Jacinta en este lado del espejo

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Querida mamá.

Te grabo este audio, otro más, con la convicción de que no te llegará nunca, principalmente, porque no los suelo enviar. He descubierto que el celador revisa los teléfonos. Pero no abre los mensajes que llegan, no, sino los mensajes -también las cartas- que salen. No sé si será alguna estratagema de la terapéutica moderna, pero a mí me da mal rollo.

Voy mejorando mi estrategia y mi habilidad para esconder la pastilla rosa debajo de la lengua. Ya soy capaz de tomarme el café, las galletas y el bollo manteniéndola en su lugar, seca y apartada en los carrillos y, cuando se relaja la vigilancia, la guardo en el celofán de las galletas. No sé qué clase de locura le ha entrado a la gente con esta pastilla rosa, porque a mí no me sienta nada bien. Más bien me deja loco, se me aprietan las mandíbulas y termino con un dolor tenso en el cuello. A mí estas pastillas me recuerdan a las rayas malas de speed. O como ese mejunje que se hacía con las bolitas blancas de las cápsulas de Dexedrina. ¡Ay! ¡No! ¡Calla, calla! ¡Mejor aún!. Cómo atiborrarse de Bustaid, tragado con cerveza calentona, a las tres de la tarde, en la Plaza de la Merced.

A mí esas mierdas sintéticas siempre me han dado mal rollo. A mi solo me sosiega el jaco. Pero estos putos médicos no entienden nada. No entienden que eso es lo único que realmente consigue que se haga el silencio en mi cabeza. El caballo me deja pensar un poco y estar en paz.

Ya fui conejillo de indias con la metadona. ¿Te acuerdas? Y no estaba mal: me quitaba la gripe, me quitaba el dolor de espalda, el miedo y los mocos. Y no iba mangándole a todo quisqui para conseguir tres mierdas de papelinas de pintao. Eso estaba bien. Pero, sin embargo, no conseguía que dejara de sentirme como una mierda. Y eso el caballo si lo hace. Con él, al menos durante unas horas, me creo vivo; creo que mis sueños son reales y, a veces, hasta me siento persona. Por eso he pillado el truquillo de cambiar las pastillitas rosas, de vez en cuando, por un pollo o dos de caballo.

A veces tengo muchas. Es fácil: a la hora del desayuno, cuando ponen la medicación en los vasitos. Entonces, en cada bandeja, con el nombre del enfermo en una tarjetita, ponen un vasito pequeño de plástico con la medicación de cada cual. En ese momento es fácil, entre el trasiego de bollos, de cafés, de entradas y salidas, de rapiñar las de cada uno de los internados. A veces junto tantas, que Pío, porque Pío se llama mi camello -que pienso yo que vaya mierda de nombre para un camello- me las cuenta y me da dos o tres pollos de caballo a cambio. Y no es que sea generoso conmigo, no, sino que le sale a cuenta porque también pillo para otros internos que no pueden salir y esos si que me dan su dinerito. A veces son tantas que también me regala un pollo de coca. Yo siempre le pido prestada una cucharilla y algo de bicarbonato y le saco la “base” allí mismo. En el “centro” no podría hacerlo porque tienen muy vigiladas las taquillas. Lo que si me llevo son algunos papelones de aluminio, con la gota ya fundida y con el canutillo doblado y las guardo en los maceteros de la entrada…

Hoy, a la vuelta del paseo de la tarde, mientras escondía mis papelas, antes de entrar a cenar, me descubrió Jacinta. Jacinta es una chica buena. Te lo digo para que no te preocupes. Que te conozco, mami. Está interna aquí desde hace no sé cuánto y se ha intentado suicidar no sé cuantas veces. Se ve que no se aplica bien. Pero de eso me alegro. Porque ella no tiene la culpa. Se lo ordenan. Y no sé porqué te cuento esto porque sé que te enfada. Tú nunca creíste en las voces. Pero sí, mamá: las voces existen. Y susurran, gritan, torturan y, sobre todo, ordenan.

