Saramago en el recuerdo

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Una leucemia se nos llevó al escritor Saramago de  su casa de Tía en Lanzarote. La suya fue, en los estertores de la primavera canaria, una muerte dulce a los ochenta y siete años, acompañado de su esposa y sus perros. Multitud de personas se acercaron hasta el aeropuerto a despedir su cadáver. Leían retazos de sus novelas en voz alta y le lloraban con gratitud, que es el modo en que se llora a un hombre machadianamente bueno.

A continuación se celebró en Lisboa un sentido funeral de Estado, como correspondía al escritor que hizo crecer la estatura de los portugueses (y también de quienes no lo somos). En la capilla ardiente instalada en el Ayuntamiento, la gente le homenajeaba levantando una obra suya ante el féretro. Los lisboetas, brazo en alto, construyeron una cordillera saramaguiana de ejemplares que lo cortejó desde la casa consistorial hasta el cementerio. Abundaban -según los informativos- Alzado del suelo y Todos los nombres. Intuyo que a Saramago -tan dado a las alegorías- le habría emocionado particularmente la elección de aquellos títulos. 

El dieciocho de junio se cumplirán diez años sin Saramago. Diez años, pues, sin la voz sensata que clamaba en el desierto, sin la Casandra que nos advertía en La Caverna sobre los infortunios de la globalización, sin la mirada preclara que en Ensayo sobre la lucidez nos animaba a mejorar nuestras democracias, y que en Ensayo sobre la ceguera nos exhortaba a abrir los ojos.

Que la vida nos ofrece sorpresas es algo que sabemos, aunque no siempre confiemos en su bondad. Al siempre escéptico Saramago (Azhinhaga, 16 de noviembre 1922- Tía, 18 de Junio 2010) no debió siquiera ocurrírsele la posibilidad de ganar el Nobel de Literatura cuando era un mozalbete y trabajaba de cerrajero en Lisboa. Menos aun, si me apura, durante los veinte años de sequía literaria que siguieron a la publicación de Tierra de pecado (1947), su primera novela. “Sencillamente no tenía algo que decir y cuando no se tiene algo que decir lo mejor es callar ”, nos contó dicharachero en más de una entrevista. 

Enfundado en su traje oscuro, parecía un tipo plomizo, seco y antipático (durante mucho tiempo en Portugal pasó por serlo y hasta hubo una etapa en la que lo detestaron), pero apenas abría la boca se revelaba el sabio entrañable que nos regala la memoria: humano, sensible, cercano, divertido, agudo y profundo. Un escritor que no hacía de su oficio un mito y a quien el premio de los premios no envaró. Aseguraba que el galardón le sobrevino sin ambicionarlo. “Me han dado el Nobel, ¿y qué? -confesó decirse-. ¿Qué es en realidad esto?, nada”. Tenía setenta y seis años y el ego atado en corto, de manera que el año del Nobel -1998- no fue “el año de la muerte de Saramago” porque con el premio no enterró al hombre de siempre. Él no era un personaje, sino toda “una personalidad”; una personalidad orgullosa, que no vanidosa, y sí muy alejada del personaje narcisista en el que devienen algunos escritores de éxito. 

Dándole vueltas a su vida, se me ocurre que en Las pequeñas memorias pasó por alto la presencia de la magia en sus primerísimos días sobre el mundo, cuando la geometría divina (en la que no creía; era ateo) trazó para él una ecuación fantástica que terminó por otorgarle su nombre literario. Debió haberse llamado José de Sousa, pero el funcionario del registro -puede que ahí esté el germen de Todos los nombres- lo anotó con el mote de la familia paterna, a la sazón, el nombre de una planta silvestre. Broma o error, lo cierto es que aquel funcionario (¿Don José, tal vez?) le regaló un nombre que lo distinguía “naturalmente” de las decenas de miles de de Sousa que pueblan su patria lusa, una patria que él desgranó renglón a renglón en libros como Viaje a Portugal, Alzado del suelo, Memorial del convento o Historia del cerco de Lisboa, entre otros. Una patria que amaba y con la que se sentía comprometido desde mucho antes de la Revolución de los Claveles (comunista y periodista, había sido censurado y perseguido por la dictadura de Salazar), pero que abandonó como protesta en 1991, cuando la laica República Portuguesa vetó su presentación al Premio Literario Europeo, alegando que El Evangelio según Jesucristo -obra de éxito internacional- ofendía a los católicos. 

Saramago explicó entonces, por activa y por pasiva, que solo se trataba de una novela, de una mera ficción, un cuento largo, sin más, pero como en Portugal siempre le había acompañado la controversia y él estaba harto de la confrontación, decidió marcharse “para no molestar”. Nunca dijo que se exiliaba, sino que emigraba y que sus razones para irse eran similares a las de bastantes portugueses que también eligieron la emigración. No se encontraban bien en su país, y él, tampoco. 

Opino que “tropezar” con la Iglesia a menudo resulta “providencial” para un escritor (sobre todo para su editorial), un prodigioso golpe de suerte por la publicidad extraordinaria que proporciona, una “bendición” mercadotécnica que estoy segura que Saramago no necesitaba ni quería. Pero, en fin, usted y yo sabemos que los caminos del Señor son inescrutables, que sus manos omnipotentes aprietan sin ahogar y que aunque cierran puertas, sin embargo, abren ventanas, balcones panorámicos, incluso…Precisamente fue en su refugio en Lanzarote donde Saramago empezó día a día, novela a novela, a cobrar trazas imparables y merecidas de futuro Nobel. 

“En verdad le digo” que El Evangelio según Jesucristo (1991) constituyó un antes y un después en su vida y su obra, una linde -como él mismo reconoció en La estatua y la piedra (2013)- obra de publicación póstuma y edición bilingüe, fruto de una conferencia en Turín, en el transcurso de la cual, compartió por vez primera que hasta El Evangelio según Jesucristo había estado -como escritor y persona- describiendo la estatua, pero que a partir de esa “novela frontera” comenzó a ahondar en la piedra de la que está hecha la estatua: “Durante años he estado construyendo la estatua, el edificio que son mis libros” (…) “Ahora llegaba el momento de bajar al fondo del edificio y profundizar hasta encontrar el agua y la sangre, hasta hacer sangrar mi propia materia, mi propia carne. De la fase de la Estatua he pasado a la fase de la Piedra”, se refería con esto último a los libros que había escrito y escribiría en Tía.

Allí se marchó y escribió una decena de novelas y otra decena de ensayos; numerosa crónicas y cuadernos varios, obras de teatro,  su biografía,  y cuentos para niños y jóvenes. Antes de que le “sobreviniera” el Nobel, recibió el Premio Camoes de Literatura, el equivalente al Cervantes en los países de lengua portuguesa. Siempre dijo que su único premio era tener lectores.