El viaje de Melina (II), por Eugenia Carrión

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Santi entró como un torbellino en la habitación en que dormía Melina.

-¡Prima, despierta! ¿Sabes quién está abajo?

-¿Chema?

-¡Anda ya! ¡La prima Rocío! Venga, levántate, vamos a espiar a ver qué dice.

Las niñas bajaron la escalera de mármol de puntillas, sigilosas como gatos. Luego continuaron a gatas hasta esconderse tras el tresillo. La tía Fuensanta cortó una rebanada del enorme pan cateto sobre la mesa del comedor que estaba en el centro de la sala.

-¿No quieres desayunar Rocío?

-No tita, si ya desayuné en casa de mi abuela.

La tía untó manteca colorada y dio un bocado.

-Entonces, ¿tu novio no va a venir para que le conozcamos?

-No puede, tiene mucho trabajo, pero le vais a conocer muy pronto.

La tía tragó un sorbo de café y dejó la taza en el platillo.

-Ah, ¿cuándo?

Rocío abrió un sobre y sacó una tarjeta.

-Te he traído la invitación para la boda, tía. ¿Quieres verla?

La mujer se pasó las palmas de las manos sobre el delantal y la cogió con dos dedos.

-Enhorabuena, Rocío, cuánto me alegro… –entrecerró los ojos mientras miraba la tarjeta y añadió– Voy por mis gafas, hija, que ya no veo tres en un burro. Las “espías” se miraron abriendo mucho los ojos, Melina trató de decir algo pero Santi se llevó un dedo a los labios para que se callara.

La tía volvió con las gafas puestas en la punta de la nariz, leyendo la tarjeta en voz baja.

-¡Bendito sea Dios! ¡Pero si queda menos de un mes!

-Es que a Tony le trasladan a Nueva York y quiere que me vaya con él, por eso no he avisado antes, ha sido todo de improviso.

-Bueno, pero tú estás contenta ¿no?

-No sé, tita… Supongo que sí… –Rocío se levantó de la silla– Tengo que irme ya, que aún tengo que hacer algunas visitas.

La tía la acompañó a la puerta que estaba abierta de par en par y la despidió dándole dos besos. Las niñas volvieron a gatas a la escalera y poniéndose de pie simularon que bajaban en ese momento.

Después de desayunar Melina anotó en el cuaderno lo que ambas recordaban de la conversación de Rocío y la tía. Santi comentó que algo le olía mal, que una chica que va a casarse debía parecer más feliz y descartaron la hipótesis de que fueran Rocío y su novio los que se besaban en la casa de tita Antoñita.

En el parque Luis y Chema las esperaban sentados en un banco junto a la fuente tomando un corte de helado. Los chicos se pusieron de pie para saludarlas y les ofrecieron invitarlas a un helado que ellas rechazaron. Se sentaron junto a ellos en el banco.

-Hoy mi prima y yo vamos de excursión al cementerio – dijo Santi – ¿Os apuntáis?

-¿Y vais a pasar por los callejones del chivo? Yo no voy a esos sitios, no se me ha perdido nada allí – contestó Luis.

-¿Cuáles son los callejones del chivo? – dijo Melina.

Se oyó un llanto y se hizo un largo silencio.

-¿Habéis oído? –dijo Melina.

-Será el fantasma del hombre de los callejones, dicen que vio al diablo en forma de un cabrito y que murió en el acto y… – comentó Chema.

-¡Calla, es una mujer, escucha! – dijo Santi poniéndose de pie y asomó la cabeza entre los arbustos que daban al centro del parque. Levantó el brazo y mirando a su prima con cara de sorpresa, meneó la mano para que se acercara. Los tres chicos se levantaron del banco dando un brinco y miraron a través de las ramas. Había una pareja sentada en un banco de espaldas a ellos, la chica se sonaba la nariz con un pañuelo y él le acariciaba el pelo. Santi y Melina se lanzaron una mirada de complicidad. “Rocío, quédate conmigo”, dijo él y solo se oyó el canto de las chicharras.
Stand by me, John Lennon

Continuará…
Blog Viajes Imaginados, relatos de Eugenia Carrión