De víctimas, homenajes, masones y conspiranoias

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En su carrera por los votos, muchos próceres de-es-te-pa-ís (sinónimo de España, que de tan repetido por la fauna contertulia, debería ser incluido en el D.R.A.E.) tiran de espionajes y contubernios de Estado que acontecen en las cloacas del mismo y hasta en sus homenajes oficiales. Como escritora de ficción no se me escapa que son tretas argumentales  para seducir a la audiencia, que es a lo que hemos sido reducido los votantes, a tenor del espectáculo penoso en el que la partitocracia ha transformado la política española. En los medios y en las redes sociales circulan sin pudor toda clase de mentiras con mala baba, noticias falsas, rumores y bulos de unos y otros sobre los hotros y los hunos, que dijera Unamuno (válgame la ausencia de eufonía en el presente renglón, pero la oportuna memoria de Don Miguel la merece). Saben los expertos de campaña -todo partido en España siempre lo está- que las desinformaciones son particularmente eficaces cuando bracean en una sociedad como la nuestra, ideológicamente dividida y trufada de desigualdades económicas, proclive pues, a interpretar a golpe de víscera la información sobre la realidad, a comprender desde la más palpitante irracionalidad lo que ahora llaman la narrativa de los hechos (incluso sin hechos).

Medios de la llamada caverna e internautas anónimos tuvieron el jueves dieciséis de julio la nada original ocurrencia de comparar el homenaje de Estado a las víctimas de la pandemia con un ritual masónico. No faltaron quienes hablaban de “perfecta tenida”, ahí al aire libre, a la vista de todos y clamaban conspiranoicamente por la “separación de Masonería y Estado”. Aludían a la repetición obsesiva del número cuatro y al cuadrado dentro del círculo, dentro de otro cuadrado superior y delirios geométricos infinitos, propios de un extravío lovecraftiano. Por supuesto, la guinda conspiranoica fue traer a colación a Lucifer como divinidad adorada por los oscuros masones de los oscurísimos altos grados. En fin, el bulo del homenaje a las víctimas de la pandemia en forma de ritual masónico es -en términos narrativos- manido y falto de imaginación, pero sobre todo, falto de elaboración y de documentación, propio de aficionado, se lo juro. La verdad, señores trolls y trolas, esperaba bastante más de su genio y no este recurso fácil a lugares comunes…¡mira que querer inventar el agua tibia cuando ya está inventada! 

Objetará que han logrado asustar a Espinosa de Los Monteros “Da miedo”, aseguró el pobre, retuiteando los tópicos de alguien mal dotado para literatura apocalíptica, pero da la casualidad de que esos bulos conspiranoicos de medio pelo llegan tarde más de un siglo (o sea, que retornan manoseados en una pobre y descolorida versión). Verá, a finales del siglo XIX, el escritor, editor y librero Leo Taxil (en realidad se llamaba Gabriel Jogand-Pagès), un troll de entonces, ya pasó trece años en París escribiendo libros y artículos sobre las conexiones entre la masonería y el poder y entre la masonería y Lucifer. Se lo trabajó bastante más que los tuiteros y contertulios a los que el líder de Vox dio crédito, ¡dónde va a parar! Sin los medios tecnológicos con los que contamos, sin televisión ni radio siquiera, con su sola pluma y la comprensión meridiana de que es posible hacer creer desatinos a todo aquel al que le convenga creerlos, Taxil logró que León XIII, la curia vaticana, grandes personalidades de su tiempo (políticos, banqueros, hombres de negocios y de las letras) y la sociedad en general, se convencieran de que la masonería era una secta que devoraba bebés y rendía culto a Satanás. Un buen día, cercado entre otras cosas, por la racionalidad de los jesuitas alemanes- confesó en una conferencia que todos los libros y artículos contra la masonería que había escrito eran una mentira colosal con la que llevaba más de una década forrándose y divirtiéndose. Los engañados y sobre todo sus epígonos (Taxil creó escuela y personajes de relieve escribieron obras similares citándole como docta autoridad), le desoyeron y continuaron creyendo y propagando sus mentiras: un desmelenado compendio de embustes fundacionales de la leyenda negra de la masonería, en la que no faltaban el Anticristo y su propia abuela. 

Esta leyenda negra se reavivó en la España de 1957, además de con  los artículos de Jaquim Boor (seudónimo de Francisco Franco), con la publicación de La Francmasonería, Sinagoga de Satán (bajo el título Filosofía de la Masonería), una obra disparatada de León Meurín, arzobispo de Port-Louis, ni más ni menos que uno de esos aplicados discípulos de Taxil que he mencionado antes. El prólogo a la edición española, que ocultaba la fecha original de publicación (varias décadas atrás), corrió a cargo de Mauricio Karl, seudónimo del policía y escritor Mauricio Carlavilla, quien, según Paul Preston, estuvo durante la II República implicado en un plan para asesinar a Azaña.

En fin, la sombra de Taxil es, como ve, muy alargada y todavía oscurece la mirada de muchos. Discúlpeme si llegada a este punto me auto referencio como autora de la novela histórica Taxil. Nunca digas la verdad.(ediciones del Genal). Yo misma, durante el proceso de escritura me sorprendí de que las fabulaciones de semejante sollastre tengan tanta influencia y vigencia en la percepción siniestra que de la masonería todavía hoy mantienen algunos sectores de la sociedad española.