Margarita, por Eugenia Carrión

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Mientras las niñas de “cuarto A” escuchábamos la algarabía del resto de las clases para salir al recreo, la madre Juana Josefa llenaba de multiplicaciones y divisiones la pizarra. No tenía necesidad de explicarnos que media hora era un tiempo precioso para aprovecharlo en machacar con las matemáticas. Pero la víspera de la Inmaculada, saltamos de júbilo al saber que, sólo ese día, saldríamos al recreo como el resto de las clases. La madre Juana Josefa nos pidió que hiciéramos una rueda y giramos al son del “Agáchate y vuélvete a agachar” hasta que acalorada y abanicándose con las manos nos dio cinco minutos de juego libre. Unos dedos me taparon los ojos con cuidado y escuché: “¿Quién soy?” Intrigada, me volví. “Soy tu prima Margarita, ¿te acuerdas de mí? ¿Y tu hermano, está bien?” Asentí sin convencimiento, y añadió: “Dale recuerdos de mi parte”. No recordaba ninguna prima con ojos claros y pensé que se había confundido de persona. Además, ¿quién iba a querer mandarle recuerdos a mi hermano?

Unas semanas más tarde él abrió la puerta de casa y allí, con una bandeja de dulces en los brazos, estaba Margarita junto a la madre. “Cuánto tiempo sin verte, primo”, le dijo ella tras darle dos besos. Él cerró los puños apretándolos y los guardó en los bolsillos del pantalón. En lugar de irse a su cuarto como solía hacer si venía algún familiar se sentó en el salón frente a la prima y ni probó el chocolate que sirvió mi madre. Una de las veces que miró a Margarita, ella fijó su mirada en él.
-Primo, ¿sigues coleccionando barcos? – le preguntó. –
Ahora construyo aviones, ¿quieres verlos?
Mi hermano le enseñó las latas de pintura que usaba y ella comentó que le parecían de juguete, que eran muy monas.
-No tanto como tú – dijo él y se crujió los dedos.

Por la noche, mi hermano me llamó desde su dormitorio. Sentado en su escritorio escuchaba Margherita, de Richard Cocciante, pasó la lengua por el pegamento de un sobre y lo cerró.
-Siéntate, voy a confesarte un secreto, pero tienes que jurar que no se lo dirás a mamá ni a nadie.
-Lo juro – le dije cruzando los dedos debajo de la mesa.
-Me gusta Margarita. ¿Quieres darle mañana esta carta? –asentí y me tendió el sobre.

Entré en mi habitación, cerré la puerta, me senté y abrí el sobre con cuidado. Era un poema en el que le confesaba que quería ser su novio. Comenzaba diciendo que en sus ojos veía el cielo y en su pelo el sol. Lo volví a cerrar con pegamento Imedio y lo escondí en un bolsillo de mi cartera.

Al día siguiente llegaba tarde al rosario que la madre Juana Josefa nos hacía rezar todas las mañanas antes de las clases. Margarita estaba bajo el soportal de la entrada y me preguntó que si mi hermano me había dado una carta para ella. Como si fuese una traficante de gominolas se la entregué procurando que nadie la viera. Me dio las gracias y la comenzó a leer andando sin tropezarse en ninguna de las columnas. Al entrar en la clase la madre Juana Josefa me regañó: “Hija, a ver si algún día llegas a la hora de comenzar el rosario”.
Durante el tiempo que hice de cartera tuve a mi hermano sometido y accedía solícito una a una a todas mis peticiones. Empecé por pequeñas cosas como: “O me traes un vaso de agua o se lo digo a mamá”; aunque tras un par de veces ya no me hizo falta amenazarlo. Fueron unas semanas en las que reinó la armonía entre nosotros, incluso mi madre parecía feliz de ver lo bien avenidos que estábamos y alababa nuestro comportamiento entre sus vecinas.

Una mañana llegué empapada por la lluvia y al verla bajo el soportal cabizbaja temí que el remanso de paz amenazara naufragio. Su tez pálida y sus ojeras no podían ser fingidas y pensé que algo serio le pasaba. Fui a entregarle el sobre y ella lo apartó. “Dale esto a tu hermano y dile que no me escriba más”, y me tendió otra carta mojada quizás por el chaparrón que estaba cayendo. Al llegar a clase, la madre Juana Josefa parecía concentrada en la lluvia y mientras las demás rezaban la letanía, con cuidado abrí el sobre debajo de la mesa y leí la carta. Con una caligrafía perfecta, sin doblarse ni en un solo renglón decía que su amor era imposible, que aunque le amaba como nunca había querido a otro no podía olvidar que eran primos y que si sus madres se enteraban no les iban a dejar seguir juntos. Había decidido que lo mejor era acabar cuanto antes con su noviazgo. Pensé que de ningún modo podía entregarle esa carta a mi hermano, aún no había olvidado el batacazo que me di la tarde que me llevó en su bici. Cruzó cada uno de los baches que había en la carretera hasta que caí en uno de ellos. Y rompí las dos cartas sin dudarlo.

