Recordando a Ingrid Bergman en su doble aniversario

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La actriz Ingrid Bergman (Estocolmo, 29 de Agosto de 1915-Londres, 29 de Agosto de 1982) sentía debilidad por la figura de Juana de Arco y la interpretó en tres ocasiones, poniendo incluso dinero de su bolsillo. “Es natural que al igual que un hombre quiera interpretar a Hamlet, una mujer desee interpretar a Juana de Arco”, explicó. No le atraía  su santidad, sino su gesta épica y su temprana determinación (una campesina de catorce años que se convierte en guerrera). Quisieron el destino -y tal vez su corazón siempre incandescente- que también ella ardiera primero en la pira de los humanos odios, y como la doncella de Orleans, fuese luego rehabilitada en los altares de la admiración mitómana. 

Ingrid Bergman triunfó pronto en el cine sueco, y cuando en 1939 se trasladó a Hollywood con su marido y compatriota, el médico Peter Lindström, y la hija de ambos, Pía, lo hizo en calidad de actriz famosa, no de aspirante desconocida. En suelo americano se negó frontalmente a la tiranía del star system (cambiar de nombre y aspecto, entre otras cosas), y Hollywood, rendido a su talento y firmeza, decidió aprovechar la dulzura de su rostro para que encarnara en el celuloide el arquetipo de la feminidad excelsa: en Casablanca, fue la casada que se resiste a la infidelidad; en Por quién doblan las campanas, la inocente e idealista María; en Luz de gas, la víctima de un marido cruel; en Recuerda, la abnegada doctora Petersen; en Las campanas de Santa María, una monja; en Juana de Arco, una santa…Fue justo en este film, en el que había depositado tanta ilusión y corazón (mantuvo un romance con el director, V. Fleming), que se cansó de la almibarada irrealidad del cine de Hollywood. “Cada vez que me despeinaba -como debía ser- venía alguien a peinarme. Hasta las escenas de las batallas son bellas, pero no en el buen sentido”.  

Meses mas tarde, tuvo una epifanía mientras visionaba Roma, ciudad abierta, y el Neorrealismo italiano se le reveló como la estética suprema de la narrativa visual. Ella era una glamourosa actriz oscarizada, y humildemente, solicitó por carta empleo a un estupefacto Roberto Rosellini, que entonces andaba pergeñando la idea de rodar Stromboli. Iniciaron una intensa correspondencia que pronto debió trascender lo estrictamente profesional, pues días antes de que Ingrid arribara a Italia, Anna Magnani, actriz de gran talento y mejor “olfato”, estampó en la cara de Rosellini -su amante (Rossellini estaba casado con otra)- una fuente de macarrones…Ya sabe: uno y uno son dos. Y luego… tres, porque de la pasión entre Rossellini y Bergman nacería en menos de un año Robertino, el fruto extramatrimonial de ambos. Y ahí fue cuando el mundo entero se conjuró para llevar a Ingrid a la hoguera: las iglesias luteranas y católica la condenaron, el público renegó de su musa, el Senado de los Estados Unidos la declaró persona non grata y se le prohibió el retorno al país, la prensa la demonizó (y la “ordeñó”), y a su sueco marido -que ya se había hecho el sueco con Fleming -y antes de él con Robert Cappa y con Gregory Peck– no le quedó otra que reparar en el pequeño Robertino y conceder a Ingrid el divorcio, no sin antes exigirle una compensación económica y la custodia de Pía.

Rossellini y Bergman se casaron y tuvieron a las gemelas Isabella e Isotta, que no nacieron precisamente con un pan bajo el brazo. Las obras de Rossellini fueron apreciadas después, pero entonces fracasaban en taquilla. Él impidió que su esposa trabajara con otros directores hasta que la realidad financiera y el carácter de ella se impusieron y rodó primero, en Francia, con Jean Renoir, y luego, en Inglaterra, Anastasia, con Anatole Litvak. Rosellini le había vaticinado el fracaso con esta película, sin embargo supuso su segundo óscar como mejor actriz principal. Celoso, no le perdonó aquel éxito que lo excluía (“estoy cansado de ser el señor Bergman”) y acabaron divorciándose (con nuevo hijo extra matrimonial de él por medio), pero quien sí la perdonó fue el mundo, en particular, Estados Unidos. Ella tuvo la dignidad de no disculparse por su vida privada y sorpresivamente todos volvieron a venerarla hasta el fin de sus días; después de todo, en Anastasia había encarnado a una princesa, que tras sufrir penalidades, recobraba su lugar legítimo, y el de Ingrid estaba en el corazón del público. Era 1956 y la hija pródiga regresaba de sus cenizas al hogar.

Recuperó la relación con Pía (llevaba  años sin verla). Volvió a casarse y a divorciarse, a ganar otro óscar y otro globo de oro (Asesinato en el Orient Express). Hizo muchísimo y buen cine (Indiscreta, La voz humana, Flor de cactus, Cuestión de tiempo, Nina, Sonata de Otoño…), teatro y televisión de la mayor calidad. Enfermó en 1975 de cáncer de mama y continuó trabajando, pues no hacerlo era para ella igual que morir. Casi al borde de la laguna Estigia, rodó Una mujer llamada Golda. Bastó una simple peluca para que el mundo viese en Ingrid a la primera ministra Israelí. Fue una interpretación depuradísima, potente, canónica, inolvidable. No le dio tiempo a recoger el Emmy porque los astros del firmamento nos la arrebataron.

El número de distinciones que orlaron su carrera son incontables: tres óscares y siete candidaturas; tres globos de oro; tres NYFCC Award; dos Emmy…en fin, una enumeración de distinciones que aburriría al notario más entrenado. Desde niña supo que su lugar estaba en lo más alto y brillante de la gran pantalla, prueba de esa precognición es que a los doce años escribió en su diario: “tengo que tomar nota de esta gran vida que me espera porque seré una de las estrellas más importantes”. ¿Casualidad? Piense usted lo que quiera.