Esos locos bajitos

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“El objeto de la educación es formar seres aptos para gobernarse a sí mismos, no para ser gobernados por los demás” 

Mi vida diaria no es nada interesante, pero hoy os contaré algo sobre una deliciosa cena que tuve el otro día en casa de unos amigos y, hablándoos de ella, vais a entender porqué he empezado con esta lapidaria reflexión de Hertbert Spencer.

Hace unos días, nos invitó a cenar a su casa Miguel Ángel Muñoz Bautista que es, entre otras cosas, Director del colegio Manuel Altolaguirre, en Palma-Palmilla. Nos recibió y agasajó espléndidamente, junto a su pareja, en una casa de la Málaga clásica y popular. Casa con historia familiar, que me traía recuerdos y aromas de la infancia. Una casa de frescos patios, escaleras y terrazas. De cal, de azulejos, de macetas y flores. Una casa de gorriones en los tejados y golondrinas en el cielo rojo de la tarde…

El atardecer iba transcurriendo entre la calma y pausadas conversaciones sobre cocina, vinos, política, historia, actualidad y, como no, educación. Y, quizás llevado por el ambiente sosegado, se me encendió una lucecita. Una lucecita que se fue aclarando después con algunas explicaciones de mi novia, maestra también, y que ordenaron lo aprendido en esa velada. Y fue, más que un aprendizaje, una puesta en valor y en orden de experiencias, intuiciones y lecturas acumuladas a través del tiempo.

Por eso quiero hoy decir algo sobre educación: un tema que, aunque “me pilla cerca” por motivos personales, nunca me había suscitado curiosidad intelectual más que cuando se inscribe en el discurso sociológico, filosófico, político o psicológico como factor clave para desentrañar y explicar algunos de sus postulados. Y, aún sabiendo de su  importancia vital,  reconozco que cuando los hijos ya han completado su proceso formativo, cuando ya están olvidadas las inoportunas y pesadas reuniones de padres de alumnos, de matrículas y libros, parece que esto de la pedagogía le “pilla a uno lejos”. Como algo  fascinante  solo para esos “sabios locos” que se dedican a formar -y a soportar- a nuestros hijos. Porque si: hay que estar loquito para dedicarse a una profesión tradicionalmente mal pagada,  poco reconocida  y que,  además,  exige más horas, más esfuerzos, más paciencia, más dedicación  y más renuncia  de la que,  a veces,  podemos sospechar. Siempre se dijo de la docencia que era una profesión vocacional: como el médico, el militar, el artista o el sacerdote. Y reconozcamos que esto muchas veces ha sido una excusa para abusar de su entrega y exigir de ellos unas responsabilidades que, a todas luces, no tienen.

Además, recordemos que, curiosamente, son profesiones en las que la excelencia de su desempeño sólo es medible en parte, ya que el resultado final sólo podría comprobarse de forma fehaciente tras el seguimiento de toda la vida de una persona. Porque así es la educación: condiciona toda una existencia. Al respecto nos dijo Aristóteles que “la educación de la juventud no es ni poco ni muy importante; tiene una repercusión universal y absoluta”. 

Pero también está la libertad. ¡Siempre está la libertad!  Porque ocurre que el trabajo del maestro necesita del mismo entusiasmo y entrega por parte del alumno. De hecho, me atreveré a decir que la educación me parece algo así como la conjunción de dos pasiones que se necesitan: la pasión por enseñar y la pasión por aprender. Y esa lucecita se me encendió cuando descubrí que mi amigo, al respecto, hace cosas como esta:

Metodología Educativa Schoolcor Café día 36. Cierre de la segunda temporada.

Reconozco que, cuando entendí todo el trabajo extra, las horas incontables, la “lucha” con la Administración que se necesitan, no sólo para mantener la ilusión por enseñar sino, además, encender el entusiasmo por aprender en el alumno, me sentí abrumado:

    _ ¡Jolín, Miguel Angel, tienes todo un laboratorio en casa!     -le dije, sorprendido, cuando descubrí una sala amplia llena de pantallas, ordenadores, libros, archivos, papeles…  Me abrumó aún más su respuesta contundente:

     _  ¡Es que mi profesión es mi hobby… !   -Y terminó así por definir lo que es, para mí, una vocación: tener un trabajo que harías gratis si no necesitaras trabajar para vivir. En ese momento me acordé, cómo no, de Aristóteles: “educar la mente sin educar el corazón, no es educar en absoluto”

También me acuerdo ahora de Pericles. En su discurso a los atenienses por los muertos en la guerra del Peloponeso, dijo que “no hay que avergonzarse de ser pobre sino de no poner a diario todos los medios posibles para evitar o abandonar esta suerte letal”. Pues eso, eso mismo, hicieron por mí mis maestros: me enseñaron a no avergonzarme de mi pobreza, sino despertaron en mí el ansia de conocer y de avanzar para salir de ella. Y, sabiendo que la ignorancia es la peor de las pobrezas, aceptar que nunca saldré del todo de ella… Ahora, a través de Miguel Angel, entiendo un poco más cuánto le debo a mis maestros y, también a través de él, se renueva mi profundo agradecimiento a todos ellos.

Encender, propagar, iluminar, llenar, entusiasmar, apasionar, ilusionar, preguntar, reflexionar… Menuda tarea tienen si, además de todo esto, deben transmitir conocimientos, para después, “desaparecer”. Esto mismo decía, de otra manera, María Montessori: “la mayor señal del éxito de un profesor es poder decir: ahora los niños trabajan como si yo no existiera.”

Pues por todo esto y más: agradezcamos, respetemos, apoyemos a nuestros enseñantes. Y no les carguemos responsabilidades que no tienen, porque, al final, se cumple la reflexión de Serrat en esa deliciosa canción que es “Esos locos bajitos”

“Nada ni nadie puede impedir que sufran

Que las agujas avancen en el reloj

Que decidan por ellos, que se equivoquen

Que crezcan y que un día nos digan adiós”

Ahí os lo dejo.  Y si quisieran saber más sobre el tema, aquí lo cuentan mejor que yo:

‘Schoolcor Café’, un canal educativo para la inclusión de estudiantes de zonas desfavorecidas