Ángeles que partean

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      Dos profesiones tradicionalmente femeninas, parteras y plañideras, han enmarcado durante centurias la vida de los seres humanos. Las primeras custodiaban nuestra llegada al mundo y las segundas coreaban nuestra partida. Hoy las lloronas a sueldo se encuentran -por innecesarias- al borde de la extinción mundial. Las parteras, sin embargo, continúan siéndonos imprescindibles y conforman una comunidad cualificada de profesionales sanitarios, que hacen de este planeta un lugar más habitable. A pesar de su imprescindibilidad, las matronas no abundan (los matrones, ni le cuento) y solo el veintidós por ciento de los países posee matronas suficientes para salvaguardar las necesidades y derechos de madres y criaturas. El cinco de mayo es su día, el día internacional de las matronas y de los matrones.

Fíjese si son imprescindibles, que la Organización Mundial de la Salud (OMS) asegura que la partería, una labor que se encarga de realizar intervenciones de eficacia demostrada en pro de la salud de las madres y los recién nacidos y en materia de planificación familiar, podría evitar más del 80 % de todas las muertes maternas, prenatales y neonatales. Sí, lo ha adivinado: las matronas salvan vidas y lo han hecho desde que el orbe da vueltas sobre sí mismo.

Tan necesario y técnico ha sido siempre el saber hacer de las matronas, que ya el propio Sócrates, hijo de Fenáreta -una reputada partera ateniense- usó el oficio de esta como  metáfora sublime de su obstétrico método para ayudar al discípulo a concebir ideas. Por eso, cuando usted dice de alguien que ha soltado “una parida”, está ridiculizando injustamente al método socrático y al matrón de la filosofía.

Los conocimientos teóricos, y sobre todo prácticos, de las comadronas son un tesoro para la humanidad. Y aunque durante siglos les estuvo, en general, vedado el acceso a estudios reglados de medicina, no por ello dejaron de efectuar importantes contribuciones a la obstetricia, disciplina médica, históricamente ejercida por varones. Del larguísimo elenco de comadronas distinguidas, le traeré a la memoria una muestra menuda. Allá por el siglo XI, Trótula de Salerno iluminó los alumbramientos con su ciencia. Bastante más que una partera, Trótula fue, en puridad, la primera ginecóloga de la Historia. Como galena disfrutó una larga vida y se prodigó escribiendo tratados, de los que por su pertinencia, destaco Trotulae curandurum aegritúdinem mulierorium ante et post partum”, un pormenorizado estudio sobre la menstruación, la concepción, el embarazo, el parto, el control de la natalidad y las enfermedades del aparato reproductor femenino. Casi nada.

A la parisina Louise Bourgeois (1563-1636) le robaba el sueño el sufrimiento de las mujeres de pelvis estrecha, y habiendo asistido a muchas, dejó por escrito recomendaciones para aliviarlo en Observaciones diversas sobre la esterilidad, la pérdida del fruto, la fecundidad, parto y enfermedades de la mujer y del recién nacido. Paralelamente, su contemporánea inglesa, Jane Sharp, no se quedó atrás y compiló tres décadas de experiencia profesional en un manual, El libro de las parteras, sobre el arte de la Obstetricia. Tampoco a Sharp le fue a la zaga su compatriota y colega Sarah Stone, hija y madre de partera. Además de dedicarse a asistir nacimientos, escribió A complete practice of Midwifery, palabra inglesa -esta última- que significa partería y que siempre me ha sonado a “medio hada”, que es justamente lo que las matronas representan para muchos bebés y mamás.

Otra partera insigne es Mari Louise Lachapelle, que vivió en París a caballo entre los siglos XVIII y XIX y que creó la maniobra todavía hoy conocida como LaChapelle, consistente en rotar la cabeza del feto con una sola rama del fórceps. También fue la autora de Práctica de partos, un libro sobre alumbramientos difíciles que funda la obstetricia moderna.

Hasta que en 2001 la BBC estrenó la serie Llama a la comadrona, Martha Moore Ballard (1734-1812), del estado de Massachusetts, era la matrona más mediática de todos los tiempos. Reunió jornada a jornada su experiencia profesional en un diario que, algunas décadas tras su muerte, llegó a manos de una de sus descendientes -Mary Hobart- la primera doctora en ingresar en la Sociedad Médica de Massachusetts. Hobart donó en 1930 el diario a la Biblioteca del Estado y este dormitó sobre un anaquel hasta que la historiadora Laurel Thatcher Ulrich lo desempolvó y escribió Un cuento sobre una partera: La vida de Martha Ballard basada en su diario, 1785-1812. Además de otras distinciones, Thatcher recibió el premio Pulitzer y su “cuento” fue materia de una serie televisiva de docudramas. Dudo que escribirlo le llevara “una hora cortita”, pero lo que sí sabemos es que su “criatura” vino con un pan bajo el brazo. ¡Así da gusto parir!

Acabemos hablando de etimología. Le supongo al tanto de que ‘matrona’ y ‘partera’ proceden del latín, de partus y de matrina, respectivamente. Matrina da lugar a la voces matrona y madrina (¿ve como tenía razón en eso de las hadas?). El término comadrona nos lleva a la figura que acompaña y cuida a la nueva mamá en el trance del parto. Pues bien, yo nunca olvidaré a la que me acompañó en el mío. Fue más que un hada madrina; se llamaba Ángeles y hacía honor a su nombre.

Twitter: @MariaViedma5