La sombrilla asesina

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Todo empezó hace una semana, cómo respuesta  a una  sugerencia,  aparentemente inocente,  de mi Churri

Coki, ¿vamos a la playa ?

Lo de Coki y Churri, apodos variables según el tiempo y la circunstancia, responden a ese fenómeno misterioso y atávico que ocurre en las parejas que, con el paso del tiempo, terminan olvidando sus respectivos nombres de pila,  transformándose éstos  en apodos secretos y que suelen ser bastante cursis:  Coki,  churri, gordi, papi,  cerecita, morritos, chochi y cosas semejantes y que no gusta dar a conocer en el círculo de amiguetes. Sobre todo para evitar el cachondeo en el bar.

Comento esto sólo para poner de manifiesto lo cotidiano e  inocente de una situación que, ni en mi versión más calenturienta y patológica, podría imaginar que terminara conmigo literalmente churruscadito como una brocheta de solomillo. Debí sospechar algo cuando a la tarde, sentado en mi restaurante favorito, trasegaba litros de agua, de refrescos y de cualquier líquido que me pusieran por delante, en un vano intento de refrescar por dentro lo que estaba  fatalmente achicharrado por fuera. Aunque yo aún no lo sabía del todo. 

Y sucedió que, sentado y entretenido en estos hidratantes menesteres,  una pareja que pasó junto a la mesa que ocupábamos , exclamó:

    -¡Qué bien huelen los asados y la parrilla aquí!  ¿entramos a picar algo?

Sería una exclamación lógica y poco preocupante,  si no fuera porque a esa hora, la parrilla y la propia cocina estaban aún cerradas…  

Si amigos. Creedme si insisto  en que el diagnóstico sobre mi estado, sólo podría estar entre el de brocheta churruscada  o entrecot pasadito.

Pero todo empezó por un olvido: se me había olvidado la sombrilla.  Tipo resuelto como soy y avalado por 55 años de experiencia cómo despistado excelso,  hice una parada de urgencia en un centro comercial con la intención de hacerme con una. La elección fue sencilla:  había una,  con una etiqueta muy seria que marcaba C.E.  y unas explicaciones en librito adjunto, que ríete tú del manual de mantenimiento del Airbus 380: protección UVA hasta  el infinito y más allá,  triple capa de tejido no sé qué y recubrimiento interno  de microfibra no sé cuánto…  Pero sobre todo, estaban bajo un gran cartel que me prometía, con profusa ilustración de personas guapas y felices en la playa, un fantástico verano.

Y llegamos a la playa. Una playa paradisíaca, de arena blanquísima , de brisa fresca, casi desierta. Un paraíso cercano en donde instalo, inocente, mi sombrilla y me tumbo debajo. Tengo calor. Voy a zambullirme. El agua está deliciosa. Vuelvo bajo la sombrilla. El calor aprieta. Tengo la sensación de que la sombra no es “fresca”, de que una extraña sensación de calor circunda el ambiente. ¿Terral? -pensé-  Por aquí no suele… Así y todo me quedé dormido.

Desperté sofocado y, por pura casualidad, descubrí más fresco el exterior del perímetro de la sombrilla. Me dejó pensativo un instante. Pero no pasó de ahí.  Fué al llegar a casa cuando descubrí, ante el espejo, el doloroso y cuasi culinario espectáculo de mi torso braseado  “al punto”.   Me imaginé tronchadito, servido en tabla, en la esquinita de D. Cándido, bajo el Acueducto de Segovia y ofrecido a unos guiris hambrientos como plato estrella.

Fue cuando empecé a sospechar de la sombrilla de las narices. Miré su etiqueta, la abrí, la cerré, le dí mil vueltas… Entonces una luz -nunca mejor dicho- se hizo en mis entendederas porque, al darle la vuelta, comprobé como se reflejaba la lámpara del techo en su interior: una superficie reflectante -aluminio o algo así- que he visto que llevan, a modo de escudo térmico, muchos artículos de playa y camping. 