A la mañana siguiente, arrepentida, me impuse la penitencia de rezar el rosario. Llegué antes que la madre Juana Josefa. Al verme, me preguntó que si había traído mi rosario. Respondí que no y me dijo: “¿Y cómo piensas contar los Ave Marías, con los dedos?” Otra chica entró asfixiada con el rosario en la mano y la monja me aconsejó que mejor me trajera el mío otra mañana.

Mi hermano continuó enviando cartas que mi prima no recibía y yo seguí llegando tarde al rosario.

Un domingo íbamos mis padres y yo a misa en el coche y Mamá vio a mi hermano. “¿La que va con él de la mano no es la hija de la dueña de la churrería?

En principio que saliera con dos chicas no afectaba a mi proyecto de fraternidad aunque no imaginé que mi hermano le respondiese a mi madre: “Pues sí, es la hija de la churrera y qué, yo la quiero”. Hizo que me sintiera orgullosa de ser su hermana. En su cuarto me confesó que aunque le gustaba la prima, a la hija de la churrera podía verla a menudo y que, además, tenía más curvas. Me dio la carta que había escrito para Margarita y me pidió que la leyese. Le explicaba que había empezado a salir con otra, que le perdonase, que tenían que cortar. Estuve a punto de revelarle que ella había terminado hacía semanas, pero para una vez que confiaba en mí, no quise estropearlo. Y por la mañana la tiré hecha pedazos en la papelera del kiosco frente al colegio.

Días después, la prima y su madre vinieron a hacernos otra visita. El hundimiento del Titanic era una minucia comparado con lo que imaginé que pasaría si ella y mi hermano hablaban. Estuve toda la tarde sin separarme de mi prima. La llevé a mi cuarto, le enseñé el instrumento de percusión que me fabriqué con latas, saqué los trajes de verdiales y de pastora, y hasta le leí un pasaje de mi diario. Cuando al fin la madre la llamó para marcharse, mi hermano entró en mi cuarto y le dijo que saliera al patio un momento que tenían que hablar. Recité para mis adentros: “Reina del cielo, si no me descubren, llegaré, todos los días, la primera al rosario .”
-Si es para insistirme no vayas a molestarte – dijo ella.
-¿Insistirte yo para qué?
-Para que vuelva contigo.
-En todo caso serías tú la que tendría que insistir.
-¿Yo? ¿Por qué?
-Vale, tú misma – dijo mi hermano, y salió del cuarto.

Respiré hondo. Había ganado una batalla pero cuando la prima se marchó, mi hermano puso en el tocadiscos “Marguerite” tres veces seguidas y me entregó otra carta, que esta vez sería la última. Le pedía perdón rogándole que olvidase lo ocurrido y prometía que la amaría por el resto de su vida, incluso más allá de la muerte. En la despedida le había escrito: “Solo sueño con tu pelo, tus ojos y tu boca de ciruela”. Conociendo que esta fue siempre su fruta preferida me dolió no entregarla, pero pensé que era la oportunidad de poner fin a mis miedos. De mi puño y letra reproduje, imitando la caligrafía de Margarita, las palabras de la carta en que terminaba con él y le añadí que por favor no volviera nunca a hablarle de la hija de la churrera. Cuando mi hermano la leyó me dijo: “La he perdido por gilipollas.” Pero esta vez no le chivé a mi madre que había dicho una palabrota.

Una tarde de mayo íbamos en el coche a casa de la prima y mi hermano se crujía los dedos.
-¿Sabes que la prima me pregunta por ti en el colegio casi todos los días? – le mentí.
Él abrió la ventana con la manivela y respirando hondo miró al cielo iluminado por la caída de la tarde.

Margarita no le miró ni una vez mientras ayudaba a su madre a servir unos refrescos y se sentó a mi lado. Él se levantó, tosió a su espalda e inclinándose un poco le preguntó que si salía a dar un paseo. Ella salió a la calle y él fue detrás. A unos metros les seguí. Entre las ruinas de una antigua fábrica, mi hermano le levantó la barbilla con un dedo mientras le decía alguna cosa. Ella asintió y se abrazaron. Ni los besos del capitán Red Butler y Scarlet O’hara en “Lo que el viento se llevó” me parecieron más apasionados que los que se dieron aquella noche.

El último día de curso ya me sabía de memoria los misterios gloriosos y los dolorosos y la letanía desde el principio hasta el final. La madre Juana Josefa al verme llegar con mi rosario en la mano me dijo sonriendo: “¿Otra vez tú, hija? ¡Este curso te has ganado el cielo!”.
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