Vida en Venecia, por Eugenia Carrión

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Andrew Bond bajó del tren Milán-Venecia presionando el bolsillo de su abrigo interior donde guardaba su pistola Steyr. Su amigo Felix Leiter no había podido mentirle, Dominique, su mujer, le había traicionado. Sus viajes esporádicos le habían hecho recelar y Andrew había encargado a su amigo que la investigase. “Si tú dices que ella besó a ese tipo, no necesito pruebas”, aseguró Andrew a su amigo.

Ahora estaba allí, no para confirmarlo, sino para cumplir su promesa. Toda su vida había dejado de tener sentido; después de tantos años acababa de descubrir que nadie le amó jamás. Ni siquiera Dominique. Entró en el hostal más cercano, llamado Santa Lucía, y pidió una habitación.

Dominique se hospedaba en el Metropole a escasos metros de la plaza de San Marcos y hacia allí dirigió sus pasos tras colocarse un peluquín oscuro. En el camino se detuvo para comprar un periódico, el hundimiento del Titanic seguía siendo la noticia de portada, sintió que era un presagio de lo que ocurría con su propia vida. Tenía que limpiar su honor, poner punto y final a la vida de la madre de sus dos hijos.

Guardó el periódico en el bolsillo de su abrigo, y apenas divisó la plaza de San Marcos, descubrió a Dominique dando de comer a un torbellino de palomas que se arremolinaban a su alrededor, a su lado un hombre con su sombrero en mano le ayudaba en la labor. Sus rasgos arios y robustez, coincidía con la descripción dada por su amigo. Por un momento pensó que hacían buena pareja. Le asoló la idea de que tenía que trazar un plan. Durante el viaje en tren lo había intentado, pero su mente se encontraba aún en estado de shock; solo podía pensar en una cosa: ¿Por qué su vida se había vuelto del revés? Aún recordaba el largo beso de despedida. “Ojalá pudiera quedarme, no debí aceptar ir a Venecia. Es tarde para echarme atrás.” Ella nunca necesitó pronunciar un “te quiero”, ni otras frases semejantes que se dedican los que aman, para expresar lo que sentía.

Dominique tenía la habilidad de hacerlo con un gesto amable o una mirada dulce, que ahora se tornaban falsas como ella. La observó unos instantes tan petrificado como las cinco cúpulas de la basílica de San Marcos que imponentes se alzaban entre nubes de palomas. Al fondo, las góndolas balanceadas por la brisa del Gran Canal bajo el cielo despejado, le pareció un marco divino que contrariaba su estado de ánimo. Resonó en su mente la frase de Napoleón, “es el salón más hermoso de Europa” y Dominique le pareció más bella aún que cuando la conoció, conservaba la esbeltez de siempre.

El caballero le ofreció un brazo y ella lo asió; dando pasos al unísono se dirigieron al café Florian. Se sentaron juntos en la terraza, la orquesta empezó a tocar Oh Sole Mío. Dominique volvió la cabeza y Andrew se refugió dentro del Florian, en el salón oriental. Un nudo le oprimía el estómago. A pesar de su traición se sentía incapaz de hacerle daño. Él, que días atrás estuvo a punto de terminar con su amante, se enfrentaba con su propio espejo, meditaba observando las mujeres de las pinturas en la pared y comprobó palpando sobre su abrigo que llevaba la pistola junto al pecho. ¿Cómo procedería? ¿Le disparaba allí mismo sin más preámbulo o la seguiría hasta el hotel y allí ejecutaría su sentencia?

-¿Qué haces aquí, Andrew? –la voz cálida de Dominique le produjo estupor y le zambulló en un canal de buenos recuerdos.

-Observarte – dijo sin titubeos disimulando su pavor.

-Sabía que esto sucedería, pero me arriesgué.

-¿Que sucedería qué?

-Eres muy celoso, Andrew, más tarde o más temprano dudarías de mí.

-Y creo que con toda razón, ¿no es cierto?

-Andrew… –Dominique movió la cabeza a ambos lados, luego miró al techo barroco– ¿Podrías confiar en mí por una vez? Ese oficial de la Luftstreitkräfte tiene información valiosa para el SIS… Voy a darle larga y hablamos.

-¿El SIS? ¿Pero qué me estás insinuando?

-Sí, Andrew, a veces colaboro con los Servicios de Información Secretos ingleses.

Dominique volvió a la terraza mientras él, apabullado, la siguió con la vista. Ella comentó algo al oído del oficial alemán y este soltando una gran carcajada, se levantó, dejó un billete sobre la mesa y se marchó.

Andrew salió a la terraza y zigzagueando las mesas se sentó frente a ella.

-A ver, cuéntame, quizás me haya equivocado…

-No hay nada que contar, ya lo sabes todo, pero dudo que me creas. ¿Te acuerdas de la señora Robinson? –Andrew asintió pensativo– Pues en la última cena en su casa me comentó que pronto podría estallar una gran guerra y que nosotras debíamos colaborar para que eso no sucediera. Me puso en contacto con su marido que por si no lo sabes, no es piloto de rallies, sino un alto cargo del SIS. Él me propuso esta misión, juré no decirlo a nadie. Y ahora he roto mi promesa. ¿Me crees?

-¿Y has besado a ese alguna vez?

-Fue solo un beso en los labios en Ginebra, no tuve más remedio, se me declaró, lo vi oportuno… ¿Me crees?

Andrew acarició las manos temblorosas de su mujer asintiendo.

-¿Y qué le has dicho a ese oficial para que se fuera?

-Le dije que en realidad soy un hombre, que sentía haberle engañado.

Andrew soltó una gran carcajada y besó en los labios a su mujer. Dominique sonrió y le dijo:

-No volveré a colaborar con los SIS, pero, ¿dejarás de salir los martes por la noche?

-A partir de hoy, todo será diferente, te lo prometo. ¿Te apetece un paseo en góndola?

En la góndola, Andrew Bonn se sintió pletórico, como si hubiera vuelto a la vida, y ella también.
O Sole Mio, Venecia

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