De modernos y herejes: día del Modernismo

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El Modernismo (Art Nouveau, Modern Style, Jugendstil, Nieuwe Kunst, Liberty, Floreale, y Sezessionsstil) fue un movimiento artístico-cultural que se desarrolló mientras agonizaba el siglo XIX y alboreaba el XX en un continente anciano y lleno de contradicciones: Europa.

Unos la querían  igual que siempre… enfajada, academicista, rectilínea, inmóvil y pautada. Otros, la reinventaban sensual curvilínea, grácil y espontánea. Era, no obstante, aquel lejano tiempo de antes de ayer, una edad hermosa, refinada y preciosista, una época bella –belle époque– en la que los representantes del Modernismo se afanaban en la renovación creativa y estética de la arquitectura, la literatura, el arte y las artes aplicadas (vidrio, joyas, diseño de mobiliario, útiles cotidianos…).

Arquitectos, músicos, literatos, artistas y artesanos no solo se desprendían del corsé de la ortodoxia, sino que exhibían sin complejos un desbocado apetito de novedades. Algunos partidarios de la Europa enfajada estimaban superficial y caprichosa aquella glotona inclinación hacia lo nuevo, pero otros, aun más envarados, la juzgaban peligrosa y despreciable. No le extrañe, pues, que al goloso movimiento de lo inédito -el Modernismo- se lo bautizara “de mala fe” con el nombre de una herejía para así otorgarle connotaciones negativas. ¿Con el nombre de una herejía?, se preguntará usted. Sí, como lo oye: con el de la herejía modernista, y no crea que se trataba de una herejía de tres al cuarto. Fue tan importante que el Papa Pío X la llamó compendio de todas las herejías porque abría la puerta a todos los errores y lo hacía a usted descender peldaño a peldaño hasta el ateísmo.

El Modernismo teológico le robaba el sueño a Pío X, y antes que a él, a Pío IX. En sus pontificados había nacido y crecido, respectivamente, un sector de seglares (liderado por el barón Friedrich Von Hülsen), de sacerdotes (como Lagrange, Romolo Murri y Ernesto Buonaiuti y de teólogos (como Loysi, Tyrrell y Duchesne) empeñados en renovar el Cristianismo y en modernizar la Iglesia que, según ellos, no respondía ya ni a la mentalidad ni a las exigencias de la vida moderna. El número de “modernos” iba día a día en aumento en Francia, Inglaterra, Italia y Alemania (en España esas modernidades heréticas no se daban) y lo que en el pasado había constituido una inocua minoría de “raritos”, a la altura de 1907, la cantidad de “correligionarios” alcanzaba ya proporciones notables en el seno y gremio mismo de la Iglesia porque la ideas modernistas se habían hecho populares entre los seminaristas y el clero joven. 

Pío X pasó cuatro años meditando y le pareció que con el pretexto de “modernizar”, lo que esos “fieles” tan modernos iban  a lograr -unos por ignorancia, otros por mala intención y todos por curiosidad y soberbia- era minar el dogma católico. No le quedó otra, pues, que arremangarse la cimarra y echarse a la cara a esos decidores de novedades y seductores sujetos al error y que arrastran al error. De ese enfado monumental y de su pluma sesuda nació el decreto Lamentabili y la encíclica Pascendi, una encíclica tan completa y elaborada que hay quien asegura que, paradójicamente, es el documento fundacional del Modernismo. En ella, Pío X denunciaba los sofismas modernistas y establecía medidas disciplinares de depuración de errores y de errados. Había que combatir la herejía y también a los herejes, que eran legión. Según Pío X, bastantes de esos errados no se autopercibían como herejes, pero existía otra fracción de errados que entrañaba aun mayor peligro: la que reconociéndose hereje -o no- efectuaba labores pastorales y propagaba en su contacto con los seglares y otros sacerdotes el virus modernista.

Pero, ¿qué ideas eran esas que la Pascendi denunciaba y combatía? Muy resumidamente que el ser humano no puede acceder al conocimiento natural de Dios (ni de nada porque su mente solo conoce fenómenos), su conocimiento de Dios es en realidad, un sentimiento subjetivo de encontrarse ante algo incognosicible, tal vez infinito, al que su finitud le anima a tender (o no).  Ese sentimiento religioso- potencialmente experimentable por cualquiera- es el germen de toda religión, y como la fe es experiencia y sentimiento en relación con lo incognoscible, todas las religiones son verdaderas porque en toda religión puede verificarse esa misma experiencia en el interior del ser humano. De lo que se sigue que el Cristianismo es solo una más dentro de la gran familia de religiones y sus dogmas son constructos en los que no resulta necesario creer, ni por supuesto tampoco en la institución divina de la Iglesia ni en los Sacramentos. Los modernistas más audaces negaban la divinidad de Cristo y otros dogmas como su nacimiento virginal, los milagros, la resurrección, etc.

La parte disciplinar de la Pascendi tuvo como efecto que el Santo Oficio declarase modernistas, o sea herejes, algunas obras más o menos célebres; se produjeron excomuniones de seglares y religiosos y se instituyó un “juramento antimodernista” obligatorio para cualquiera que deseara acceder al sacerdocio. Se creó, además, una sociedad secreta, la Cofradía de Pío (Sodalitium Pianum) dedicada a detectar modernistas en las filas de la Iglesia y sacarlos de ella.

En la actualidad, miembros de los sectores más conservadores (y conspiranoicos) de la Iglesia católica opinan que Pio X no logró acabar con los modernistas y que algunos herejes figuran hoy entre las más altas dignidades de la Iglesia. No crea que se cortan a la hora de señalar y tildar.

En fin, ahora que sabe que las herejías no son cosas del pasado remoto y aprovechando que hoy diez de junio es el día internacional del Modernismo…mírese en el espejo y respóndase con sinceridad a esta pregunta… ¿soy modernista?