una posición financiera mejor, pero él -que con el paso de los años, llegó a recibir muchos honores y premios (el Príncipe de Asturias o el Nacional de las letras)- nunca se sintió cómodo en los cargos oficiales, sobre todo si estos eran básicamente hueros: en los años cincuenta abandonó la dirección del Museo del Pueblo Español (Veía que había en las autoridades una especie de indiferencia absoluta o desgana (…) sí me choca que desde la universidad hubiera ese desprecio y esa hostilidad). Y en la democracia renunció a ser asesor del ministro de la Cierva, y más tarde, a permanecer en el consejo de Euskal telebista (el título de asesor era falso porque en realidad no había nada que asesorar). 

Tres fueron las casas de su vida y las tres cumplieron una función: La de Itzea es la madre; la de Madrid, la esposa y Churriana…Churriana es la amante, decía. Tal vez por eso, poco a poco, la fue dejando. Interrogado por este asunto, respondió entre jocoso y triste:Yo siempre he sido un hombres moral, y a la vejez no está uno ya para andarse con amoríos.

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