¡Sobran ideas!

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     Me prometí -y no cumplí- hace años no volver a tener ideas originales. Porque, releyendo a mis autores-totem, esos que me marcaron, comprobé que existe una hiperinflación de ideas originales. Yo mismo estaba teniendo demasiadas ideas “originales” para mi gusto. Y a mi, las originalidades, a menos que vengan del mundo de la ciencia pura y dura, del mundo de la reflexión e investigación personal, del perpetuo y obligado cuestionamiento filosófico y moral sobre la realidad circundante… ¡Me dan mucho miedo! Las originalidades vacías nos acercan peligrosamente a la nada.

     Por otra parte,  siempre me ha gustado tener algo a lo que asirme en momentos de debilidad: espiritual, intelectual, moral, económica o física. Algo conocido, tranquilizador y verificado. Como me gusta tener el congelador bien provisto o el depósito de combustible lleno: “por si acaso”. Y entre esos “algos” siempre ha estado la historia: mi historia;  la Historia y mi relación con ella. Nuestra relación con ella.  La historia, además, cumple mi requisito: es muy poco original. Se suele repetir siempre.

     Y la Historia, bastante dilatada ya, puede ser un buen manual de vida.: porque nos es difícil ya tener “pensamientos originales”. Todo ha sido “pensado” previamente o intuido al menos en sus arquetipos básicos. Yo soy Grecia, Roma, Judaísmo, Cristianismo, Iberia, Renacimiento, Romanticismo,  Contracultura y post-modernidad.Y reconozco que mis lecturas, reflexiones y búsquedas han sido las reflexiones, lecturas y búsquedas de millones de personas a lo largo de la Historia. ¿Por qué, entonces, terminamos teniendo percepciones del mundo tan distintas, personas que estamos imbuidas de la misma cultura, historia y tradición?

     Yo creo en la vida como camino de aprendizaje y experimentación, que se hace en libertad, y que solo termina con la muerte. Y sé que hay muchos caminos, bifurcaciones y cruces. El primer problema es que están sin señalizar y, el segundo, es que no le solemos hacer caso a los que ya “vienen de vuelta”, con  cara desfallecida, advirtiéndonos  que es un camino sin salida o que conduce a un precipicio. Ese error es parte del aprendizaje. Y hay “bajas”. Muchas bajas. Porque hay muchos caminos que conducen a la nada. También hay personas que en el primer recodo del camino principal, antes de la primera decisión, del primer cruce, deciden que es un rinconcito agradable y soleado y que allí se está muy bien: sin los riesgos de equivocarse de camino. Entre estas decisiones se encuentra una fundamental: creer o no creer que el camino tenga algún sentido o que merezca la pena.

     Y en esta cuestión fundamental, es donde vuelvo a la Historia.  La historia humana llena de creencias, de experiencias y de evidencias. Una historia que culmina en el siglo XX: el hombre ya está solo. Se ha “liberado”. Lo ha conseguido. Pero ahora se debate entre un ateísmo clásico, sofístico, materialista, iluminista o racionalista, o al simple y abierto vacío de Scheler , que alguien calificó como postulatorio. Se me quedó en la memoria ese término y su reflexión posterior, que describía, la “superfluidad” de Dios y la negación de cualquier dios, como presupuesto previo para la plena realización del hombre. Y no se trata ya de la negación científica de la trascendencia del hombre. Se trataba mas de reducirlo todo al “interior del hombre”. Ya en Feuerbach  Dios es “las perfecciones del hombre”, de su naturaleza, representadas en el mismo hombre. Dios es el Hombre. Pero la radicalización aún no es completa porque se han eliminado las idealizaciones abstractas de Hegel y sustituido por otra abstracción: el Hombre, lo único divino, es considerado como especie, no como individuo. Esto nos deja un trabajo concreto para Marx: la reducción del Hombre al “hombre concreto”, al individuo singular surgido y constreñido por las puras cosas terrenas. Y por fin, desde aquí, ya solo queda Nietshe para cerrar el círculo, y que me eleva a la categoría de superhombre, pero me abandona en un  solo hombre. Y me deja, además, una inquietante pregunta: si yo soy dios, ¿todo se reduce a “esta mierda”…?

     Hubo pues, un punto de no retorno en la reflexión de Occidente: y fue cuando se quitó el factor Libertad individual de la ecuación básica que pretende hacer inteligible al  mundo. Se anuló así el factor individuo, resultando de ello un nuevo tipo de hombre, pero no el “hombre nuevo”: surgió el hombre-número. El hombre-factor. Un mero apunte estadístico en los algoritmos que diseñan el mundo económico, sociológico, político o empresarial. El problema surge cuando un simple método de análisis de la realidad, pretende convertirse en “moldeador” de esa misma realidad.

     ¡Uff! ¡Me da yuyu…!  Así que vuelvo a la dual vulgaridad de mis pensamientos cotidianos: buenos y malos, amigo y enemigo, yo y el mundo…  El vacío de la Libertad es grande y requiere asomarse poco a poco. Da mucho vértigo. No hay manuales sobre su tránsito, ni nadie que venga  “de vuelta” y diga con precisión a donde conduce su camino. Sí. La libertad es complicada y múltiple. Y la misma observación del ser que la experimenta y transita, como en el experimento de Thomas Young sobre la naturaleza ondulatoria de la luz, influye en su realidad. Es interna y externa. Peligrosa, difícil y exigente. La libertad auténtica genera una reflexión sobre ella misma que, a veces, desazona.  Pero sin ella, sería imposible hasta ésta irreflexiva reflexión.

     Yo les deseo por lo tanto, por lo que me conviene y por la conveniencia de todos, que reflexionen más y mejor que yo. Todos ganamos. Porque el hombre-especie y el hombre-individuo son apreciaciones parciales de lo que realmente somos. El Hombre-Todo. Porque soy una partícula solitaria en un universo apabullante y, a la vez, formo parte de una onda expansiva que no sé hasta que punto llegará a transformar el universo. Una suerte de “excrecencia”, de momento minúscula, que le ha surgido muy recientemente al mundo, y a la que llamamos consciencia. Así, o el Universo se hace consciente de si mismo mediante el hombre o al principio ya “era el Verbo”, esto es: “alguien” tenía un pendrive con los códigos e instrucciones que incluían mi libertad. En todo caso, el Universo, el Hombre y el Verbo, les guste o no, -nos guste o no –   ¡Son libres!