60 aniversario de la píldora anticonceptiva

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Si usted nació en los años sesenta es, con toda seguridad, un baby boomer o un descendiente de Ogino. No se enfade conmigo, no es un insulto…somos “familia”. Tenemos, aunque no lo crea, un antepasado común en el país del sol naciente: el doctor Ogino, un ginecólogo con vocación de semáforo, que en 1928 dio nombre al único método de evitación de embarazos que aceptaría el Vaticano. La realidad era que el método Ogino, más que evitar embarazos, lo que de verdad evitaba eran las relaciones sexuales, ¿cuáles? Todas las que nuestras abuelas y madres –fans del gurú Ogino- pudieron mantener y no mantuvieron en las franjas fértiles de su ciclo menstrual. Durante las franjas infértiles existía, según Ogino, luz verde para la consumación del amor, pero como no es verde todo lo que reluce, millones de embarazos no deseados harían picadillo la fiabilidad anticonceptiva del método nipón, que en 1928 ya se había europeizado con la denominación Ogino-Knaus, en honor a su perfeccionador austriaco, el muy católico Hermann Knaus (cuyos trabajos en alemán resultaban más fáciles de traducir al inglés)  y que logró que en 1951, Pio XII diese la aprobación papal a su método. 

  Los estadounidenses, bastante más prácticos que los europeos, en lugar de entretenerse en calendarios, semáforos, bendiciones papales y otros pasos a nivel, decidieron encerrarse a investigar en sus laboratorios para dar con la píldora anticonceptiva, la píldora por antonomasia. Primero comercializaron el Enovid como un fármaco que regulaba castamente la menstruación, pero el 23 de junio de 1960 (en los aledaños del solsticio de verano, detalle que aporto con el único propósito de desmelenar cabezas conspiranoicas) empezaron a venderla explícitamente en calidad de anticonceptivo oral. Hasta esa fecha en la Historia de la Humanidad, nunca una cosa tan pequeña había tenido consecuencias tan grandes. Era, no le quepa duda, la frase manida que aquel verano alcanzó merecida celebridad, pues desde el principio de los tiempos hasta la segunda mitad del siglo XX, las mujeres habían desconocido la tranquilidad de saberse no embarazables.

Hago hincapié en la palabra tranquilidad porque es la que hace veinte años me repitió una amiga octogenaria, el día que departimos sobre las conquistas de autonomía individual y colectiva de la mujeres. Me contó que desprenderse de la incertidumbre del embarazo supuso para las mujeres un sosiego, libertad y calidad de vida extraordinarios, inéditos. Hoy son numerosos los estudios clínicos que establecen conexiones directas entre la salud y el estrés, y entre el estrés y los estados de incertidumbre… Le pido (lector, lectora) que empatice con la generación de mi amiga y se imagine bajo la espada de Damocles de poder embarazarse en cualquier relación sexual. Ahora que ha sentido la punta del acero sobre la coronilla, interróguese si entre los síntomas de estrés que habría desarrollado no figurarían, acaso, esos dolores de cabeza femeninos (¡ajá!), tan injustamente ridiculizados en un contexto en el que ni la maternidad (“los hijos que Dios mande”) ni la sexualidad (débito conyugal) constituían una elección para las mujeres. 

Van quedando en Occidente pocas de esas intranquilas féminas (por ley de vida se nos han ido muriendo), primeras y únicas en apreciar la diferencia que aquella novedad supuso en su vivir (las que vinimos luego, lo dimos por hecho), el antes y el después de la píldora, más allá de sus efectos secundarios no queridos y en ocasiones sesgadamente hiperbolizados en los medios, incluso en los especializados, según la Sociedad Española de Contracepción (SEC).

Marina, que así se llamaba mi amiga, me explicó que las mujeres de su época que sí accedieron a la píldora (españolas, poquísimas) por fin pudieron tener sexo sin miedo a un embarazo no deseado, tanto si el encuentro les apetecía como si no les quedaba otro remedio que rendirse a las pretensiones eróticas de Damocles (perdón, del marido). La píldora les permitió -en términos “beauvoirianos”- dejar de ser la presa de la especie, pero no del matrimonio ni de la sociedad, porque en España -esta España mía, esta España nuestra las cosas eran, en general, muy difíciles para las mujeres y las de la anticoncepción una total odisea, hasta el punto de que cuanto tenía que ver con ella (exposición, información, venta e incluso prescripción) fue delito desde 1941 al siete de octubre de 1978, día en que se legalizó la libre comercialización de la píldora, con la Democracia ya aterrizada.

Algunas farmacias, no obstante, se resistieron meses y hasta años (haberlas las hubo, como las meigas) a su venta, por el aura de inmoralidad que envolvía la píldora. También se resistieron a tomarla quienes consideraban que las relaciones sexuales sin ánimo procreativo eran pecaminosas y un pasaporte al infierno. Si usted es joven, tal vez tenga la impresión de que exagero o deliro. No lo hago, créame. En los países católicos -España era nacional católico- nos costó mucho “desembarazarnos” del fantasma luciferino de la contracepción porque en 1968, solo diez años años antes, el papa Pablo VI había publicado la encíclica Humanae Vitae, en la que reiteraba la prohibición para los católicos de todos los métodos anticonceptivos “artificiales” (preservativo, espermicidas, pastillas…), de manera que solo era lícito el recurso al método Ogino-Knaus y a la ruleta rusa que este brinda a las mujeres de ciclos irregulares.

Afortunadamente, la realidad española ha evolucionado y el acceso a la anticoncepción está garantizado desde los Centros de Salud y otros espacios afines. Sin embargo, todavía hay mujeres que mantienen relaciones sexuales sin protección. La última encuesta sobre contracepción (septiembre 2018), efectuada por la SEC en una muestra de 1800 mujeres de entre 15 y y 49 años en todo el territorio nacional, puso de manifiesto que la anticoncepción de urgencia (píldora del día de después) es una práctica anticonceptiva a la que han acudido hasta el 30% de las encuestadas en algún momento, lo que debería hacernos reflexionar sobre la importancia de continuar incidiendo en la prevención de embarazos no deseados y de enfermedades de transmisión sexual (fácilmente evitables mediante el uso correcto de preservativos). Los riesgos hoy son absolutamente innecesarios Si mi amiga levantara la cabeza, se enfadaría lo suyo. Tenía mal genio y casi siempre llevaba la razón. Es lo que tiene haber vivido mucho, y además, grandes cambios.