Yo aplaudo desde esta ventana

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No sé exactamente qué hora es. Tampoco me importa. Remoloneo entre el teclado, la nevera y montones de libros que un día leí y a los que regreso ahora con mirada nueva: más cansada, más cínica, más desarraigada si cabe, pero no por ello menos fascinada y curiosa. Pero sí, nueva y reconstruida. Como un mueble, una casa o una máquina que diseñamos con elementos reciclados y en desuso. La construcción con elementos reciclados siempre me suscita la misma pregunta: lo que resulta de ello, lo recién construido ¿Es algo nuevo o viejo…? ¿Nuevo como su construcción o viejo como sus partes?

Así me re-construyo continuamente. Cogiendo ideas viejas, libros releídos, experiencias recordadas y discursos obsoletos y colocándolas de otras maneras y para otras funciones. Llamadme voluble, pero yo crezco así: cambiando de opinión conforme asimilo información. Con cada cambio de opinión, surge un nuevo yo más completo. Al fin y al cabo la opinión es la forma más rudimentaria y facilona del conocimiento. Prescindible casi siempre, cuando no es un escollo insalvable para el discernimiento, el análisis y el razonamiento complejo. Cosas del ego.

Pero no se si el “yo” de hoy me gusta. Vivimos tiempos convulsos, distintos,  que aún nos mantienen pasmados y boquiabiertos a los que pretendíamos escudriñar el futuro inmediato. Pretendíamos, si, hacerlo a través de las “señales” que nos ofrecían la Historia, la crónica política, social, económica o el mismo devenir de lo cotidiano en nuestras vidas. Pretendíamos así hacer una suerte de “futurología” científica llegando incluso a creernos inmunes a la sorpresa: todo parecía decidido, manejado y controlado. Creíamos “venir de vuelta” por un camino que solo tiene un sentido. Y por el que, por cierto, nadie ha vuelto jamás. Pero, de pronto, redescubro la prospectiva como una entelequia, como un juego de salón, como profética del gintonic… Si: la realidad es tozuda y el futuro, finalmente, un cabrón descerebrado.

Y es que no contábamos con que la evidencia constatable, la verdad científica y matemática, el dato documental e histórico o la propia realidad de la existencia del mal, se volvió irrelevante para muchísimos de mis contemporáneos. Así, sustituyendo el conocimiento por la opinión, el Amor por los sentimientos, el compromiso por la solidaridad,  la comunicación por la trifulca y la Libertad por la seguridad, hemos llegado al punto en el que estamos: un “mundo feliz”, en donde un 66% de mis convecinos -dato oficial-  se sienten muy contentos de poder salvar el mundo mientras hornean bizcochos, aplauden desde las ventanas, se mandan corazoncitos por whatsapp y, por supuesto, demonizan, calumnian e insultan a cualquiera que no esté dentro del ese -muy oficial- 66%…  

En fin… Yo no sé en qué porcentaje de población me ha colocado el CIS, pero seguro que pertenezco al grupo de los que no se sienten muy cómodos bailando en el balcón, mientras la zarpa de la muerte visita los domicilios, hospitales y residencias de media España y el desempleo y la pobreza sacude a la otra mitad.

¡Pero no os confundáis! Todo esto no es ningún canto desesperanzado. Ni una elegía a la autodestrucción. Es, por el contrario, un canto a la Fe, cimiento de toda Esperanza. ¿Fe? Si. En vosotros: en los que dais el tono, y hasta en los que dan la nota. También creo en Dios y, a veces, en Darwin. ¡Pero eso es harina de otro bizcocho! Por esto mi aplauso es desde esta ventana: para que no sea confundido ni utilizado. Para daros las gracias y para deciros: de esta saldremos. Vivos o muertos ¡Pero saldremos! Siempre hemos salido…