Jordi Évole y Salvados proyectan Astral, el documental que salva vidas

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Todos, o casi todos, hemos visto imágenes de naufragios, rescates y muertos en el Mediterráneo. Cada cierto tiempo los telediarios los ofrecen en su menú, comida o cena, espectáculo. Cada cierto tiempo, una nota breve de agencias en las webs de los diarios. Si los muertos superan el centenar, tal vez logren abrir la edición de ese día, tal vez, incluso, una portada. Hasta que llegue otra ‘noticia’ que los desplace, hasta la siguiente “tragedia que conmociona a Europa”. Como mucho tendremos respuestas al qué, dónde, cuándo y cómo. Nunca al por qué. Casi nunca al quién, a no ser que como respuesta nos baste y nos sobre con dos categorías, refugiados y/o inmigrantes, subastadas, a veces, por el color de la piel, en un continuum que va del color ‘carne’ al negro.

“¿Qué pasaría si en vez de negros fuesen blancos?”, se pregunta Jordi Évole en una conversación, mediada por la distancia y la frialdad técnica del Skype. Y, sin embargo, la interfaz no logra disimular cierta rabia. “Abriríamos todos los informativos con eso”, se responde.

Y a eso, o mejor aún, a la respuesta de algunos ciudadanos para evitar que eso ocurra, dedicará Salvados su espacio de televisión este domingo 16 de octubre. En prime time. Horario de máxima audiencia para mostrar el trabajo de rescate de la ONG Proactiva Open Arms en el Mediterráneo. Antes se proyectará en el cine. En más de 130 salas. “El primero en sumarse fue un autocine de Valencia. El segundo, uno de mi pueblo, Cornellà”, recuerda emocionado el periodista.

Frente a las urgencias, a los 15-20 segundos, Évole y el equipo de Salvadosse han regalado, nos regalan a los espectadores, les regalan a los protagonistas de su documental Astral, los miembros de Proactiva Open Arms y las personas que arriesgan hasta los recuerdos para llegar a la “tierra prometida”, una alhaja: tiempo.

Tiempo para contar una historia, la de unos socorristas que se plantaron en las playas de Lesbos para ayudar a los que llegaban hasta las costas griegas desde las costas turcas. Unos socorristas que, tras ver demasiados naufragios, decidieron que necesitaban un barco para ir allá donde los indeseables mueren sin ser vistos, en medio del Mediterráneo, en aguas internacionales, a unas millas de Libia, el ‘puerto de embarque’ para la ruta más peligrosa, la de los más pobres, los que no podían pagar los precios del trayecto por el Egeo, antes de que entrara en vigor el acuerdo entre Turquía y la UE. Desde el 20 marzo, la ruta obligada para todos.

El barco, el Astral, también posée su propia historia, la de un velero, un lujo, cedido por el empresario Livio Lo Monaco para ser transformado en barco de rescate, una necesidad, con capacidad para unas 130 personas. Una foto, la visión aérea de una barcaza en la que se apretujaban cientos de personas, fue la que golpeó su conciencia.

Tiempo, más de una hora y media, para un documental pausado. Incluso “lento”, como son los rescates. Horas y horas pendientes del radar que detecta los dinguis, las lanchas de plástico y las barcazas de madera, en las que se apelotonan 100, 200, 300, 400 personas, sin equipaje, sin víveres, sin zapatos y, a veces, sin chaleco salvavidas. Ni de juguete. Horas y horas de traslado, hasta el Astral, el Dignity, de MSF, o las fragatas de los guardacostas italianos, de bebés, de niños, que, a veces, agarran con fuerza un diminuto peluche, de mujeres y hombres con la arena aún pegada a la piel.

Solo unas horas antes esperaban en la playa al traficante que, tras previo pago de entre 500 y 1.000 dólares, les amontona en la barca, con una sola indicación, viajen en la dirección de las luces que se ven al fondo, Europa, una gran mentira. Los destellos que se vislumbran no son más que los de las plataformas petrolíferas cercanas a la costas libias. En el depósito, gasolina para llegar hasta la zona donde actúan las ONG.

Tiempo, más de una hora y media sin imágenes impactantes ni ritmo trepidante de héroes jugándose la vida, ni voz en off machacona y estridente. Ni melodía que acentúe la acción, el peligro. Ni siquiera, acción o peligro. Solo la dureza de la realidad. Sin artificios. Un documental sin lágrima fácil, aunque estas se nos escapen ante una mirada, un rostro, una sonrisa, un “Gracias, Dios mío” o un sueño en voz alta, el de trabajar, prosperar, dar un futuros a sus hijos.

“Tranquilos. Bienvenidos a Europa”, les gritan los voluntarios de Proactiva Open Arms a las personas que esperan en los dinguis para ser rescatados. Y en sus voces hay dignidad, verdad, compromiso, solidaridad. Valores completamente desaparecidos, si es que alguna vez existieron, en las instituciones de la Fortaleza Europa.

Unas instituciones que el pasado 6 de octubre decidieron celebrar el acto de inauguración de la nueva agencia de europea de fronteras, que sustituirá a Frontex, en las lindes que separan Bulgaria y Turquía. En el que era el principal punto de entrada de migrantes y refugiados hace un tiempo, antes de que su cierre obligará a emprender otras rutas más peligrosas, las marítimas.

La elección de esta frontera no parece casual, sino, más bien, una declaración de intenciones: No vengáis. Una interpretación que comparte Évole. “Las autoridades que nos gobiernan no los quieren. Es evidente. Ni siquiera estamos cumpliendo los compromisos mínimos”, afirma el periodista. “Su principal voluntad es la de que miremos para otro lado y esto es lo que no vamos a permitir”, añade y suena de fondo una reivindicación de lo que debería ser el periodismo.

Coincide en la crítica Óscar Camps, fundador de Proactiva Open Arms, presente en el preestreno en Madrid. “La inacción deliberada de la Unión Europea a la hora de destinar recursos humanitarios lo que nos dice es que no va a hacer nada por ellos”, denuncia. “Pero es mentira. Sí que hace, externaliza fronteras y paga a terceros países para que le hagan el trabajo sucio”.

Camps no se corta, y sin correcciones políticas, apunta a aquellos que hacen negocio con los controles migratorios “Ahora cambiará Frontex, le cambiarán de nombre, y se privatizará, y las empresas de seguridad ya tendrán otro filón para vivir de esto”.

Por favor, acudan a los cines. Se proyecta en más de 130 desde este miércoles hasta el domingo. Paguen cinco euros. El dinero va íntegro a Proactiva Open Arms, para que puedan continuar haciendo ese trabajo por el que les premian, aunque ellos, como confiesa Camps, se indignen con los reconocimientos. Les homenajean las mismas instituciones que dejan morir a miles de personas en el mar, las españolas, las europeas.

Y, por favor, cuando salgan de las salas o cuando el domingo veanSalvados en la tele, recuerden, además, aquello que los que salvan vidas “no pueden pararse a pensar”, para no hundirse, para protegerse del dolor. Recuerden que en Aluche, en la zona franca de Barcelona, en Málaga, en Algeciras… existen unos lugares, unos no lugares, en los que podrían acabar cualquiera de esas personas con los que nos enternecemos, emocionamos y hasta empatizamos al ver su rescate. Esos lugares se llaman CIEs: Centros de Internamiento de Extranjeros, cárceles para un único delito, no tener papeles.

Autor: Amanda Andrade /ctxt.es/