15 de Octubre, Día Mundial del Lavado de Manos

0

Desde 2008, la Organización Mundial de la Salud (OMS) viene celebrando el  15 de Octubre como el Día Internacional del Lavado de Manos. Podría parecer que lavárselas es algo al alcance de cualquiera. Por desgracia, UNICEF nos ofrece en este sentido datos desalentadores:

El 40% se la población mundial no tiene instalaciones de lavado de manos con agua y jabón en sus hogares. Lo mismo sucede en el 47% de las escuelas, lo cual afecta de modo directo a 900 millones de criaturas en edad escolar. En paralelo, el 16% de las instalaciones de atención médica (una de cada seis) no dispone de baños funcionales, ni tampoco de lavamanos en los puntos de atención a pacientes

Los beneficios de lavarse las manos en la prevención de enfermedades se conocen solo desde el siglo XIX, o sea, anteayer. No se me ponga listillo y ahórrese la sonrisa de superioridad contemporánea (a saber qué habríamos pensado y hecho usted y yo en esa centuria). Hoy vivimos conscientes de la existencia de vida microorgánica, algo que nuestros antepasados ignoraban, y en su mundo, lavarse las manos no equivalía a proteger la salud. En la Edad Media y durante la peste negra, los judíos -que vivían en sus juderías o guetos- padecieron menos la enfermedad, y por eso les acusaron de envenenar pozos ajenos. Entre su “confinamiento” y la netilat yadáyim o lavado ritual de manos, una práctica no de intención higiénica sino religiosa (de purificación antes de comer y tras tocar cadáveres, por ejemplo), lograron preservarse de muchos contagios, aunque no de ulteriores represalias y progromos. Con todo, los médicos judíos siempre fueron muy apreciados en las cortes cristianas. Si continúa leyendo, tal vez se le ocurra una posible explicación a su éxito profesional…

Zacharias Janssen, un óptico holandés, inventó en 1608 el microscopio, pero la naturaleza patógena y potencialmente letal de las “partículas” microscópicas no fue descubierta hasta bastante después. Le relataré un caso histórico revelador de ese desconocimiento: a la altura de 1840, las parturientas de una sala concreta en un hospital vienés fallecían masivamente de sepsis. Aquella elevada mortandad angustió a un miembro del equipo, el doctor Semmelweis.

Obsesionado, barajó diferencias entre las condiciones de esa sala y las del resto, como la orientación de las camas, la posición en la que las mujeres yacían y hasta motivos psicológicos: el sacerdote que administraba la extrema unción, acompañado de un acólito que tocaba la campanilla, solía cruzar la estancia de marras para abandonar el hospital, lo que en su opinión, podría inducir en las mujeres un trance terrorífico coadyuvante de la fiebre puerperal con solo escuchar el tintineo lejano. Semmelweis suprimió esas diferencias respecto de las demás salas, incluidas la campanilla y modificó el itinerario del cura, pero la alta mortandad persistió. Poco después, un colega que en una autopsia se había lesionado con el escalpelo, murió con síntomas equivalentes a los de las parturientas. Aunque aún no se había descubierto el rol de los microorganismos en tales infecciones, Semmelweis concluyó que la causa de la alta mortalidad en esa sala era que las mujeres hubiesen sido atendidas por estudiantes provenientes directamente de la sala de disecciones tras un lavado superficial de manos. Ha dicho uff, ¿verdad?

No vaya usted a creer que la explicación del lavado de manos y la recomendación de lavárselas fueron aceptadas sin resistencias. En 1879, al propio Pasteur, en un seminario de la Academia de Medicina de Francia, estas afirmaciones le costaron enfrentarse a sus colegas: lo que mata a las mujeres de fiebre de parto son ustedes, los doctores que llevan microbios de una mujer enferma a otra sana (…) las esponjas con que lavan y cubren las heridas, pueden contener gérmenes que se multiplican dentro de los tejidos (…) Si yo tuviera el honor de ser cirujano, me lavaría las manos con el mayor cuidado, les espetó.

Verá, no es que los médicos fueran “guarretes”, sino que entonces los malignos microbios acababan de ser descubiertos y todo lo relacionado con ellos aún sonaba sospechoso. Ahora los microbios, las bacterias y los virus forman parte incluso de la cosmovisión de los legos (salvo de los negacionistas del coronavirus), pero en el siglo XIX su existencia todavía era discutida y causaba comprensible incredulidad entre la comunidad médica. Por otro lado, no pierda de vista que en aquellos años el agua corriente no era de ningún modo “corriente”, sino inusual. La mayoría de las viviendas carecían de saneamiento (eche la vista atrás, tal vez no tenga que ir lejos en la historia familiar) y los hospitales no disponían de lavamanos en las salas, por no hablar del frío del agua -casi helada- en invierno. Las cosas han cambiado mucho y a mejor en Estados Unidos, Europa y España, no así en el resto del mundo.

Y digo yo…pudiendo usted ahorrarse una enfermedad y ahorrársela al prójimo, ¿por qué no se da el baratísimo lujo (pero enorme privilegio internacional) de lavarse las manos? No me sea decimonónico y siga este procedimiento óptimo:

  1. Mójese las manos con agua corriente. 
  2. Aplique jabón en cantidad apropiada para cubrirlas.
  3. Frote todas sus superficies (palma, dorso, entre los dedos, debajo de las uñas y el gran olvidado: el pulgar) durante al menos 30 segundos, duración equivalente a cantar la coplilla Cumpleaños Feliz dos veces seguidas (truco para lo críos).
  4. Enjuague bien con agua corriente.
  5. Séquese las manos con un paño limpio, preferiblemente toalla de un solo uso; secarse es importante porque en la humedad podría  fácilmente recoger y trasladar gérmenes.
  6. La solución hidroalcohólica no sustituye el lavado de manos, no es tan eficaz, pero si no puede lavárselas, al menos, recurra a ella.