María Magdalena tenía los rasgos de cualquier apóstol

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Las mujeres de todas las épocas han aceptado las cosas como son porque así las han heredado, sin poder apenas cuestionarse si son buenas para ellas. La costumbre ha influido fuertemente en nuestra sociedad y la filosofía anquilosada también, pero es la tradición católica la que ha marcado la pauta de muchos comportamientos actuales en la vida del occidente cristiano, también respecto al trato a la mujer. ¿Pero cuánto de verdaderamente cristiano hay en las antiguas tradiciones que han llegado hasta nuestros días, y cuánto de eclesiástico-dogmático?
A la enseñanza de Jesús de Nazaret en relación a las mujeres no se le puede reprochar nada, no así a las machistas normas de la Iglesia. Se sabe que existe una igualdad real de derechos, pero si se valora el peso que tienen las mujeres en la sociedad, no se puede obviar que a menudo tienen un valor inferior, aunque en el pasado era aún más evidente. En los siglos de la inquisición se las rebajó al nivel del mal, de lo pecaminoso. De ahí la pregunta de sí es correcto atribuir toda esta injusticia a Jesús de Nazaret.

La catedrática alemana Sabine Biberstein publicó un informe en el que se afirmaba que entre los numerosos investigadores existe una opinión unánime: “En el movimiento que trajo Jesús de Nazaret hace 2000 años, desde el principio hubo mujeres. Ellas siguieron a Jesús ya en Galilea y Le sirvieron. Muchas otras mujeres estaban también allí y fueron con Él a Jerusalén”. Por ejemplo María Magdalena fue la primera persona a quien Jesús se le apareció tras Su resurrección, dándole el encargo de anunciar el mensaje de Pascua, al respecto escribe Sabine Biberstein: “El encargo dado por el mismo resucitado y la proclamación del mensaje de Pascua dota a Maria Magdalena con los rasgos de cualquier apóstol. La participación mancomunada de hombres y mujeres puede considerarse como una importante característica del movimiento de Jesús, que continuó su desarrollo en muchas comunidades de los primeros tiempos”. Sin lugar a dudas de estas declaraciones se deduce no sólo la igualdad en el cristianismo originario, sino que con toda seguridad en las primeras comunidades muchas mujeres tenían cargos directivos e incluso actuaban como profetas.

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