Te diré, mami, que Jacinta es un chica guapa. De unos cuarenta y tantos años. Quizá más. O quizás menos. Es una gordita rubia, de ojos azules como el mar y unos dientecitos blancos de conejo que muestra en una sonrisa siempre fácil. También tiene un culazo grandote y duro como piedra que hipnotiza al personal del patio cuando pasea.

Pero te decía, mami, que Jacinta también es una buena chica y, cuando me ha visto guardar las papelinas, ha hecho un poco de pantalla para esconderme de los celadores. Después, con una sonrisa maliciosa, me guiñó un ojo. Cuando pasó el peligro, nos fuimos a los setos a fumar un cigarrillo y me preguntó:

– ¿Que es? -yo le enseñe una papelona con una gota a medio quemar que llevaba en el bolsillo y le respondí:

– Base de coca. Es oscura porque está manchada con caballo.¿Quieres probarla? – Me miró con sorpresa y añadió:

– Si. Solo la he oído nombrar… ¡Pero sí! -Me dijo resuelta, mientras se acomodaba en el césped delante mía.

Se aflojó la bata blanca del hospital y se sentó sin más, frente a mí, mostrándome el espectáculo de sus dos piernotas, blancas y tersas, que terminaban en el minúsculo triángulo invertido de su braguita. De esta parecía brotar un casi imperceptible caminillo de vello rubio hasta el ombligo. Me sentí un poco incómodo y acalorado porque Jacinta es una chica noble, buena y que ha sufrido mucho y a mi, Mami, me da mucho respeto el sufrimiento. No me parecería bien jugar con ella. Aunque sé que le gustaba que la mirase; se subió un poco la bata y abrió un poco las piernas mientras me volvía a mostrar sus dientecitos en una sonrisa demasiado infantil para sus años y su vida… Por eso, mamá, me causa respeto: porque no estoy seguro de que su consciencia sobre la responsabilidad de sus actos sea superior o inferior a la mía. Aunque la mía, a veces, deja mucho que desear. Pero, aunque me excite, me parecería una suerte de abuso por mi parte.

Estiré la papela y reice el tubo, y le expliqué:

-Yo caliento con el mechero el papel de aluminio y, esa gota amarilla que ves ahí, empezará a derretirse y tu, con el canutillo, vas aspirando el humo que sale. Mira como lo hago. -Y dí una inhalada grande.

-Ahora tú. – Y empezó, primero, tímidamente. Luego, con más confianza, hasta que ya cogió ella misma el mechero y la papela y acabó con la gota. Me lo devolvió. Yo abrí el tubo y lo calenté para aprovechar una última calada.

En ese momento se recostó sobre la hierba y exclamó:

-¡Que sensación…! ¡Que bien! ¡Soy Jacinta, soy fuerte…! ¡ Y soy yo…! -Y empezó a reír…

Reía y me miraba con ojillos guasones. Mientras, empezó a sudar copiosamente. Tan copiosamente que empapó la finísima bata blanca del hospital, pegándosele ésta al cuerpo y mostrando sin reparos el muy humano y explosivo espectáculo de curvas y redondeces. Empezó a estar cada vez más parlanchina, más desinhibida, de una euforia creciente… La sudoración crecía y, de entres sus curvas voluptuosas surgieron, a través de la empapada textura de la bata blanca, dos pechotes grandes y perfectos, que enmarcaban unos pezones que me parecieron pintados por un repostero. ¡Si…! Como esas pastitas de té, rosas y coquetas, que culminan en una minúscula cerecita roja en el medio.

Al poco tiempo, se relajó, se tumbó sobre la hierba y empezó a reír estrepitosamente. Empezó a decir tonterías y empecé a preocuparme. Así que dije, intentando dar por concluida la fiesta:

– Oye, vamos a cenar ya. Escucho que ya están repartiendo. Si no pasamos lista ya sabes lo que pasa…    -Me miró, volvió a mostrar sus dientecillos blancos y, mientras se pellizcaba los pezones con delectación me contesta, insinuandose:
– Sólo un ratito más… -y tras eso añadió:
-Ahora tengo sueño…
-¡Venga, vamos! -dije ayudándola a levantarse. Nos dirigimos al interior de las instalaciones, llamé al timbre y le pregunté:
-¿Quieres que pasemos por la enfermería…? Allí te darán algo… -y asintió con la
cabeza.

