Dimas

El misterio de la libertad del hombre frente a la justicia, la muerte, la verdad, la inocencia, el reconocimiento de la propia culpa y el acudir en un supremo acto de decisión a la trascendencia, al espíritu, a Dios. En este caso a Jesús al que reconoce inocente y pide, no librarle de la cruz, sino que se acuerde de él cuando llegue a su Reino, el que escuchó decir a Pilato: " mi reino no es de este mundo". Algo más oculto en su interior, como todos tenemos, le llevó a esa súplica porque no veía otra forma de para salir de su angustia y temor que la esperanza. Porque ya le había dicho a Gestas, el otro ladrón: ¿Ni siquiera tú temes a Dios estando en el mismo suplicio? Porque estamos pagando el justo pago de nuestras obras.Pero éste nada malo ha hecho". Mereció la inaudita respuestas inmediata de Jesús: Te lo aseguro, hoy starás conmigo en el Paraíso".

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FIGURAS  DE  LA  PASION

DIMAS,  EL  BUEN  LADRON

He escogido, como tema de mi artículo, uno de los personajes que intervinieron en la Pasión de Jesucristo: Dimas, llamado popularmente, el Buen Ladrón, porque “robó” el Paraíso. En realidad, es un estudio psicológico-religioso y social de un persoanje  que, salvando las distancias de tiempo y espacio, nos puede  representar, y hasta hacer que nos veamos  reflejados en él.

Estudiar este personaje del Evangelio, Dimas, es como un tratado sobre la conversión. Hunde sus raíces en el misterio de la libertad del hombre, la gracia de Dios, y , sobre todo, la presencia de Jesucristo en la Historia de la Humanidad y de cada hombre; su aún más misteriosa acción redentora, cuyo alcance, en el espacio y el tiempo, no podemos conocer, al menos , en esta vida.

¿Cómo llegó Dimas, crucificado y desesperado en la cruz, a la siguiente conclusión?: que Jesús era inocente; el reconocimiento de su propia culpa; que Jesús era rey; y suplicar, humildemente, que se acuerde de él cuando llegue a su reino.

¿Qué experiencia? ¿Qué razonamiento le llevó a esa decisión? Habría que conocer su historia personal, familiar y social. Sólo sabemos que fue condenado por malhechor y con justicia, reconocido por él mismo. Quizás, y sin quizás, estuvo presente y escuchó y vio el juicio de Jesús ante Pilato, y la entereza y mansedumbre de Jesús. Y en medio de esto, sus palabras firmes y rotundas:”Mi reino no es de este mundo”. Su lógica: “Si mi reino fuera de este mundo, los míos lucharían por mi”. Su tremenda y arriesgada respuesta a Pilato: “No tendrías poder sobre mi si no te lo hubieran dado de lo alto; por eso, los que me han entregado a ti tienen mayor pecado”. Le dice claramente que él es menos culpable, pero que lo es. El reo juzgando al juez.

La flagelación, corona de espinas, salivazos, burlas…La clara visión de la indudable injusticia proclamada por el mismo Pilato: “No encuentro culpa en él; lo azotaré y lo dejaré en libertad”. Nada de esto le hace gritar, protestar, reclamar sus derechos, exigir pruebas, ni siquiera suplicar clemencia…

No era humanamente explicable. El temor supersticioso de Pilato, al oír la acusación de hacerse Hijo de Dios,  es un dato más a tener en cuenta. ¿Qué más podía saber Dimas de Jesús? ¿Tal vez sus milagros? Puede ser. En el camino al Calvario, oiría lamentaciones del pueblo: “No es justo, con el bien que ha hecho…” Las burlas de los fariseos y jefes del pueblo las oyó, ciertamente: “A otros salvó, que se salve a sí mismo, si es el Mesías, el Hijo de Dios. Si El le quiere, que le libre ahora”. Estos datos de referencia y las palabras : ”¡Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen!”, son aún más reveladoras.

Todo esto y, probablemente, una semilla de bondad, de religiosidad maternal o familiar, soterrada, pero viva, como brasas debajo de cenizas, su propia reflexión y desesperación en el dolor y la agonía, y, en fin, el misterio doble del uso de su libertad y la gracia y presencia actuante y, a veces, silenciosa de Jesús, le hizo decidirse y acudir a El. Es la oración, y, especialmente, la oración de un agonizante.

Dimas no pide escapar de la cruz y de la muerte, como Gestas, el otro ladrón que insultaba a Jesús diciendo:”¿No eres tú el Mesías? ¡Pues sálvate a ti mismo y a nosotros!”. Sólo pide, humildemente, que se acuerde de él cuando llegue a su reino. La intensidad de su oración, su humildad, su increíble fe, aunque no irracional, encuentra respuesta inmediata y directa. Por su dignidad recuperada, es escuchado. Jesús no le promete el Reino de los Cielos, que se presta a diversas interpretaciones. No utiliza parábola o expresión simbólica, ni indirecta: “ En verdad te digo- era  el modo de jurar hebreo-hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Hoy, de forma inmediata, conmigo y no en el seno de Abraham, ni en el Purgatorio, sino en el Paraíso, es decir el Cielo, porque decir conmigo no cabe duda a qué se refiere.

La oración. Ese otro misterio que pone al hombre en contacto con Dios. La oración de Dimas (¡hay tantos Dimas!), reúne todas las condiciones para ser oída. La de Gestas, no (¡y hay tantos Gestas!).

Puede que Dimas, desesperado, tuviera, al principio, la misma actitud que Gestas con Jesús, como parecen indicar  los evangelistas Mateo y Marcos. Y Lucas nos hace pensar que, luego, se impuso la reflexión, la reacción, el fondo bueno y, sin más análisis, la respuesta a la gracia de Dios, que no niega a nadie, aunque, a veces, no lo parezca. Dios no sería Dios si la negara a alguien.

Hoy somos Dimas o Gestas. ¿Mañana seremos Pedro, o tal vez Judas?