Arte para profanos: “Moisés y los mensajeros de Canaán” Giovanni Lanfranco, 1624

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Para solucionar un problema, no hay nada como saber identificar las causas, estudiarlas y darles la solución correcta.

Pero ocurre que eso implica preparación, tiempo y esfuerzo. Y de ahí que, en bastantes ocasiones, se adopten decisiones que omiten tantos preliminares y se concentran exclusivamente en aventurar una solución.

En la Historia Universal, y más aún en la Política actual, esta forma de proceder es un recurso empleado más veces de lo que creemos. Aunque no siempre con el resultado que hubieran querido sus autores, claro.

“Muerto el perro, se acabó la rabia”. Refrán muy español que resume perfectamente lo hasta ahora comentado.

Pero, aun no siendo tan drástico, esta forma de actuar se da también en la vida cotidiana de las familias. Me refiero a la venda en los ojos que nos llegamos a poner en casos en los que no sabemos o, más bien, no queremos saber ubicar correctamente los problemas.

Pongamos ejemplos: un hijo que consume drogas y que, en el fondo, querría dejarlo, ¿cuál es su mayor problema?: que no se enteren sus padres, sin duda.

Y en vez de buscar las causas primeras del problema, le va a ser más fácil encontrar a alguien a quien poder echarle las culpas. Y, claro, quienes se prestan más fácilmente para ese papel van a ser las personas que más tiene a mano: sus propios padres. ¿Por qué no iba a dejar de pensar ese hijo que sus padres, con sus enfados, con sus gritos, con sus errores, no fueron ellos los primeros que le indujeron a tomar la primera papelina? ¿Por qué iba a pensar que el primero que se la ofreció fue un amigo con una sonrisa, con la misma sonrisa y disposición para seguir ofreciéndole otra y otras papelinas de droga, para ayudarle a lo que ya se le ha convertido en su primera preocupación: que no se enteren sus padres? Y claro, ese “amigo”, entre comillas, es el que le va a seguir ayudando, como buen amigo, a evadirle de sus preocupaciones, del tipo que sean y sin que sus padres sigan sin enterarse, por supuesto.

Un gran problema: el saber ubicar los problemas.

¡Y qué decir de una persona desdichada, que acaba de ser abandonada por su pareja! ¿quién puede ser mayor culpable que quien lo abandonó?

Esta pobre persona, sola, triste y abandonada, cómo no va a ver a su antiguo compañero como la persona mala, que la ha engañado y que no la ha hecho feliz para toda la eternidad, como ella merece y a lo que tiene todo el derecho del mundo. ¿Para qué buscar en su interior, mirarse al espejo e intentar descubrir las causas de todas sus desdichas? Mucho más fácil y cómodo es asignar el papel del culpable de todos los males propios, de la propia depresión, a quien le dedicó una parte de su vida, sin pensar en las ilusiones frustradas de esta persona, del llanto y sufrimiento interior que pudo haber soportado hasta acabar marchándose. ¿Para qué pensar en el dolor ajeno, en el del culpable que te ha producido todo tu dolor?

¿Para qué ubicar los problemas, si ya tengo al culpable?

Y como ya escribía al principio, cuando tenemos unas expectativas, cuando buscamos unos resultados (en esto entramos de lleno en la Política), esos objetivos se han de cumplir, independientemente de que los estudios nos aconsejen lo contrario.

Y, así pues, centrándonos en nuestros “abnegados” políticos, si se quiere crear una o varias leyes, para conseguir unos objetivos determinados, crear “puestos de trabajo” a dedo, o, simplemente, para ganar dinero, moviéndolo de un sitio a otro, ¿qué mejor manera que crear unas causas, reales o no, que justifiquen las acciones a tomar y el presupuesto a gastar?

Y si hay alguien que se atreve a criticar que esas razones no atienden a una realidad, que no son suficientes para justificar tanto gasto, pues, como al perro con rabia del refrán, se elimina, se descalifica o se invisibiliza y punto, o como, últimamente se ha puesto de moda, se le acusa de fascista o franquista, y asunto arreglado.

Y esto mismo es lo que viene a tratar la obra de Giovanni Lanfranco, pintor italiano activo en la primera mitad del siglo XVII.

Después de vagar tantos años por el desierto, Moisés llegó a la tierra de Canaán. Envió a 12 hombres, uno por cada tribu, a inspeccionar el terreno y las gentes que allí vivían. Al cabo de 40 días, de esos 12 mensajeros, 10 dieron informes negativos, advirtiendo sobre el poderío de las personas que habitaban esa tierra y de que si atacaban, morirían los suyos. Como no eran esas las noticias que esperaban recibir y, de hecho, ya tenían decidido atacar, Moisés mandó asesinar a esos mensajeros (igual, igualito como pasa hoy día en algunos sectores públicos y políticos, que se llenan la boca de libertad y, en cuanto les sale alguien contestón, lo quieren incluso censurar por ley. Menos mal que aún no hemos llegado al nivel de mandarlos asesinar, como en el caso de Moisés. Toquemos madera).

Los dos mensajeros que se salvaron fueron Caleb y Josué, que sí serían quienes finamente entraron en la tierra prometida tras muchos más años de lucha, episodios que se cuentan en la Biblia, tanto en Números, como en el Libro de Josué.