Libertina Paulina

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Todo iba como la seda en la  existencia de  Pauline Bonaparte (Córcega, 20 de octubre de 1780- Florencia, 9 de junio de 1825). Tenía dicecisiete años y había contraído matrimonio con el apuesto general de brigada Lecrerc, hombre de confianza de su hermano Napoleón. Incluso, acababa de alumbrar a Dermide, un niño muy bonito aunque frágil.

En la asombrosa ciudad de París, los días transcurrían alegres de baile en baile  y su belleza venusina (figura y facciones perfectas) levantaba la pasión de los hombres. La vida era una fiesta hasta que al negro Toussaint Louverture, en la lejana Haití, se le ocurrió desear que los de su raza fueran libres. A Napoleón no le quedó otra que enviar en 1801 a su cuñado con 25.000 soldados a sofocarle las aspiraciones. Lecrerc se empeñó en llevarse a Paulina y aunque esta protestó, acabó de primera dama en la isla. Allí, según sus biógrafos -y tangencialmente el novelista Alejo Carpentier en El reino de este mundo– se encaprichó de militares de variado rango y hasta de su masajista, el negro Solimán. De los 17 años hasta su muerte con 44, a Paulina se le contabilizaron veintidós amantes, pocos…sin embargo, el machismo secular sobreadjetivó de ninfomanía su libertad sexual y su afán de conquista.

En 1802, regresó con varios esclavos (a menudo los usaba de escabel), las cenizas y el corazón de Lecrerc en una urna. Había muerto de fiebre amarilla y Paulina se sentía deshecha. Pero París estaba tan lleno de hombres atractivos rendidos a su belleza, que era inevitable dejarse querer. Para colmo, su hermano se hacía cada día más poderoso, y gracias a él, nadaba en una abundancia de lujos que siempre le parecían escasos. Napoleón resolvió casarla con un magnate, el atractivo príncipe romano Camillo Borghese, descendiente de varios papas. A Paulina le entusiasmaba la idea de convertirse en princesa y a Camillo emparentar con un emperador en ciernes. Era una mujer preciosa y creyó que con ella podría consumar un gran amor…Hay quien dice que era impotente y quien asegura que homosexual. No llevaba mal sus infidelidades (silente deporte de la aristocracia), sino las indiscreciones y humillaciones públicas. Recién casado encargó a Canova un retrato en mármol de Paulina como Venus Victrix y ella, a espaldas de él, se hizo esculpir desnuda. El día de la entrega organizó una fiesta y al pie de la obra ella colocó un cartelito: “Cuando puedas con esta, avísame”.

Paulina, además de no cuidarse de la maledidencia, en paralelo con Napoleón (experto en saqueos), depredó económicamente a Camillo. Aquel obligó a este a vender al Estado francés parte de su colección de arte (hoy en el Louvre), mientras ella atesoraba las propiedades y los diamantes, que posteriormente, le donaría para abandonar Elba. Cuando a los seis añitos, Dermide falleció de epilepsia, Paulina quiso separarse, y Camillo le tendió un puente de plata en forma de copiosa asignación anual.

Cargada de joyas y 600 vestidos, retornó a Francia, donde continuó su cadeneta de romances. Mantuvo uno muy “sonoro” con el músico Blangini, y otro célebre por su crueldad, con el actor François-Joseph Talmá (“el príncipe del gesto”), único artista al que Napoleón reconocía talento. Tenía 48 años y Paulina 30. Talmá la adoraba y sufrió abusó emocional: en prueba de amor, ella le exigía recitar ante sus amigos bajo la lluvia o interpretar escenas cómicas (para las que no estaba dotado, amén de que como actor trágico, resultaba vejatorio) y lo humillaba sexualmente. Lo sustituyó por un joven artillero, pero él la siguió amando.

Mucho se ha loado la lealtad de Paulina hacia Napoleón (lo acompañó en Elba y quiso hacerlo en Santa Helena). No la discuto, simplemente subrayo que la estrella de Paulina era parasitaria de la del emperador; si se apagaba la de este, lo haría la suya. Financió con sus bienes la huida de Elba y la reaparición en Francia de su hermano, esperanzada en que su poder fuera inextinguible.  En esos famosos cien días, también ella gozó de nuevas fiestas y amantes. Pero su piel acusaba ya los signos de la edad y su silueta los de la glotonería. 

Waterloo puso fin a la gloria de Napoleón y consecuentemente a la de  Paulina. Huyó de Francia y se refugió en Roma. Sola, sin adoradores ni amigos, empezaba a sentirse enferma  (cáncer) e intentó esconderse del mundo en Santa Helena, junto a Napoleón, el único que la quería. Este, desde su primer día en la isla, había iniciado ante la la opinión pública -incluida la inglesa- una campaña de victimización. Aunque aseguraba recibir de los ingleses trato denigrante, la realidad era que disponía de una mansión con 23 habitaciones y 56 personas a su servicio, además de cuatro jardineros chinos, máquina neumática de hacer hielo (tecnología punta), billar, cubertería de plata, vajilla de Sèvres decorada con sus logros militares y una asignación anual de doce mil libras. Excluida de todas las salsas, es comprensible que Paulina quisiera mudarse a Santa Helena a “cuidar” de su hermano. Para cuando solicitó al gobierno inglés trasladarse allí, Napoleón llevaba dos meses muerto. 

Intentó entonces enternecer a Camillo con una misiva que él ignoró porque vivía feliz en Florencia con una duquesa: “Estoy decidida a probar que quiero vuestro amor. Si conserváis por mí un poco del antiguo afecto, si sois capaz de soportarme, espero y creo que cuando esté tranquila junto a vos, recuperaré la virtud. Haced de mí lo que queráis, querido Camillo, estoy resuelta a retirarme del mundo si ya no puedo conveniros”.

Sabedora de que un príncipe romano jamás desobedece al Papa, efectuó una ofensiva desde la retaguardia: convenció al cardenal Rivarola para que suplicase a León XII dar a Camillo orden de perdonarla y ofrecer, así, ejemplo cristiano al mundo. Camillo acató la voluntad del pontífice. Afirman que Dios aprieta pero no ahoga…enviudó muy pronto.

Antes de morir pidió dos cosas: que nadie viera su rostro deteriorado por los padecimientos de la enfermedad, y que la enterrasen en París, junto a Leclerc y Dermide. Camillo respetó lo primero, pero no lo segundo. Sus restos descansan en la basílica de Santa Maria Maggiore en Roma.