La vida será “una vida dura” hasta que despertemos

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Estimado lector, cuán a menudo oímos hablar a otras personas e incluso nosotros mismos hablamos sobre nuestra propia vida, diciendo cosas como estas: «He tenido éxito en mi vida a pesar de que hubo muchos altibajos. No puedo quejarme. He tenido una vida difícil, también he estado enfermo, me ha faltado valor y constancia y en ocasiones he estado muy solo, sí, he sido un solitario infeliz. Ahora mi vida va llegando a su final y mi cuerpo está desgastado y viejo. Si volviera a ser joven de nuevo, viviría mi vida de forma diferente».

Cuando los seres humanos reflexionamos sobre nuestra propia vida, pero quizás escuchamos también hablar sobre el Reino eterno, sobre el eterno SER, sobre la Vida, sobre Dios que es Unidad, más de uno se da cuenta y puede hacerse consciente de que la vida humana, en la que todo gira en torno a MI VIDA, sólo puede ser la “pequeña” vida particular de cada cual, pero no es en absoluto la vida eterna, la vida impersonal de la Unidad, del amor a Dios y al prójimo.

Si los seres humanos considerásemos nuestra vida terrenal como un breve trayecto, como un breve devenir podríamos incluirnos más fácilmente en la relación cósmica global. Comprenderíamos qué significan el nacimiento y la muerte en relación a nuestra existencia eterna. Y así, desde una perspectiva superior, podríamos atribuir un significado completamente diferente a las circunstancias y acontecimientos de nuestra vida terrenal.

Por ejemplo los días, nuestro día, el día de cada uno nos hace muchas indicaciones. En las numerosas situaciones el día nos quiere explicar qué es lo que deberíamos cuestionar y superar. Él, el día, tiene buenas intenciones para con nosotros. Nos advierte oportunamente. Todo, absolutamente todo es energía, todo lo que parte de nosotros es energía, que se graba según los contenidos positivos y negativos de nuestra forma de pensar, hablar y obrar, y que en algún momento regresará a nosotros en forma de porciones. Por tanto, lo que hemos grabado en los muchos, muchísimos días de nuestra existencia terrenal, lo negativo y lo positivo, forma parte de nuestro devenir como personas, o de nuestro camino como almas después de nuestra muerte física.

El día, nuestro día, es un buen amigo. El Espíritu de Dios, de nuestro Padre siempre procura hacernos reconocer a tiempo a través de nuestro día, lo malo que hay en nosotros, para que lo superemos antes de que irrumpa en nuestro cuerpo físico como una enfermedad o un golpe del destino, o a más tardar tras la muerte, en el alma; justo aquello que los seres humanos solemos calificar como una vida marcada por el destino.

Durante cada día se nos anima a reconocernos en las situaciones negativas y aprender así de ellas, con el fin de conducir nuestro devenir a los cauces de una vida más espiritual, menos orientada a lo mundano, de modo que nuestra alma tenga ante sí una «ascensión a los cielos» tan pronto como abandone su envoltura, el cuerpo humano. Si la persona no aprovecha sus días terrenales, y si a pesar de todos los reconocimientos profundos deja rienda suelta a sus pensamientos, y todo su comportamiento, después de la muerte física el alma irá de nuevo a peregrinar a los reinos de las almas, en base a sus cargas. ¿Y qué puede resultar de ello? Tal vez una nueva recaída a la Tierra, a la vida terrena, es decir una nueva encarnación. Así el alma tal vez volverá a introducirse entonces en un nuevo cuerpo terrenal, en un bebé, para comenzar de nuevo su trayectoria como ser humano. El nuevo ser humano, con sus grabaciones que vienen de sus vidas anteriores pero de las que apenas recuerda nada, llamará, en su ignorancia, a su nuevo destino: su dura vida.

El peregrinaje de un alma y tal vez las posteriores encarnaciones en un cuerpo humano se prolongarán hasta que el alma y el cuerpo hayan despertado, en la conciencia de lo que significa en verdad la Vida.

José Vicente Cobo
Del programa: La vida que yo mismo escogí
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