Centenario del nacimiento de Ray Bradbury

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Si hay en el panteón de literatos un mosquetero del libro -sobre todo del libro en papel- ese es, sin duda, Ray Bradbury (Estados Unidos, 22 de agosto de 1920 – 5 de junio de 2012). En su lápida solo reza “autor de Farenheit 451”. Fue su novela preferida y un enorme éxito cinematográfico de la mano del director François Truffaut, pero la razón de su favoritismo estribaba en que, durante décadas, Farenheit 451 formó parte de los siete libros más prestados de la Historia de la Biblioteca Pública de Nueva York.  Bradbury fue un niño pobre de Illinois que se sobrepuso a un destino miserable gracias a las bibliotecas públicas, donde se hizo lector y escritor. “Yo no estudié en la universidad porque era muy cara, toda mi formación la conseguí en las bibliotecas públicas (…) Si tocas una biblioteca, me tocas a mí”

En 1953, en plena hoguera macarthista (curiosamente, Bradbury desciende de una condenada en los juicios por brujería en Salem, Mary Parkins Bradbury), publicó Farenheit 451. En ella nos proyectó una sociedad distópica donde la cultura había sido sustituida por el entretenimiento. Los libros eran quemados porque además de despertar inútiles preocupaciones, ya nadie deseaba leerlos, salvo un grupo marginal de disidentes que en la clandestinidad preservaba títulos de literatura y filosofía, deviniendo ellos mismos en libros humanos y parlantes, ya que para conservarlos los memorizaban. La sociedad de Farenheit 451 (temperatura a la que arde el papel) era una sociedad narcotizada mediante píldoras sedativas y pantallas enormes sobre las paredes del hogar que atontaban a sus moradores con una programación televisiva alienante. Una sociedad en la que los convivientes no hablaban entre sí, se limitaban a interactuar con los presentadores y personajes quevivían” en las paredes-pantalla de su casa. Un mundo eminentemente visual y huero, en el que el sujeto acrítico vegetaba ignorante, “feliz” y dócil.

Con Farenheit 451 y con bastantes de sus relatos, Bradbury se inserta en la categoría que denomino “escritores Casandra” (Huxley, Orwell, Saramago…), autores que no nos predicen el porvenir, sino que nos previenen de él. Bradbury nos alertó de los potenciales efectos deshumanizantes de la excesiva tecnologización de la sociedad: la subordinación del ser humano a la hegemonía tecnológica, la perdida de libertad individual, la destrucción del medio ambiente, el fin de la cultura libresca, la muerte del libro como objeto físico, el ocaso de las bibliotecas y de las librerías, la lobotomización de la inteligencia y el deceso de la libertad de expresión y creación. Hoy, en la nueva hoguera de puritanismo bien pensante, Bradbury se habría revelado y rebelado como un tremendo hereje contra la censura/muerte intelectual. “Existe más de un modo de quemar un libro. El mundo está plagado de gente preparada con cerillas encendidas. Cada minoría, ya sean baptistas, unitarios, irlandeses, italianos, octogenarios, budistas zen, sionistas, adventistas del séptimo día, feministas, republicanos, mataquinarios o cristianos de la iglesia cuadrangular, se creen poseedores de la voluntad, la verdad y del deber de empapar con queroseno y prender la mecha”.

Además de Farenheit 451, otras novelas extraordinarias brotaron de su máquina de escribir (al comienzo de su carrera era tan pobre que usaba una alquilada por horas y no pudo comprarse un coche hasta los 37 años) son Crónicas Marcianas, El vino del estío, El árbol de las brujas y La feria de las tinieblas, por mencionar solo algunos títulos. Pero el mejor Bradbury -el más “fabuloso”- el Bradbury en estado puro es siempre el cuentista: Remedio para melancólicos, Las doradas manzanas del sol, El hombre ilustrado, El país de octubre… libros de narraciones breves, cuajados de imaginación exuberante y de cuidada poesía, género que también cultivó (La ultima vez que florecieron los elefantes en el jardín), lo mismo que el ensayo (Zen en el arte de escribir), el teatro (Columna de fuego), inclusive el musical: con José Feliciano llevó su cuento The Wonderful Ice Cream Suit a los teatros más importantes de California. Bradbury era un tipo divertido e inquieto. También un intelectual controvertido y políticamente incorrecto.

  En 1971, el cineasta José Luis Garci lo definió magistralmente en un ensayo biográfico: Ray Bradbury, un humanista del futuro. No le faltaban razones para definirlo así. La obra de Bradbury habla de nosotros como especie, de valores, de virtudes, de defectos, de responsabilidad sobre los que vendrán después de nosotros, plantea interrogantes, nos interpela…A diferencia de otros autores de ciencia ficción, su legado no corre peligro de obsolescencia, porque su fuerza narrativa no radica en un complicado atrezzo tecnológico, sino en el permanente acento sobre lo humano.

Sólo podemos progresar y desarrollarnos si admitimos que no somos perfectos y vivimos de acuerdo con esta verdad.