Y se me ocurrió un experimento: encendí todas las lámparas de la estancia, abrí las ventanas y proporcioné toda la luz indirecta posible a la estancia. Abrí la sombrilla, la orienté hacia la blanca pared y… ¡Bingo! Sobre la pared apareció un círculo pequeño de luz que procedía de ¡la sombrilla!  Si, señores: el interior de la sombrilla, de una forma cóncava casi perfecta, revestida de un recubrimiento metálico, era un eficacísimo horno solar que recolectaba y enviaba concentrada toda radiación circundante recibida. Recordé entonces la blanquísima arena y los reflejos casi cegadores del mar.  Y al momento, también me acordé de las señoras mamás de todos los ingenieros del departamento de calidad de la marca en cuestión. También pensé que la etiqueta no mentía: efectivamente, nada de rayos UVA. Aunque no decía nada de infrarrojos y de todos los demás primos del mundillo de las ondas y frecuencias… ¿Quizás quisieron hacer una herramienta de doble uso? ¿Sombrilla y barbacoa solar? Estas preguntas se tornaban serias cuando comprobé que la distancia focal coincidía exactamente con la longitud del pié de la sombrilla. ¡Parecía estar diseñada específicamente para achicharrarme!

Sospeché entonces, en un primer momento, de la infiltración de conspiradores masónicos en la industria manufacturera europea, con el fin de eliminar a la raza blanca. Desistí. Más tarde, en la venganza de becarios explotados en los sótanos de oscuros departamentos de I + D. No. No les veo tanto coraje. Finalmente, no tuve más remedio que rendirme a la evidencia: la gilipollez. Porque la gilipollez, ilustrada o no, esclava necesaria del mal, está en la génesis de casi todos los males de este mundo. De las sombrillas asesinas también.  Pero la gilipollez necesita, a su vez, de un aliado necesario: la propaganda. Sin esa oferta tentadora, sin esa foto en colorines de una familia feliz en la playa, sin ese slogan veraniego y pegadizo y sin un gran letrero que reza “solo 19.90”  yo, seguramente hubiese sido más conservador y me hubiese decidido por el pesado sombrillón de lona azul a rayas de toda la vida, ahorrando sufrimiento y analgésicos al mundo.

Estuve investigando entre conocidos y, con cara de sorpresa ante la cuestión, manifestaban sin pudor no saber nada en cuanto al diseño de sombrillas. Indagué alguna opinión sobre elementos comunes y que usamos en la vida ordinaria: ¿tienes en la instalación eléctrica de casa un diferencial de rearme automático? En tu instalación de gas, las uniones ¿están hechas mediante manguitos de compresión, racor loco y junta de teflón  o racores de asiento cónico? O, ¿cómo se resetea la centralita electrónica de tu coche? Y la lavadora, ¿transmisión por correa o directa?   Nada. Ni una opinión.

Así pensé en indagar sobre mecanismos y estructuras más complejas  que una lavadora o un coche: el crecimiento urbano, la distribución de energía, el dinero fiduciario, los recursos marinos o la educación pública. Ahí sí parecía encontrar personas dispuestas a dar una opinión. Muy somera, a veces -honestidad que les honra- pero opinión al fin y al cabo. Y entre ellas, por supuesto, me encontré con opiniones muy formadas, incluso especializadas. Y algunos datos muy interesantes -datos, no opiniones- que guardo celosamente.

Quise retorcer más el experimento e indagué sobre asuntos verdaderamente complejos como son Derecho, Economía, Política, Historia, investigación o tecnología. Y sus derivadas:  Universidad, conocimiento, Justicia, modelo de Estado, geoestrategia, Libertad o información. Y ahí sí que encontré miriadas de opiniones diversas, especulativas, serenas, alocadas, informadas, panfletarias, ignorantes o directamente subvencionadas en alguna de sus variantes. Además, todas tenían un “algo” en común: estaban revestidas de una inapelable e intocable verosimilitud. El sello del dogma que, de no compartir, te convierte automáticamente en un  paria intelectual.  Un pobre hombre que “no comprende…”

En este punto entre´en pánico: la verdad como consenso; la verdad según la opinión pública; la verdad oficial… Porque, si mañana el Consejo de Ministros, avalados por un “comité de expertos”, deciden derogar la Ley de la Gravedad -otras leyes mas graves se ha derogado- ¿podría saltar por la ventana sin problemas? ¿Habrá que regular mi derecho a volar?

Yo, como Platón o el propio Churchill, siempre tendré mis reparos con esto de la Democracia “per se”. Porque un esclavo votando sobre su propia esclavitud no me parece más que un sádico juego creado para divertimento de unos pocos. Como corderos discutiendo sobre el menú de los lobos. Esos mismos que se alimentan del sudor, la sangre y la lágrimas de la mayoría. Por eso creo aún, con Churchill, que «La democracia es el peor de todos los sistemas políticos, con excepción de todos los sistemas políticos restantes» y también que «El mejor argumento en contra de la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante medio» 

Realmente tengo miedo. Pienso en que mi futuro, y el de mis hijos y nietos depende del voto de alguien incapaz de elegir -no ya de diseñar- correctamente una puñetera sombrilla.