H.C. Andersen: el cuentista viajero

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Ayer se cumplieron 145 años del fallecimiento del escritor danés Hans Christian Andersen, del que el célebre novelista Günter Grass llegó a decir que era un regalo de Dinamarca para el mundo.

Al padre del patito feo (en realidad una alegoría autobiográfica; Andersen ni era ni se sentía agraciado) le llevó muchos fracasos llegar a cisne y hacerse un hueco en el mundo. Primero quiso ser actor y cantante, pero al cabo de varios disgustos comprendió que ni su voz ni su físico (era desproporcionado y narigudo) lo adornaban en el escenario. Luego quiso -sin excesiva suerte- ser poeta, dramaturgo y novelista. Era, sin duda, una escritor dotado para esos géneros que dejó piezas impecables como los poemarios Fantasías y esbozos y Los doce meses del años; los dramas La nueva habitación y El mulato (sobre la vergüenza de la esclavitud) y varias novelas: El improvisador, Peer el afortunado, Solo un violinista, Ser o no ser y O.T. 

Alguna de esas obras cosechó fama, pero ninguna demasiada fortuna, lo cual deprimía a Andersen, que provenía de un hogar paupérrimo (acuérdese de la pequeña cerillera). Se sabía un escritor de talento y poseía la ambición legítima de convertirse, además, en un caballero de posibles.  Toda su vida estuvo marcada por el deseo de reconocimiento exterior en forma de amor, bienes y gloria. La sociedad clasista de entonces censuraba las relaciones entre personas de estratos económicos diferentes y él no ignoraba que un buen peculio agrandaría sus oportunidades de conquista, terreno en el que no se movía precisamente como pez en el agua, pues era muy tímido con las mujeres. Para colmo, tenía inclinación a enamorarse de aquellas que quedaban lejos de su alcance. La más inaccesible fue la soprano sueca Jenny Lind, a la que dedicó El ruiseñor, y cuyo rechazo lo embebió en melancolía. La única mujer que le correspondió fue Riborg Voigt, una jovencita que, causalidades de la vida, ya estaba comprometida y que le rogó que la raptara. Ante aquella prueba de audacia, Andersen hurtó el cuello igual que un galápago y  trasladó su impotencia a un cuento, el soldadito de plomo, donde el mutilado protagonista termina, como usted sabe, derretido en la chimenea en un amor irrealizado junto a la linda bailarina. En su solitaria ancianidad debió lamentar la falta de arrojo, porque cuando fueron a amortajarlo descubrieron que llevaba al cuello una carta de Riborg.

Otro enamoramiento desdichado fue el que sintió por Edvard Collin, el hijo de su antiguo benefactor (el director del teatro de Copenhague). Andersen estaba prendado de él. “Mis sentimientos por ti son como los de una mujer. La feminidad de mi naturaleza y nuestra amistad deben permanecer en secreto”, le escribió.  Edvard -que lo despreciaba por su extracción humilde- no solo no satisfizo su pasión homoerótica, sino que al cabo de un tiempo contrajo matrimonio. Del dolor que le causó este desenlace nació la sirenita, una alegoría de la imposibilidad del amor para quienes tienen una condición diferente. Relea el cuento desde esta perspectiva y empatice, pues, con la tristeza de Andersen: la cola de pez como sexualidad invivida, salir de las ocultas profundidades a la superficie, pagar un alto precio en el exterior (la sirenita perdió la palabra), padecer dolor, sufrir desprecio y verse forzado a retornar a lo oculto.

No todo (solo casi todo) fueron decepciones sentimentales en la vida de Andersen. Probó las mieles del amor en los labios del joven bailarín Harald Sharff, pero la relación apenas duró dos años porque, entre otras cosas, a Sharff le incomodaba la falta de discreción de Andersen, a quien el entusiasmo de saberse querido, parecía moverlo a exhibir su afecto en público. El idilio concluyó cuando Sharff retornó con un antiguo amante, lo cual no impidió que ambos prosiguiesen la amistad durante años.

La mayor dicha en la vida de Andersen fueron los cuentos y los viajes. En unos y otros halló satisfacciones y consuelo a esos amores fallidos, no solo porque la composición de algunos de esos cuentos le sirviera de desahogo y terapia, sino porque fueron justamente las narraciones breves las que lo convirtieron en el escritor famoso y acaudalado que llegó a ser antes de apurar la juventud. Escribió un total de tres maravillosos volúmenes de cuentos que han deleitado a niños y adultos de varias generaciones y que literariamente lo emparentan con Hoffmann y Maupassant. El crítico literario Harold Bloom lo veneraba y llegó a afirmar que en el cuento La sombra se adelanta, incluso, a Kafka. Pero hay un motivo clave por el que los cuentos fueron el tesoro de Andersen, y es que los beneficios que le reportaron los empleó en darse el gusto de conocer mundo. “Viajar es vivir”, decía. Y él, que todavía era joven, vivió mucho e intensamente en calidad de incombustible representante de esos míticos viajeros románticos que se internaban en tierras extrañas y presuntamente exóticas. Transformó sus periplos de norte a sur y de este a oeste en títulos extraordinarios como El Bazar de un poeta, En Suecia, Viaje a Portugal, Viaje por España.

En el año 2005, el ayuntamiento de Málaga le levantó un monumento muy cerca del lugar en el que se alojó a su paso por la ciudad. En Viaje por España afirmó que en ninguna otra ciudad española había llegado a sentirse tan dichoso y tan a gusto como en Málaga. Hoy es un monumento muy visitado que hace las delicias de los niños, pero también la de los adultos que peregrinan hasta allí para agradecerle que les salpicara la infancia de animales parlantes, árboles animados, sirenas en tierra, zapatos que danzan sin pies y ánades detenidas en cisnes.  Y hablando de ánades y de cisnes… mire  dentro de la maleta de nuestro viajero cuentista y hallará a patito feo, contento de visitar la ciudad del paraíso.