Cómo llegó a la enfermería acalorada, taquicárdica y un poco disparada, me pareció lo más honesto decirle la verdad de lo ocurrido al enfermero. Aunque, ante la absoluta indisciplina que revelaba por mi parte, me costara el paseo de los próximos 200 años o más. Pero no. No quería en mi conciencia un sufrimiento añadido más de los que traía ya puestos de casa. Porque esas cosas sueltas en mi cabeza discuten mucho entre ellas, toman su propio “ser” y, al final, empiezan las voces a tomar el mando. El enfermero meneaba la cabeza con gesto que, de forma inequívoca, mostraba desaprobación. Me miró de reojo con desagrado, la sentó con delicadeza en una silla de ruedas y, con un gesto osco, me indicó que saliera. Y así que me dispuse a salir, Jacinta extendió su mano, rozó la punta de mis dedos y sonrió. Esta vez, sonrió sólo con los ojos… Le esperaba un poco de diazepán en vena y una noche tranquila y vigilada, encerrada en su habitación…

Estuve cenando, dando después un paseo por el jardín y charlando con otros enfermos. Cuando volvía a mi habitación descubrí, en un rincón junto a los maceteros, un cordoncito de cuero, roto, con una cruz tosca de madera anudada. Lo cogí, lo apreté, no sé porqué, y sentí una sensación extraña. Lo metí en mi bolsillo junto a la papela y me olvidé de él. Más adelante, al pasar junto a la puerta de la habitación de Jacinta, escuché un llanto agrio y descarnado. Y si: era ella. Entre quejidos sordos, cohibidos, logré escuchar:

-¡Mi cruz, mi crucecita…! -Y volvía a un llanto desconsolado….
-¡Jacinta! ¿Estás bien?
-¡He perdido mi crucecita…! – Respondía. Y empezaba ya a llorar otra vez, cuando la interrumpí:
-Jacinta… ¡mira lo que te traigo! -Me acordé de la crucecita y la saqué del bolsillo.

Por algún motivo que desconozco la llevé, brevemente, a mi pecho y la deslicé bajo la puerta. Se hizo el silencio. Un silencio largo. Luego solo escuché susurrar:
Gracias….

Créeme, Mami, si te digo que vi claramente, a través de la gruesa puerta de acero, una sonrisita inocente de dientecillos blancos de conejito y, sobre ellos, una luz azul que provenía de sus ojos limpios…

He llegado a mi habitación pensando en el crucifijo de madera. Una imagen que no se me borraba. Y tenía una sensación extraña. Cómo de un símbolo reconocible que se explica muy adentro. Como una señal de tráfico, que todo el mundo sabe que significa, aunque no tenga el carnet de conducir.

Me pareció que todo estaba en su lugar, que este universo calentito y amable, estaba diseñado para mí. Y para ti también, Mami. Y para Jacinta, que la pobre no ha hecho nunca nada malo. Que el mal y el bien están en mi. Y que hasta la tía cabrona del catering, esa que persigue a Jacinta para meterle mano en todos los rincones y de la que un día te contaré, tiene su lugar y su porqué en este universo. No. No parece que el azar cuente mucho. Todo está en su sitio.

Esta noche, Mami, he vuelto a soñar con un mundo amable, si. Un mundo de colorines, de risas, de juegos; de luz y de mamás buenas que me traen el colacao y las galletas mientras veo “La Bola Cristal”. Un mundo en donde no hay que esconderse de los grandullones del patio, ni del vecino que me soba y me hace daño en la pilila, ni del papá de Marujita, que la pobre se echa a llorar cuando lo escucha volver del bar. Un mundo donde Jacinta no tenga que preocuparse de que tíos capullos como yo, la lleven a nuevos infiernos que no había conocido, ni tenía porqué conocer. No sé, no sé… ¡Es todo tan difícil!

Hasta pronto, Mami. Ya te contaré…