La mujer y el simbolismo del agua

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Me gusta pasear junto al mar y siempre que lo hago regreso con alguna concha en el bolsillo. Creo que es una de las muchas costumbres infantiles de las que aún no me he librado. De mis veranos malagueños y de otros en playa extraña, conservo conchas diversas en lo que a textura, tamaño y color se refiere, pero coincidentes -porque así son las conchas- en su oquedad abovedada. Mejilla de doncella, las llamó Pedro Salinas, intuidor de que al igual que el mar -y las aguas, en general- la concha entreabierta, curva, cóncava simboliza la fecundidad femenina. Los argentinos, para su desgracia, hicieron de este vocablo una voz grosera y no les quedó otra que inventar el dulce de leche para caramelizarse(nos) la lengua. Consideremos, pues, resarcido el agravio.

Son esos parecidos “razonables” que a veces establecemos entre elementos naturales (frutas, hortalizas, moluscos…) y nuestros órganos reproductores, lo que hace que muchas culturas -incluida la nuestra- vean similitudes entre la concha marina y los genitales femeninos. Su semejanza con la vulva debió contribuir a la creencia -extendida en Japón, China e India- en las virtudes mágicas y mágico-terapéuticas de las conchas y sus nacarados “embriones”, las perlas. Para la farmacopea oriental, las conchas y las perlas poseen pretendidas bondades fertilizantes y ginecológicas, sobre cuya eficacia no me interesa en absoluto reflexionar. Entiéndame…lo que me subyuga es el simbolismo que tal pretensión sanadora encierra, ligado, sin duda, a un estrato profundo del pensar primitivo.

Entre los antiguos griegos, la perla era el emblema del amor y el matrimonio. Sin embargo, una superstición actual asegura que las novias no deben llevar perlas el día de su boda porque atraen lágrimas sobre el matrimonio. Lo mismo sucede con los diamantes. No haga caso, son tretas del enemigo para restarle glamour al evento. Quienes de verdad estaban cualificados para opinar de tales asuntos eran los devotos de Afrodita, la diosa griega del amor y la belleza. Fíjese si esta divinidad estaba vinculada al mar, que según nos cuenta Hesíodo, nació de la espuma: Gea concibió por si sola al cielo (Urano) y luego con él a varios titanes. Urano odiaba a sus hijos y tan pronto como veían la luz, los enterraba de nuevo en el vientre de su madre, hasta que el menor de los titanes, Cronos, lo castra con la guadaña que Gea le entrega. Cumplido el encargo materno, arroja los genitales paternos al mar, pero alrededor del miembro cercenado se acumula espontáneamente la espuma ἀφρός (aphros) y de ella, como si fuera champagne, brota sensual y feliz, la espumosa Afrodita.

No queda ahí la cosa. Una ligera brisa, un mecido vaivén la transporta en sublime oleada hasta Chipre, su isla sagrada, donde enseguida se extiende su culto, proliferan santuarios y se le tributan ofrendas en forma de…adivine…de conchas, el ejemplo más expresivo y también la expresión más inmediata del elemento húmedo del que procede nuestra bella Afrodita. De ahí a verla convertida en perla, es decir, naciendo de una ostra, iba un paso -o varios- porque fueron los romanos y no los griegos quienes le regalaron tan nacarada cuna. Luego vendrían poetas de todas las centurias y pelajes a cantarle loas, y Botticelli en el Quattrocento, a pintarle esa hermosa instantánea natalicia que todos tenemos grabada en la retina, sin siquiera haber visitado la galería Uffizi en Florencia: El nacimiento de Venus.

Quiero que repare en que de la concha fecunda, del agua en que habita -y de la que ella misma contiene- brota vida, a veces vida espiritual (vida del alma, del ánima), pues el agua es el medio natural de los nacimientos y de los renacimientos: sobre las aguas flotaba el espíritu de Dios. De agua y tierra -barro- creo a la Humanidad. Con las aguas del diluvio la destruyó, pero hizo nacer una nueva, salvada en el arca, traída y llevada por las olas (las naves, los cestos y las conchas son en su oquedad viajera sobre el líquido elemento, símbolos de lo femenino y de la madre, según nos explica Jung, acordándose de Noé, de Moisés y mitos similares en otras culturas). Los antiguos judíos y también cristianos practicaban el bautizo por inmersión, que no es sino un símbolo del nacimiento a la vida del espíritu. La pila bautismal es un útero sagrado (que a menudo adquiere forma de concha) y la concha con la que se bautiza al futuro cristiano, otro símbolo de vida que recrea la sacralidad y fecundidad de las aguas primigenias. Así nos lo recuerda Mircea Eliade cuando afirma que el simbolismo sexual de las conchas marinas y de las ostras implica una significación espiritual, un segundo nacimiento realizado mediante la iniciación, gracias a la presencia de esa misma fuente perenne (el agua) que sostiene la Vida cósmica. Note que el bautismo es, en sí, un rito iniciático que supone el comienzo o inicio de una vida cristiana.

También las pilas de agua bendita en las iglesias  remedan  las conchas (algunas son conchas naturales) porque el agua -que es vida- renueva y resucita. De ahí que las conchas hayan servido para decorar no pocos monumentos funerarios y sean protagonistas de la peregrinación a Santiago que pretendía poner el contador de los pecados a cero y así ganar la vida eterna. ¡Qué imaginación tenían nuestros antepasados!, pensará usted. Sí, claro que sí. Cassirer decía que el ser humano es un animal simbólico gracias a la imaginación. Y, dígame, ¿qué es tener imaginación sino producir imágenes interiores y símbolos? Me parece que la familiaridad etimológica entre imagen, imaginación, imago y el propio verbo imitar nos ofrece una respuesta rayana en la tautología.  

Regresando a las femeninas humedades, pregúntese cuántas de nuestras vírgenes tienen su santuario junto o sobre un manantial o un río. Indague y le sorprenderá la estadística. El vínculo entre María (la gran madre) y el agua de la vida es enorme y profundo, como el ancho mar. Acuérdese de que ostenta, incluso, el título de Estrella del Mar, Stella Maris. Por eso, si encontrándose en nuestro litoral en fecha oportuna, tiene ocasión de contemplar la marinera procesión de la Virgen del Carmen (paseada en barca, en unos lugares; emergida y sumergida del agua, en otros), no deje de hacerlo. Más allá de su codificación católica se trata de una manifestación cargada de fuerte simbolismo. Después de todo, la parte esencial e indomable del ser humano que llamamos imaginación, nada en las aguas del simbolismo y se nutre de los mitos y mitologías arcaicas que anegan nuestro inconsciente colectivo.