Una coma contra el suicidio. 10 de septiembre. Día internacional de la prevención del suicidio 

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El suicidio constituye una desgracia individual, una tragedia familiar y un problema de salud pública. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el suicido se cobra una vida cada cuarenta segundos. Dado el estigma que aún lo rodea, la OMS reconoce subnotificación y baja traslación de todas las tentativas no consumadas a las estadísticas internacionales. Lo peor: solo el 25% de las personas que han intentado quitarse la vida buscan atención médica. Alejandro Rocamora, psiquiatra con 40 años de experiencia en esta materia y autor de Cuando nada tiene sentido. Reflexiones sobre el suicidio desde la logoterapia, asegura que muchas de las personas que intentan suicidarse lo que de verdad desean es modificar su situación. Sostiene que lo importante, como decía Victor Frank, es hallar los motivos por los que no lo harían.

‘Modificar’ es la palabra clave: la persona con ideación suicida se siente condenada a un dolor moral y/o físico incesante que solo percibe acabable con la muerte. Si percibiese que su realidad es modificable o temporal, probablemente no culminaría su decisión, sino que se detendría, haría un alto en su camino fatal. Te regalo una coma para que sigas escribiendo tu historia es, con acierto, el lema de la campaña 2020 de prevención del suicidio del teléfono de la esperanza (717003717) Ninguna crisis vital, por trágica que parezca, es permanente. Tenemos ante nosotros un reto importante y una tarea apasionante. Ayudar a reducir el sufrimiento humano y aminorar el dolor, es una labor que nos incumbe a [email protected], porque [email protected] somos vulnerables. Les invitamos, con nuestra campaña, a regalar comas.

Recojo estas palabras literales del teléfono de la esperanza porque la etiología del suicido es -como usted sabe- multicausal. Intervienen factores individuales (adicciones, enfermedad crónica y/o mental…) y externos (problemas familiares, vinculares, contextuales, sociales, económicos…), generalmente coaligados. Los suicidios son prevenibles, y si bien como sujetos individuales y empáticos, debemos asumir nuestra responsabilidad personal y no minimizar declaraciones del tipo “me voy a quitar la vida”, ni ignorar señales como regalar pertenencias, despedidas imprevistas, empeoramiento de la depresión, de la adicción, conductas de riesgo…), en nuestro rol de ciudadanos debemos exigir a los políticos que como reguladores de nuestra vida colectiva, cumplan con su deber de aminorar los factores de riesgo externos (económicos y sociales, particularmente), pero también factores individuales, ligados a la enfermedad mental. Me explico: en España el número de psiquiatras por habitante está por debajo de la media europea y lo mismo sucede con el número de psicólogos clínicos y el personal de enfermería. Si con esa dotación resulta difícil brindar el servicio debido, excuso decirle lo que puede suponer efectuar funciones de prevención estratégica del suicidio (y ojo que me estoy refiriendo a tiempos de no pandemia…).

Por cierto, estudios epidemiológicos ponen de relieve que la tasa de suicidios en médicos es mayor que en la población en general. Nunca está de más insistir en la necesidad de cuidar a quienes nos cuidan. Como escritora, no me resisto a traerle a la memoria al escritor y médico Felipe Trigo, quien en su novela (posiblemente autobiográfica) el médico rural, narró la tragedia personal y profesional que condujo al protagonista a su autodestrucción. Ha llovido mucho desde entonces, pero no lo suficiente para que la sociedad se centre en lo verdaderamente importante. Ni siquiera la actual pandemia de Covid 19 parece habérnoslo enseñado. La OMS, la Confederación de Salud Mental en España, los diferentes colegios de psicología y los profesionales de la atención mental ya nos han alertado de que la crisis del coronavirus está asociada a problemas de salud mental en la población. Únale a esto que la perentoria focalización de la atención médica a las personas infectadas, conlleva (in)evitablemente relegar la atención a la salud mental, con el subsecuente agravamiento de algunas patologías. Justamente en estos días, andan gobierno y oposición discutiendo los presupuestos generales del Estado. Alguien debería recordarles un sabio refrán de nuestros mayores que decía obras son amores y no buenas razones. Y si ellos no se acuerdan, acuérdese usted la próxima vez que vaya a votar.

No quiero concluir este artículo sin recordar a los familiares de las personas que un día decidieron quitarse la vida. También ellos necesitan ayuda especializada para elaborar su duelo, un duelo distinto, particularmente difícil. El suicidio, aunque en menor grado que ayer, continúa envuelto en un halo de culpa que heredan quienes sobreviven al suicida, al que a menudo juzgamos “cobarde”, “débil” o “loco” y a quien negamos -como mecanismo de defensa- cualquier parecido con nuestro yo y nuestra realidad. Así, el suicido lo comete otro -que es peor que yo- y acontece a otras familias (peores que la mía). En el siglo XX se creía que era mejor no mentar la bicha para evitar el “efecto Wherter” (parece que la novela las penas del joven Wherter de Goethe, desató en el XVIII una epidemia imitativa de suicidios; también se decía de la canción Gloomy Sunday, sin que fuera cierto). Hoy sabemos que es necesario nombrar el suicidio más allá de su letra inicial, de la onomatopeya –shhh– que empleábamos para silenciarlo. Conviene hablar de él sin estigmatizar a quienes no encontraron otra salida, sin amarillismo y sin caer en el extremo opuesto, presentándoles como héroes antisociales a ojos de nuestros jóvenes.  Lamentablemente, en los grupos de edad de 15 a 29 años, el suicidio es la segunda causa de defunción en todo el mundo.

Todos somos vulnerables; necesitamos regalar y que nos regalen comas