Radio Milagro

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¡Hola, otra vez, gentes de bien!

Por motivos ajenos a la voluntad de mis dedos, he estado alejado del teclado algunos días, pero siento deciros que esto se acabó: ya tengo los nudillos otra vez engrasados y la cafetera a plena marcha.

Y rompo el silencio para deciros que, entre los días 14 y 22 de este mes de Diciembre, tenéis en la Cofradía de Estudiantes, en C/ Alcazabilla, 3,  junto a su magnífico Belén, la Exposición  “20 AÑOS DE RADIO MARÍA”.  Allí encontraréis una historia de Fe y de Esperanza que a alimentado y acompañado la Fe y la Esperanza de muchos. RADIO MILAGRO la llaman…

Os cuento una pequeña experiencia de uno de estos “milagros” que muy bien podía ser una simple aunque sorprendente secuencia de sucesos. Y os la cuento porque me pasó a mí. No. No es un milagro como tal. Aunque yo lo llamaría “causalidades” o “diosidencias”…

 

Era noche ya cerrada. Hacía largo rato que habíamos salido de Guadalupe y andábamos perdidos por los intrincados caminos de la Sierra de Las Villuercas. Se había perdido la señal del GPS, y charlábamos, para matar el tiempo y calmar los ánimos, sobre cuál de los 12 caminos históricos, que unen los diversos puntos de la Península Ibérica con el Monasterio de Guadalupe, estábamos siguiendo en ese momento. Caminos ancestrales hollados por millones de peregrinos durante siglos. Caminos por donde transitan historias, leyendas y mitos. Caminos que serpentean entre roquedales, densos bosques y profundos barrancos.

Yo estaba convencido de recorrer el Camino de la Jara o, peor aún, de haberme desviado por el Camino de los Montes de Toledo. En todo caso ambos se unían y terminaban en el Camino Real que llegaba a Madrid después de muchos kilómetros y de muchas curvas. Todo estaría bien si no fuese porque yo me dirigía, no a Madrid, sino a Salamanca.

La opinión de mi compañera en cambio era más tranquilizadora y sostenía que estábamos en el Camino de los Jerónimos o quizás en el de Monfragüe. En ambos casos terminaban en un destino cercano a la Ruta de la Plata, o bien nos encontraríamos antes con la N-V. La radio del coche no ofrecía más que ruidos e interferencias, así que la apagué y puse un viejo CD de Mano Negra… ¡ que tampoco funcionaba…! Pero, por fin, un cruce. Allí debería haber indicadores de algún tipo, más allá de las que repetían una y otra vez “Peligro: carretera de montaña”. O eso pensaba.

Llegamos al cruce y aparqué a un lado. Apagué el motor y las luces y, al abrir las puertas, nos invadió de repente toda la realidad del denso del bosque, la obscuridad y la soledad del lugar. Un cruce de caminos en un profundo barranco, sin comunicación de ningún tipo más que el propio camino en sí. Camino que, en un acto de fe en quienes lo construyeron, suponíamos que nos llevaría a algún sitio. Salí y avancé en la obscuridad hacia los indicadores, parcialmente tapados por la maleza y, ayudado de la luz del teléfono, leí: Fresnedoso de Ibor. Hacia el otro lado: Deleitosa / Campillo de Deleitosa. No. No aclaraba mucho mi posición. Subí de nuevo al coche, helado y ciertamente nervioso. Después de un instante y me rendí:

-Habrá que seguir por aquí. La carretera que dice Deleitosa parece mucho más estrecha y de menor rango que esta. Seguiremos hasta Fresnedoso, esté dónde esté, y allí tendremos, supongo, cobertura o habrá alguien a quien preguntar. -dije fingiendo tranquilidad-

-Pues espero que eso ocurra antes de la catástrofe final… -me contestó, con cierto aire resignado, mientras me señalaba el indicador de combustible.

Con un gesto ostentoso, quizás cómico, juntando mis manos en el pecho para luego alzarlas al cielo, quise expresar sin palabras mi plegaria a Dios. Como un mimo orante y un poco descerebrado. Mi compañera rió, y pensé que era afortunado: lo era porque mi amiga, compañera, complice de locas aventuras, mi maestra y mi discípula, la que se convirtió en mi muleta y por la que me yo convertí en bastón, eran la misma persona y era, además, la que me eligió para compartir su vida y su camino hacia Dios. Y con este pensamiento, arranqué el coche y, cuándo no había avanzado más de un metro hacia Fresnedoso, los altavoces hicieron unos ruidos molestos, unas voces entrecortadas de varias emisoras a la vez y después, con una nitidez sorprendente, oímos una voz profunda y deliciosa:

-Me darás a conocer la senda de la vida; en tu presencia hay plenitud de gozo; en tu diestra, deleites para siempre… del libro de los Salmos.(16/11)

-¿Deleites…? ¡Pues a Deleitosa…! -Nos dijimos entre risas, aunque realmente sorprendidos. Pero aún había más. En cuanto empecé a girar para tomar la nueva dirección, de pronto, unas luces y un claxon me advirtieron de lo inoportuno de mi maniobra. Os aseguro que llevábamos más de dos horas sin cruzarnos con vehículo alguno. Ni caseríos, ni nada que recordase a la especie humana. Por lo que la sorpresa fué mayúscula. Hice un gesto de disculpa que entendió el conductor y éste me devolvió el saludo mientras pasaba. Era una furgoneta grande, con el logo de una empresa agrícola de …¡Deleitosa! Al pasar, observamos una gran pegatina en el portón trasero en la que, junto al símbolo de un pez y una Cruz, se podía leer: VEN Y SÍGUEME. Pues eso hicimos. Y hasta hoy…

La voz, dejó de comentar los Salmos y sonó la melodía de RADIO MARÍA. Era la única que se sintonizaba. Nos acompañó todo el camino, haciendo de éste, sin lugar a dudas, un camino de aprendizaje…” ( De la segunda parte de “mi salchicha no tiene wifi” )

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