El Papa Francisco denuncia una trama de abusos a menores por parte de párrocos de Granada

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Una mañana suena el teléfono y, al otro lado, está el Papa Francisco. Quien recibe la llamada es Daniel,  un joven profesor universitario de Granada que vive atormentado desde su infancia por los abusos sexuales a los que fue sometido. “Nos gustaría que viniera usted a Roma”, le dice el Papa al joven, aturdido, emocionado, después de tantos de años de silencio, de incomprensión, de humillación.

La llamada del Papa le parece ahora a este joven universitario el primer guiño reconfortante, humano, que ha recibido en muchos años de la Iglesia. Se trata de la primera vez que en el seno de esta institución alguien se conmueve, se indigna, se rebela… y se muestra comprensivo con la víctima de los abusos cometidos. Y ese alguien es el Papa.

De hecho, si el Papa ha llamado por teléfono a Granada, si le ha pedido a este joven que vaya a Roma a hablar con él, ha sido porque el propio Francisco se quedó perplejo cuando recibió una carta de España en la que un profesor universitario le contaba su sufrimiento, el padecimiento que arrastraba desde pequeño y que le atormentaba la cabeza a todas horas.

Cuando era menor de edad, su devoción por la Virgen María le llevó a colaborar directamente con la parroquia de su barrio. Pasaba las horas ayudando en la iglesia; el sacerdote parecía ya alguien de su propia familia. La secuencia que sigue es fácil de imaginar. Un día se hizo tarde, ya había anochecido, y el párroco le ofreció su hospitalidad. “¿Por qué no te quedas? Hay espacio suficiente para los dos” En la cama, el joven nota la mano del sacerdote en su espalda. Ahí comienza el calvario que la investigación que hay en marcha ha elevado ya a una trama de corrupción de menores que, acaso, puede ser la más importante de las destapadas hasta ahora en España.

Lo que se sabe por el momento, es que no se trata de un caso aislado de los presuntos abusos sexuales de un párroco, sino que estaríamos delante de varios sacerdotes, de distintas parroquias, que podrían haber cometido los abusos en colaboración con pederastas de fuera de la Iglesia, que le proporcionarían material pornográfico que también puede haber sido intervenido. El número de posibles víctimas es el más difícil de precisar porque no sólo habría niños implicados, sino también niñas.

El joven al que el Papa llamó para entrevistarse con él en el Vaticano es sólo uno de los que han sido objetos de los abusos en el seno de la Iglesia de Granada. Si llama la atención su historia es porque podemos calcular la tormenta interior que debe vivir uno de esos niños, mucho más allá de la adolescencia. El infierno lo acompaña toda su vida acaso por la brutal sensación que debe sentir un niño que acude a la Iglesia llamado por la Fe y lo someten a abusos sexuales, descubriendo que aquellos que dicen ser los representantes de Dios en la tierra cometen estas atrocidades. Si en todo caso, los abusos sexuales a menores suponen un shock difícil de superar, en el caso de cometerse abusos en el seno de la Iglesia la conmoción se multiplica.

Sucede, además, que cuando este joven profesor universitario se dirigió por primera vez a la jerarquía eclesiástica, buscando quizá más comprensión que justicia, lo único que recibió fue una carta de respuesta en la que se le pedía silencio y abnegación, que dejara todo en manos de la Virgen María que era quien seguía todos sus pasos. Esa fue, según la información, toda la respuesta que pudo recibir el joven del arzobispado de Granada. De ahí, la carta que envía al Papa Francisco y la llamada de teléfono de Bergoglio.