Si el príncipe Felipe fuera un verdadero demócrata…

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Reivindicar una Tercera República es defender una democracia realmente participativa, con una economía al servicio de la gente y no solo de una elite.

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Si el príncipe Felipe fuera un auténtico demócrata, entendería que ahora, en pleno siglo XXI, le corresponde poner fin a una institución obsoleta y antidemocrática como la monarquía para dejar paso a la soberanía popular. No basta con un referéndum en el que los ciudadanos podamos elegir si la monarquía continúa o no. Al igual que no votamos solo una vez en la vida para decir sí o no al presidente del Gobierno, sino que lo hacemos cada cuatro años, tenemos derecho a decidir a menudo -y no solo una vez- quién debe ocupar la jefatura del Estado. Eso es, al fin y al cabo, una de las esencias de la democracia.

Si el príncipe Felipe fuera un auténtico demócrata entendería que la existencia de un Jefe de Estado llegado a tal por herencia real y sanguínea, con privilegios espectaculares, es un residuo de épocas oscuras en las que a los ciudadanos se les imponía ser simples súbditos.

Ha dicho Juan Carlos en su discurso de abdicación, que “hoy merece pasar a primera línea una generación más joven”, como si el príncipe Felipe fuéramos todos los nacidos a finales de los sesenta o en los años setenta, como si representara a todo esa generación. Si el príncipe Felipe fuera un auténtico demócrata corregiría a su padre y le recordaría que él, el heredero, no es precisamente representante de una generación afectada por la precariedad, el desempleo, los recortes y el aumento de la desigualdad. Si lo fuera, habría renunciado a sus múltiples privilegios: su mansión, su abultado sueldo, su exigencia de ser tratado como alguien elegido casi por un dedo divino, ante quien el protocolo ordena tratar como a nadie.

Ha dicho hoy Juan Carlos que cuando comenzó su reinado se propuso “encabezar la ilusionante tarea que permitió a los ciudadanos elegir a sus legítimos representantes”, para a continuación hablar de heredero. No hay nada más incompatible con la elección de nuestros representantes que un heredero. Pensará quizá que una mentira repetida muchas veces terminar siendo considerada verdad. No está de más recordar las palabras que pronunció Juan Carlos cuando tomó posesión de su cargo:

“¿Juráis por Dios y sobre los Santos Evangelios cumplir y hacer cumplir las leyes fundamentales del Reino y guardar lealtad a los principios que informan el Movimiento Nacional?”, le preguntaron entonces, en el juramento.

“ Juro por Dios y sobre los Santos Evangelios cumplir y hacer cumplir las leyes fundamentales del Reino y guardar lealtad a los principios que informan el Movimiento Nacional”, contestó Juan Carlos.

Si el príncipe Felipe fuera un auténtico demócrata, admitiría que durante el reinado de su padre los ciudadanos no pudimos elegir a todos nuestros legítimos representantes porque el Jefe de Estado fue asignado a dedo y nunca democráticamente.

Si el príncipe Felipe fuera un auténtico demócrata, admitiría que la herencia de su cargo se corresponde a una imposición que se remonta al golpe de Estado que acabó con la II República, democrática, para sembrar años de terror, represión y impunidad, que desembocaron, casi cuarenta años más tarde, en la designación de Juan Carlos como sucesor, efectuada por el propio dictador.

Si el príncipe Felipe fuera un auténtico demócrata, abordaría toda la historia prohibida y subterránea de este país, aquella que sitúa a España como el país del mundo con más desaparecidos -más de cien mil, aún-, tan solo superado por las cifras del horror de Camboya. Reconocería que la impunidad sobre la que se construyó la tan mitificada Transición tiene como base el olvido, la desmemoria, y el rechazo a la verdad, justicia y reparación para tantos ciudadanos que lucharon por la democracia y que fueron asesinados, perseguidos o represaliados por ello.

Democratizar la jefatura del Estado a través de un referéndum es un primer paso, pero no el último. La imaginada Tercera República no se limita a liturgias, insignias, cánticos y banderas. En el imaginario colectivo la Tercera República conecta con ese otro mundo posible, por el que lucharon nuestros abuelos y bisabuelos, en el que la soberanía popular no se reduzca a tan solo palabras huecas, en el que la Carta de Derechos Humanos de Naciones Unidas no resulte tan solo tinta sobre papel, en el que todos podamos disfrutar de una vida digna, con una vivienda, un trabajo y un sueldo dignos. La imaginada Tercera República no implica el rechazo a quienes piensen diferente, sino la voluntad de incluir a todos, sin las imposiciones a las que nos han sometido durante toda esta prolongada Transición.

Desear una Tercera República no es solo decir basta a la Casa Real, impregnada de privilegios y casos de corrupción. Es también, y sobre todo, reivindicar una democracia realmente participativa frente a un modelo -el régimen del 78- que hasta ahora ni siquiera ha llegado a ser representativo. Es luchar contra un sistema que quita viviendas a la gente para dárselas a los bancos. Es combatir unas políticas que fomentan la desigualdad y permiten que los ricos sean más ricos mientras nosotros tenemos cada vez menos. Es defender un mundo en el que no se criminalice la protesta -derecho fundamental en una verdadera democracia-, en el que la economía esté al servicio de la gente y no de una elite. Es reivindicar una nueva forma de entender la política.

Y es también, por supuesto, que ninguna familia, ni siquiera la de la Casa Real, esté por encima de otra. Los principios de la Revolución francesa, Libertad, Igualdad y Fraternidad, siguen pareciendo hoy revolucionarios en esta España de la casta.

Pero el matrix que representa este régimen está empezando a rasgarse y somos muchos los que vemos ya que el rey del cuento está desnudo, por más que insista en que lleva el más innovador de los modelos confeccionados por un sastre.

Si el príncipe Felipe fuera un auténtico demócrata, renunciaría a eso que llaman “su herencia”, a sus privilegios, defendería rendición de cuentas y revocatorios para todos, incluido el jefe de Estado, bajaría al mundo de los mortales y se uniría a nosotros, para ser uno más e intentar, si lo deseara, trabajar junto con tantos otros por una democracia participativa y real.

 

Por Olga Rodrñiguez @olgarodriguezfr para eldiario.es